Bueno, tardé más de 13 meses en retomar esta serie (reseñé el Vol.1 el 06/02/13), pero la espera valió bastante la pena. A diferencia de lo que pasaba con el Vol.2 de Animal Man, acá se ve algo más que un guionista que “hace tiempo” hasta llegar al momento del crossover con la revista vecina. Y al igual que el Vol.2 de Animal Man, tenemos un libro raro, porque la historia posta, la que transcurre en el presente se termina pasadita la mitad del tomo para darle lugar a historias que nos llevan al pasado de los personajes.
Por lo menos, en esas 80 páginas iniciales, las ambientadas en el presente, Scott Snyder tiene el decoro de contarnos dos cosas: primero, la lucha de Swamp Thing contra Sethe, uno de los capos máximos del Rot, que tiene a Abby en su poder. Y después, la aparición de Anton Arcane y el combate contra este villano, que tiene un tratamiento muy cuidado por parte del guionista. El cuarto episodio (segundo del arquito contra Arcane) termina con lo que venimos esperando desde que arrancó la serie: el encuentro con Buddy Baker. Obviamente querés que Snyder te cuente YA eso, no historias del pasado, pero bueno, ya vendrá el team-up entre ambos campeones. Lo bueno es que estas primeras 80 páginas no huelen a relleno, ni a ideas ínfimas (o viejas) estiradas para zafar. Si el Vol.1 iba un poco lento, acá eso se corrige. Quizás no del mejor modo, porque la variante que encuentra Snyder es irse un poquito del terror a la machaca épica en la que Swampy es un coloso de la lucha que se caga a palos con miles de monstruos (y aún así la que salva las papas en ambas peleas es Abby). Por ahí más adelante se logra un equilibrio más sutil, que no vaya de la parsimonia más densa a la machaca más cabeza...
Las dos historias ambientadas en el pasado le dan MUCHA chapa a Arcane. La primera lo vincula directamente al origen del actual Swamp Thing. Y la segunda narra una interesantísima historia de la juventud de Alec Holland, en la que conoce (y después olvida, claro) a quien será su némesis y a su encantadora sobrina. Esta historia, al ser más larga, tiene otros condimentos: un mini-anticipo de cosas que sucederán ya entrada la saga del Rot, toquecitos de continuidad que tienen que ver con el origen de Jason Woodrue, y sobre todo un clima distinto, menos dark, en el que no está todo podrido todo el tiempo. Me parece que a nivel guión, las mejores páginas del tomo están en esa historia.
El gran problema de este tomo es la incesante rotación de dibujantes, que realmente es un kilombo. En el Vol.1 había un titular (Yannick Paquette) y un suplente (Marco Rudy). Acá, además de esos dos, meten mano Becky Cloonan, Francesco Francavilla, Kano y Andrew Belanger. Y la que más dibuja es Cloonan, con sólo 33 páginas. Veamos qué onda:
Medalla de Oro para Paquette, sin dudas. Dibuja sólo 31 páginas, pero son alucinantes. Claramente es el que mejor arma el combo Terror + Machaca, se va a al carajo con la puesta en página y se luce con su gran manejo de la anatomía. Medalla de Plata para Francavilla, que se entinta y colorea a sí mismo en 20 páginas logradísimas, con un clima propio, en las que todo está dibujado muy distinto a como dibujan todos los demás. Medalla de Bronce para Cloonan, que mejoró muchísimo respecto de otros trabajos suyos que vimos en el blog (Demo, American Virgin, etc.). Excelente trabajo y notable evolución de la italiana. Y muy breve mención para los otros tres: Belanger parece muy bueno, no lo pongo más arriba porque dibuja sólo 5 páginas; Kano es correcto, cumplidor, le falta un poquito más de riesgo, de buscar una identidad gráfica más personal; y Marco Rudy, al que me cansé de putear en el Vol.1, acá está un poquito mejor, todavía duro, dependiente de la foto y con achacos muy obvios a John Totleben y Stephen Bissette, pero esta vez sus 30 páginitas no se me hicieron tan infumables como la vez pasada.
Y bueno, se acaba el jugueteo previo. En los próximos tomos de Animal Man y Swamp Thing vamos a ver la saga pulenta, a todo o nada, y veremos si efectivamente todo este extenso prólogo garpó o no. Scott Snyder ya se anotó un poroto extra, porque durante la previa le dio a Swampy algo que Animal Man no tiene, que es el villano grosso, bien planteado y bien construído. Prometo no tardar 13 meses en entrarle al Vol.3.
domingo, 9 de marzo de 2014
sábado, 8 de marzo de 2014
08/ 03: CARLITOS Vol.2
Reapareció Carlitos, esta vez con un tomo pensado en formato antología, compuesto por varias historias cortas que exploran desde distintas ópticas las consecuencias de los eventos que nos narraran Sebastián Rizzo y Sergio Monjes en el librito reseñado el 10/06/12. Esta vez Rizzo abre el juego y escribe apenas dos de las siete historias cortas. Vamos a recorrerlas una por una.
La primera está escrita por Gabriel Bobillo y engancha tanto con la primera aventura de Carlitos que, si no la tenés muy fresca, no se entiende nada. Es una historia fuerte, jodida, que sirve para presentar a un nuevo personaje, pensado para convertirse en el némesis de Carlitos. El dibujo de Alberto Aprea (de recordado paso por el mítico fanzine Catzole) está muy bien, pero lo que realmente la rompe, lo que más se destaca, son los diálogos de Bobillo, afilados, precisos, perfectamente creíbles. Un lujo.
La segunda está escrita por Rizzo, y si empalma con la historia inicial, no me di cuenta. Acá también hay excelentes diálogos y un clima muy pesado, muy sórdido. La cagada es que estas siete páginas cayeron en manos de un dibujante (Matías Paolini) muy precario, con un nivel bastante por debajo del que hace falta para aparecer en una publicación que pretende ser vendida en librerías, comiquerías o kioscos. Las siguientes siete páginas son consecuencia directa de lo sucedido en el Vol.1. El guión de David Rodríguez es ágil, efectivo y le da mucho vuelo a un personaje menor del Vol.1, el mismísimo Adam West, que acá se integra a la saga de Carlitos de un modo por lo menos impredecible. El dibujante (Daniel Pérez) afana fotos a ocho manos y cuando no le queda otra que dibujar se ve bastante duro. Tiene como excusa que le tocaron páginas con muchísimas viñetas y mucho texto. Igual no zafa del papelón, ni ahí.
La cuarta historieta es, lejos, la mejor del tomo. No engancha con la primera aventura de Carlitos, sino con la historia corta que Guille Grillo y Edu Molina aportaron a la Antología de Héroes Argentinos (ver reseña del 24/02/13). Acá, Grillo y Molina retoman ese concepto, pero además reinterpretan la tragedia de Once en clave dramática, con una fuerza y un vuelo increíbles, y de paso crean a un nuevo personaje con extraños poderes extrasensoriales, al que quiero volver a ver urgente. El dibujo de Molina, fastuoso y recontra-expresivo.
La siguiente historia introduce a un nuevo personaje, aparentemente un héroe, cuyo pasado tiene que ver con dos mitologías muy atractivas: la de los dioses griegos y la de los Titanes en el Ring. El guión de Adrián Paglini es correcto, y los dibujos de Adrián Ruano (de estilo clásico, cercano al de Carlos Vogt) acompañan bien, sin descollar. La sexta historia también tiene la intención de sumar a un nuevo personaje, en este caso una heroína. Es la única en la que no me cerraron ni el guión (de Nicolás Mobilia) ni el dibujo (de Pablo Canadé). Por ahí con menos pretensiones, les iba mejor.
Y Rizzo se guarda para sí mismo la historieta más relevante, la que más hace avanzar la saga de Carlitos. Esta ocupa las nueve páginas finales y está dibujada por Ricardo Fullana, una especie de clon oscuro de Todd McFarlane, grotesco, desprolijo y con problemas de narrativa. El atractivo está en el cambio del status quo para el personaje principal y en las puntas que abre Rizzo para explorar en un hipotético Vol.3.
Este mismo material, dibujado de punta a punta por tipos del nivel de Edu Molina, o aunque más no sea de Alberto Aprea, podría aspirar a despertar el interés y hasta a ganarse el fanatismo de muchos fans de la historieta, porque la temática es ganchera, porque hay varios guiones realmente sólidos y porque se nota la sana intención de planificar una saga a a largo plazo. Pero para tener una chance en serio hay que replantear desde cero (desde la portada, que también es muy fea) el tema de la faz gráfica, que se ve muy despareja, con algunos pasajes francamente desastrosos. Veremos cómo sigue la historia.
La primera está escrita por Gabriel Bobillo y engancha tanto con la primera aventura de Carlitos que, si no la tenés muy fresca, no se entiende nada. Es una historia fuerte, jodida, que sirve para presentar a un nuevo personaje, pensado para convertirse en el némesis de Carlitos. El dibujo de Alberto Aprea (de recordado paso por el mítico fanzine Catzole) está muy bien, pero lo que realmente la rompe, lo que más se destaca, son los diálogos de Bobillo, afilados, precisos, perfectamente creíbles. Un lujo.
La segunda está escrita por Rizzo, y si empalma con la historia inicial, no me di cuenta. Acá también hay excelentes diálogos y un clima muy pesado, muy sórdido. La cagada es que estas siete páginas cayeron en manos de un dibujante (Matías Paolini) muy precario, con un nivel bastante por debajo del que hace falta para aparecer en una publicación que pretende ser vendida en librerías, comiquerías o kioscos. Las siguientes siete páginas son consecuencia directa de lo sucedido en el Vol.1. El guión de David Rodríguez es ágil, efectivo y le da mucho vuelo a un personaje menor del Vol.1, el mismísimo Adam West, que acá se integra a la saga de Carlitos de un modo por lo menos impredecible. El dibujante (Daniel Pérez) afana fotos a ocho manos y cuando no le queda otra que dibujar se ve bastante duro. Tiene como excusa que le tocaron páginas con muchísimas viñetas y mucho texto. Igual no zafa del papelón, ni ahí.
La cuarta historieta es, lejos, la mejor del tomo. No engancha con la primera aventura de Carlitos, sino con la historia corta que Guille Grillo y Edu Molina aportaron a la Antología de Héroes Argentinos (ver reseña del 24/02/13). Acá, Grillo y Molina retoman ese concepto, pero además reinterpretan la tragedia de Once en clave dramática, con una fuerza y un vuelo increíbles, y de paso crean a un nuevo personaje con extraños poderes extrasensoriales, al que quiero volver a ver urgente. El dibujo de Molina, fastuoso y recontra-expresivo.
La siguiente historia introduce a un nuevo personaje, aparentemente un héroe, cuyo pasado tiene que ver con dos mitologías muy atractivas: la de los dioses griegos y la de los Titanes en el Ring. El guión de Adrián Paglini es correcto, y los dibujos de Adrián Ruano (de estilo clásico, cercano al de Carlos Vogt) acompañan bien, sin descollar. La sexta historia también tiene la intención de sumar a un nuevo personaje, en este caso una heroína. Es la única en la que no me cerraron ni el guión (de Nicolás Mobilia) ni el dibujo (de Pablo Canadé). Por ahí con menos pretensiones, les iba mejor.
Y Rizzo se guarda para sí mismo la historieta más relevante, la que más hace avanzar la saga de Carlitos. Esta ocupa las nueve páginas finales y está dibujada por Ricardo Fullana, una especie de clon oscuro de Todd McFarlane, grotesco, desprolijo y con problemas de narrativa. El atractivo está en el cambio del status quo para el personaje principal y en las puntas que abre Rizzo para explorar en un hipotético Vol.3.
Este mismo material, dibujado de punta a punta por tipos del nivel de Edu Molina, o aunque más no sea de Alberto Aprea, podría aspirar a despertar el interés y hasta a ganarse el fanatismo de muchos fans de la historieta, porque la temática es ganchera, porque hay varios guiones realmente sólidos y porque se nota la sana intención de planificar una saga a a largo plazo. Pero para tener una chance en serio hay que replantear desde cero (desde la portada, que también es muy fea) el tema de la faz gráfica, que se ve muy despareja, con algunos pasajes francamente desastrosos. Veremos cómo sigue la historia.
viernes, 7 de marzo de 2014
07/ 03: FRED THE CLOWN
Vuelvo a encontrarme con el genio neozelandés Roger Langridge (ya definitivamente incorporado a la lista de autores fetiche de este blog), esta vez para recorrer un voluminoso tomo que recopila TODO lo que hizo el maestro con Fred the Clown, quizás su creación más reconocible. Esto originalmente salió en revistitas y yo ya había leído un par, por eso estaba bastante al tanto de lo que podía llegar a encontrarme en las páginas de este libro.
Aún así, Langridge me volvió a sorprender, a dejarme atónito, con su desmesurado talento para el guión, el dibujo y la narrativa gráfica. Además de las patéticas pantomimas del payaso Fred (algunas acompañadas por textos en rima, sumamente ingeniosos), hay pasajes del libro en los que el neozelandés se dedica a homenajear a los grandes próceres de la historieta, a los pioneros, y lo hace a través de una mímica PERFECTA de sus estilos. Así, de la mano de Langridge reviven aunque sea para un puñadito de viñetas los maestros Richard Outcault, Frederick Burr Opper, Winsor McCay, George Herriman, Cliff Sterrett, Billy DeBeck, Chic Young y hasta dibujantes más cercanos en el tiempo, como Walt Kelly, el Dr. Seuss, Jack Kirby o Robert Crumb.
Las historias de Fred pueden ser intimistas o alocadas, más volcadas a la peripecia o incluso más introspectivas, y todas combinan dos elementos: la comicidad y el regusto tristón, la certeza de que todo lo que sucede le sucede a un pobre tipo, a un auténtico subnormal que nunca va a ser feliz. La pésima leche que despliega Langridge a la hora de hacer humor subraya aún más este costado trágico de Fred, y por supuesto se lo toma para la chacota. El ritmo increíble que le pone el autor a las secuencias más aventureras hace que se destaquen aún más sus escenas pachorras, en las que se impone un ritmo mucho más tranqui. Claramente, el neozelandés tiene un control milimétrico del tempo de relato, que le permite incluso salir bien parado de experimentos limados como el de la página en la que el pececito se cae de la pecera en la terraza y Fred lo ataja en la vereda, una cátedra absoluta, que debería usarse en las escuelas para explicar el infinito potencial de la historieta.
En el estilo de los clásicos o en el suyo propio, Langridge no para un minuto de tirar magia. Su claroscuro es impresionante y está complementado a veces con grises aplicados en el photoshop y a veces con un laburo fastuoso de texturas y crosshatchings en los que se ven horas y horas de rotring (no creo que sea plumín) en cada puta viñeta. En todos los casos el nivel del dibujo está totalmente fuera de escala y nos muestra a un historietista definitivamente quintaesencial (de nuevo la palabrita que tanto altera a un par de nabos) en su mejor momento, subido irreversiblemente al Olimpo de los mejores dibujantes de la historia de este medio.
No quiero seguir babeándome. Simplemente subrayar que este es un libro IDEAL para engancharte con Roger Langridge si aún no lo hiciste, porque tiene humor, aventuras, poesía, romance, mala leche, delirio, homenajes grossísimos a los pioneros del comic y –lo más importante- personajes, guiones y dibujos del mega-carajo. Fundamental es poco. Y sí, claro, tengo más libros del ídolo neozelandés para reseñar en los próximos meses.
Aún así, Langridge me volvió a sorprender, a dejarme atónito, con su desmesurado talento para el guión, el dibujo y la narrativa gráfica. Además de las patéticas pantomimas del payaso Fred (algunas acompañadas por textos en rima, sumamente ingeniosos), hay pasajes del libro en los que el neozelandés se dedica a homenajear a los grandes próceres de la historieta, a los pioneros, y lo hace a través de una mímica PERFECTA de sus estilos. Así, de la mano de Langridge reviven aunque sea para un puñadito de viñetas los maestros Richard Outcault, Frederick Burr Opper, Winsor McCay, George Herriman, Cliff Sterrett, Billy DeBeck, Chic Young y hasta dibujantes más cercanos en el tiempo, como Walt Kelly, el Dr. Seuss, Jack Kirby o Robert Crumb.
Las historias de Fred pueden ser intimistas o alocadas, más volcadas a la peripecia o incluso más introspectivas, y todas combinan dos elementos: la comicidad y el regusto tristón, la certeza de que todo lo que sucede le sucede a un pobre tipo, a un auténtico subnormal que nunca va a ser feliz. La pésima leche que despliega Langridge a la hora de hacer humor subraya aún más este costado trágico de Fred, y por supuesto se lo toma para la chacota. El ritmo increíble que le pone el autor a las secuencias más aventureras hace que se destaquen aún más sus escenas pachorras, en las que se impone un ritmo mucho más tranqui. Claramente, el neozelandés tiene un control milimétrico del tempo de relato, que le permite incluso salir bien parado de experimentos limados como el de la página en la que el pececito se cae de la pecera en la terraza y Fred lo ataja en la vereda, una cátedra absoluta, que debería usarse en las escuelas para explicar el infinito potencial de la historieta.
En el estilo de los clásicos o en el suyo propio, Langridge no para un minuto de tirar magia. Su claroscuro es impresionante y está complementado a veces con grises aplicados en el photoshop y a veces con un laburo fastuoso de texturas y crosshatchings en los que se ven horas y horas de rotring (no creo que sea plumín) en cada puta viñeta. En todos los casos el nivel del dibujo está totalmente fuera de escala y nos muestra a un historietista definitivamente quintaesencial (de nuevo la palabrita que tanto altera a un par de nabos) en su mejor momento, subido irreversiblemente al Olimpo de los mejores dibujantes de la historia de este medio.
No quiero seguir babeándome. Simplemente subrayar que este es un libro IDEAL para engancharte con Roger Langridge si aún no lo hiciste, porque tiene humor, aventuras, poesía, romance, mala leche, delirio, homenajes grossísimos a los pioneros del comic y –lo más importante- personajes, guiones y dibujos del mega-carajo. Fundamental es poco. Y sí, claro, tengo más libros del ídolo neozelandés para reseñar en los próximos meses.
jueves, 6 de marzo de 2014
06/ 03: LAS AVENTURAS DEL UNIVERSO
Mirá qué loco... Yo creía que Lewis Trondheim había inventado la serie Las Increíbles Aventuras sin Lapinot para continuar de alguna manera la colección, una vez que Lapinot... no sigue como protagonista de la misma (digo, para no spoilear a los que no la leyeron). Pero –una vez más- yo estaba equivocado. Esta serie empieza a editarse en Francia en 1997, cuando los álbumes de Lapinot todavía estaban saliendo de forma regular. En los tomos posteriores, Trondheim nos ofrecerá aventuras de tono costumbrista protagonizadas por los amigos de Lapinot (Richard, Félix, Nadia y el resto), pero este primer álbum es muy raro y huele a rejunte de material que el maestro tenía dando vueltas por ahí y no sabía en qué libro meter.
Arranca con una historieta de cinco páginas autobiográfica, con Trondheim, su esposa y sus hijos (mucho más chiquitos que en Les Petits Riens) como protagonistas. Son anécdotas graciosas, medio iconexas, que tienen que ver con la vida del autor y su familia en esa especie de granja lejos de las grandes ciudades a la que los vimos mudarse, antes de que nacieran los nenes, sobre el final de Approximativement (reseñado el 04/02/14). De aquí en más, el resto del álbum estará compuesto de historietas de una sóla página, en un formato raro, al que hubo que agregarle una guarda para que encajara en el tamaño del típico álbum frances. Pareciera material hecho paar un semanario de actualidad, de los que lee la gente que no consume habitualmente libros y revistas de historietas.
Entre estas historias de una sóla página, hay dos vertientes. La que más aparece es la vertiente autobiográfica, con más anécdotas graciosas de la vida de Trondheim, menos vinculadas a su labor profesional y más a su vida hogareña. Pero atenti, que esto no es un mero puente entre Approximativement y Les Petits Riens. Acá aparece con fuerza un nuevo elemento que es la reflexión: Trondheim se dibuja a sí mismo haciendo un montón de boludeces, pero también pensando en voz alta. Así es como comparte con sus lectores agudas reflexiones, algunas bastante amargas, acerca de la sociedad, la economía, la política, acerca de sus convicciones como ciudadano... Mucho más interesante que los chistes que terminan con la beba cagada o vomitada.
Con una temática casi similar, las historietas restantes no tienen personajes recurrentes. Son breves chistes, un toque más volados, en los que también Trondheim baja línea acerca de nuestro comportamiento como sociedad. Acá no es un “me parece que...”. Es hachazo y garrotazo directo contra políticos, empresarios y demás depredadores del ser humano honesto. En estas historias Trondheim recupera su estilo minimalista, despojado, con viñetas sin enmarcar, ese en el que los humanos NO tienen cabeza de animal sino que parecen huevos con ropa, y que viéramos en obras como Inefables o Génesis Apocalípticos. Son páginas a las que no les queda bien el color, lamentablemente.
Y en las historietas autobiográficas, el color digital de Brigitte Findakly (la esposa de Trondheim) también se ve raro. Quizás porque uno está acostumbrado al blanco y negro de Approximativement y a esas acuarelas majestuosas con las que el propio dibujante colorea Les Petits Riens. Lo cierto es que me costó engancharme con el color de este libro, a pesar de que no es horrendo ni mucho menos.
En fin, un librito prescindible, sólo para los enfermos totalmente adictos a Lewis Trondheim y dispuestos a hacerse con todas y cada una de las obras del prolífico historietista francés. Voy por los otros tomos de esta serie, los de las historias de los amigos de Lapinot. No tengo ninguno, pero creo haber visto las ediciones de Norma de por lo menos dos más. Qué bizarro, no? Norma nunca editó los álbumes de Lapinot, pero edita los álbumes protagonizados por los personajes secundarios de esa serie... “Estos catalanes están majaretas”, diría Obélix...
Arranca con una historieta de cinco páginas autobiográfica, con Trondheim, su esposa y sus hijos (mucho más chiquitos que en Les Petits Riens) como protagonistas. Son anécdotas graciosas, medio iconexas, que tienen que ver con la vida del autor y su familia en esa especie de granja lejos de las grandes ciudades a la que los vimos mudarse, antes de que nacieran los nenes, sobre el final de Approximativement (reseñado el 04/02/14). De aquí en más, el resto del álbum estará compuesto de historietas de una sóla página, en un formato raro, al que hubo que agregarle una guarda para que encajara en el tamaño del típico álbum frances. Pareciera material hecho paar un semanario de actualidad, de los que lee la gente que no consume habitualmente libros y revistas de historietas.
Entre estas historias de una sóla página, hay dos vertientes. La que más aparece es la vertiente autobiográfica, con más anécdotas graciosas de la vida de Trondheim, menos vinculadas a su labor profesional y más a su vida hogareña. Pero atenti, que esto no es un mero puente entre Approximativement y Les Petits Riens. Acá aparece con fuerza un nuevo elemento que es la reflexión: Trondheim se dibuja a sí mismo haciendo un montón de boludeces, pero también pensando en voz alta. Así es como comparte con sus lectores agudas reflexiones, algunas bastante amargas, acerca de la sociedad, la economía, la política, acerca de sus convicciones como ciudadano... Mucho más interesante que los chistes que terminan con la beba cagada o vomitada.
Con una temática casi similar, las historietas restantes no tienen personajes recurrentes. Son breves chistes, un toque más volados, en los que también Trondheim baja línea acerca de nuestro comportamiento como sociedad. Acá no es un “me parece que...”. Es hachazo y garrotazo directo contra políticos, empresarios y demás depredadores del ser humano honesto. En estas historias Trondheim recupera su estilo minimalista, despojado, con viñetas sin enmarcar, ese en el que los humanos NO tienen cabeza de animal sino que parecen huevos con ropa, y que viéramos en obras como Inefables o Génesis Apocalípticos. Son páginas a las que no les queda bien el color, lamentablemente.
Y en las historietas autobiográficas, el color digital de Brigitte Findakly (la esposa de Trondheim) también se ve raro. Quizás porque uno está acostumbrado al blanco y negro de Approximativement y a esas acuarelas majestuosas con las que el propio dibujante colorea Les Petits Riens. Lo cierto es que me costó engancharme con el color de este libro, a pesar de que no es horrendo ni mucho menos.
En fin, un librito prescindible, sólo para los enfermos totalmente adictos a Lewis Trondheim y dispuestos a hacerse con todas y cada una de las obras del prolífico historietista francés. Voy por los otros tomos de esta serie, los de las historias de los amigos de Lapinot. No tengo ninguno, pero creo haber visto las ediciones de Norma de por lo menos dos más. Qué bizarro, no? Norma nunca editó los álbumes de Lapinot, pero edita los álbumes protagonizados por los personajes secundarios de esa serie... “Estos catalanes están majaretas”, diría Obélix...
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autobiografía,
Las Aventuras del Universo,
Lewis Trondheim
miércoles, 5 de marzo de 2014
05/ 03: THE UNWRITTEN Vol.7
Hoy cortito, porque tengo poco tiempo.
Después de la apocalíptica magnitud de los sucesos que vimos en el Vol.7, la serie se ve obligada prácticamente a empezar de cero. Hay un epílogo muy interesante, que explora a fondo las consecuencias del mega-final del Vol.6, e inteligentemente Mike Carey lo pone al final de este tomo, es decir, cuando ya nos bajamos un unitario mayoritariamente desconectado de la saga central y un nuevo arco argumental muy ganchero, donde el foco parece desplazarse de Tom Taylor y sus amigos hacia nuevos personajes.
El unitario no está del todo descolgado: acá Carey retoma puntas del Vol.5 (las que tenían que ver con ese proto-superhéroe de fines de los años ´30) y al querido Pauly Bruckner, el conejo mal llevado y puteador, al que hacía mucho que no veíamos. En un pase de magia, los misterios sobrenaturales que envuelven a Wilson Taylor y sus creaciones literarias pasan a englobar también a Pauly y todo ese plot cobra muchísimo sentido. Tanto que podría desactivarse y no tocarse nunca más.
El arco central de este tomo (The Wound) tiene a Tom Taylor como protagonista... en las últimas 16 páginas. En el resto de las 80 páginas, el que hasta ahora era el personaje central no aparece. Hay un subplot atractivo para Richie Savoy y avanza mucho el personaje de Rausch, la titiritera. Pero Tom come banco de suplentes casi hasta el final. La acción se desplaza a Australia y el foco está puesto en Danny Armitage (quien tuviera un rol chiquito en el final del tomo anterior) y la inspectora de policía Didge Patterson, dos personajes a los que Carey labura a fondo. El mismo tratamiento preferencial le da a Lucas Filby, quien vendría a ocupar el rol del villano, incluso con un objeto que supo ser del jodido Pullman, muerto en el tomo anterior. Filby también tiene un pasado en común con Wilson Taylor y Didge es disléxica, lo cual la posiciona en un lugar muy raro respecto de esta especie de guerra que tiene tanto que ver con la palabra escrita. Calculo que al villano no lo vamos a volver a ver, pero Didge y Danny tienen todo para convertirse en miembros estables del renovado elenco de la serie.
En el último episodio del tomo, Carey nos manda en un flashback a sucesos ocurridos un año atrás, donde explica cómo zafó Tom del hiper-bolonki del tomo anterior y de paso redefine la relación entre el hijo de Wilson y Savoy, que ahora pasa a jugar más de comodín, de “wild card”, de elemento impredecible dentro de esta cautivante saga.
En la faz gráfica, lamentablemente ya no tenemos a M.K. Perker como entintador, lo cual deja mucho más expuestas las limitaciones de Peter Gross, que de nuevo cumple muy con lo justo. Esta vez el truco para que el dibujo no se desplome es un laburo impresionante del colorista Chris Chuckry, que tira magia con el photoshop como si fuera José Villarrubia. De hecho, le afana varios yeites al español radicado en EEUU. En el unitario con el que abre el tomo, Gross entrega un boceto muy básico a Rufus Dayglo, encargado del arte final, y el resultado son 20 páginas muy sólidas, con momentos dignos de un Rick Veitch con muchas pilas.
The Unwritten sigue su curso y la historia de las historias ya no volverá a ser la misma. Realidad y ficción, poesía y machaca, misterios sobrenaturales y miserias terrenales se conjugan en esta serie demasiado bien escrita para salir todos los meses hace ya casi cinco años. Como siempre, le falta un toque al dibujo, pero el trabajo de Mike Carey al frente del guión es absolutamente consagratorio.
Después de la apocalíptica magnitud de los sucesos que vimos en el Vol.7, la serie se ve obligada prácticamente a empezar de cero. Hay un epílogo muy interesante, que explora a fondo las consecuencias del mega-final del Vol.6, e inteligentemente Mike Carey lo pone al final de este tomo, es decir, cuando ya nos bajamos un unitario mayoritariamente desconectado de la saga central y un nuevo arco argumental muy ganchero, donde el foco parece desplazarse de Tom Taylor y sus amigos hacia nuevos personajes.
El unitario no está del todo descolgado: acá Carey retoma puntas del Vol.5 (las que tenían que ver con ese proto-superhéroe de fines de los años ´30) y al querido Pauly Bruckner, el conejo mal llevado y puteador, al que hacía mucho que no veíamos. En un pase de magia, los misterios sobrenaturales que envuelven a Wilson Taylor y sus creaciones literarias pasan a englobar también a Pauly y todo ese plot cobra muchísimo sentido. Tanto que podría desactivarse y no tocarse nunca más.
El arco central de este tomo (The Wound) tiene a Tom Taylor como protagonista... en las últimas 16 páginas. En el resto de las 80 páginas, el que hasta ahora era el personaje central no aparece. Hay un subplot atractivo para Richie Savoy y avanza mucho el personaje de Rausch, la titiritera. Pero Tom come banco de suplentes casi hasta el final. La acción se desplaza a Australia y el foco está puesto en Danny Armitage (quien tuviera un rol chiquito en el final del tomo anterior) y la inspectora de policía Didge Patterson, dos personajes a los que Carey labura a fondo. El mismo tratamiento preferencial le da a Lucas Filby, quien vendría a ocupar el rol del villano, incluso con un objeto que supo ser del jodido Pullman, muerto en el tomo anterior. Filby también tiene un pasado en común con Wilson Taylor y Didge es disléxica, lo cual la posiciona en un lugar muy raro respecto de esta especie de guerra que tiene tanto que ver con la palabra escrita. Calculo que al villano no lo vamos a volver a ver, pero Didge y Danny tienen todo para convertirse en miembros estables del renovado elenco de la serie.
En el último episodio del tomo, Carey nos manda en un flashback a sucesos ocurridos un año atrás, donde explica cómo zafó Tom del hiper-bolonki del tomo anterior y de paso redefine la relación entre el hijo de Wilson y Savoy, que ahora pasa a jugar más de comodín, de “wild card”, de elemento impredecible dentro de esta cautivante saga.
En la faz gráfica, lamentablemente ya no tenemos a M.K. Perker como entintador, lo cual deja mucho más expuestas las limitaciones de Peter Gross, que de nuevo cumple muy con lo justo. Esta vez el truco para que el dibujo no se desplome es un laburo impresionante del colorista Chris Chuckry, que tira magia con el photoshop como si fuera José Villarrubia. De hecho, le afana varios yeites al español radicado en EEUU. En el unitario con el que abre el tomo, Gross entrega un boceto muy básico a Rufus Dayglo, encargado del arte final, y el resultado son 20 páginas muy sólidas, con momentos dignos de un Rick Veitch con muchas pilas.
The Unwritten sigue su curso y la historia de las historias ya no volverá a ser la misma. Realidad y ficción, poesía y machaca, misterios sobrenaturales y miserias terrenales se conjugan en esta serie demasiado bien escrita para salir todos los meses hace ya casi cinco años. Como siempre, le falta un toque al dibujo, pero el trabajo de Mike Carey al frente del guión es absolutamente consagratorio.
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Vertigo
martes, 4 de marzo de 2014
04/ 03: EL ANEURISMA DEL CHICO PUNK Vol.1
Me faltan leer unos cuantos libros de historieta argentina lanzados en 2013, pero hasta ahora creo que este es el mejor, un pijésimo por encima de La Comunidad, con el que está parejísimo. No te digo que El Aneurisma... es historieta perfecta sólo porque este es el Vol.1 y por ahí en el Vol.2 (o 3, o 4...) se cae un toque. Si este tomo terminara con un final posta, sería imbatible, estaríamos hablando en todas partes de la Obra Maestra que Renzo Podestá nos regaló a los fans del comic argentino.
Serializado en un sitio web, este primer volumen de El Aneurisma del Chico Punk se compone de unas 200 páginas, divididas en ocho capítulos. ¿Y no alcanzan 200 páginas para llegar a un final definitivo? No. A lo largo de este tomo, Podestá presenta una ciudad, un elenco de cuatro protagonistas y varios secundarios, un villano muy heavy y un conflicto que claramente es la punta del iceberg, una ínfima manifestación de algo mucho más grosso que vendrá más adelante y de lo cual ya hay varias pistas sembradas en la segunda mitad de esta entrega. ¿Está estirado? No, para nada. Podestá opta por una narrativa bastante descomprimida porque puede hacerlo, porque nadie lo corre, nadie lo encorseta. Este es un proyecto 100% autoral, donde el único criterio que se impone es el lírico-genital. Acá Renzo hace lo que se le cantan las bolas y si la historia se cuelga en escenas pachorras o si tarda en arrancar (de hecho, las 22 páginas del primer capítulo podrían no estar y todo se entendería perfecto), es lo que hay.
La construcción de los personajes y la trama son los puntos más fuertes de El Aneurisma... Acá vamos a ver a una bandita de cuatro pibes violentos, kilomberos, que afanan libros para venderlos en una ciudad crepuscular, sombría, infestada de pandillas más preocupadas por las otras pandillas que por la policía. Bajo esa mascarada de pibes duros, Podestá nos deja entrever la humanidad y sobre todo la vulnerabilidad de Nolasco, Sucia, Lima y Ringo, a los que veremos sumergirse gradualmente en misterios espesos, que tienen ribetes místicos, o por lo menos paranormales. Y además en el submundo del sadomasoquismo y las drogas duras, que también tienen su espacio en este mundo sórdido y desesperanzado.
También hay acción, cataclismos sobrenaturales, trips extraños, una orgía multitudinaria con canibalismo y hectolitros de sangre, un intento de historia de amor y los mejores diálogos que recuerdo haber leído en una historieta argentina reciente. Con todos estos anzuelos, Renzo Podestá te atraviesa, te engancha y te arrastra como a un infeliz de punta a punta del libro, que por supuesto te deja alzadísimo pidiendo la continuación. El Aneurisma... es una obra definitivamente transgresora, en la que el autor nos refriega permanentemente por la cara la absoluta libertad de la que goza, y aún así, en ningún momento sentís que Podestá usa esta libertad para pajearse impunemente en nuestras caras, ni para mirarse el ombligo, ni para irse a la mierda por hacerse el vanguardista.
Por el lado del dibujo, la decisión de trabajar en blanco y negro lo lleva a Renzo a reencontarse con sus raíces, con el estilo de su etapa más under, ahora resignificado por muchos años de laburo profesional en los que incorporó un nivel para nada frecuente entre los autores “incipientes”. Podestá maneja el blanco y negro de taquito y sabe aprovechar a full todas las posibilidades que este le brinda: el claroscuro a todo o nada, las texturitas y rayitas, las manchas, los esfumados y cepillados, fotos recontra-manoseadas, páginas laburadas en blanco sobre papel negro, bloques de texto a los que les aplica grises con la computadora... Acá no queda una técnica sin explorar. Hasta hay unas páginas en las que Podestá se manda un homenaje a Mike Mignola y clona perfecto el estilo del ídolo. La narativa es interesantísima, con mucho ritmo, con saltos al vacío que resultan en genialidades, con varios momentos en los que vemos el desarrollo de dos secuencias en paralelo y con un criterio inmejorable para elegir los momentos para descomprimir y los momentos para acelerar el tempo del relato.
Posta, no veo la hora de tener en mis manos el Vol.2 de El Aneurisma... Acá encontré personajes copadísimos, envueltos en un misterio que no da respiro por su intensidad y sobre todo por su originalidad. En esta historieta nada es lo que parece y todo puede pasar. Sumale un dibujo recontra-impactante y una narrativa repleta de riesgos bien asumidos y ya está, no hay cómo resistirse a esta maravilla mugrienta y pasada de rosca que propone Renzo Podestá.
Serializado en un sitio web, este primer volumen de El Aneurisma del Chico Punk se compone de unas 200 páginas, divididas en ocho capítulos. ¿Y no alcanzan 200 páginas para llegar a un final definitivo? No. A lo largo de este tomo, Podestá presenta una ciudad, un elenco de cuatro protagonistas y varios secundarios, un villano muy heavy y un conflicto que claramente es la punta del iceberg, una ínfima manifestación de algo mucho más grosso que vendrá más adelante y de lo cual ya hay varias pistas sembradas en la segunda mitad de esta entrega. ¿Está estirado? No, para nada. Podestá opta por una narrativa bastante descomprimida porque puede hacerlo, porque nadie lo corre, nadie lo encorseta. Este es un proyecto 100% autoral, donde el único criterio que se impone es el lírico-genital. Acá Renzo hace lo que se le cantan las bolas y si la historia se cuelga en escenas pachorras o si tarda en arrancar (de hecho, las 22 páginas del primer capítulo podrían no estar y todo se entendería perfecto), es lo que hay.
La construcción de los personajes y la trama son los puntos más fuertes de El Aneurisma... Acá vamos a ver a una bandita de cuatro pibes violentos, kilomberos, que afanan libros para venderlos en una ciudad crepuscular, sombría, infestada de pandillas más preocupadas por las otras pandillas que por la policía. Bajo esa mascarada de pibes duros, Podestá nos deja entrever la humanidad y sobre todo la vulnerabilidad de Nolasco, Sucia, Lima y Ringo, a los que veremos sumergirse gradualmente en misterios espesos, que tienen ribetes místicos, o por lo menos paranormales. Y además en el submundo del sadomasoquismo y las drogas duras, que también tienen su espacio en este mundo sórdido y desesperanzado.
También hay acción, cataclismos sobrenaturales, trips extraños, una orgía multitudinaria con canibalismo y hectolitros de sangre, un intento de historia de amor y los mejores diálogos que recuerdo haber leído en una historieta argentina reciente. Con todos estos anzuelos, Renzo Podestá te atraviesa, te engancha y te arrastra como a un infeliz de punta a punta del libro, que por supuesto te deja alzadísimo pidiendo la continuación. El Aneurisma... es una obra definitivamente transgresora, en la que el autor nos refriega permanentemente por la cara la absoluta libertad de la que goza, y aún así, en ningún momento sentís que Podestá usa esta libertad para pajearse impunemente en nuestras caras, ni para mirarse el ombligo, ni para irse a la mierda por hacerse el vanguardista.
Por el lado del dibujo, la decisión de trabajar en blanco y negro lo lleva a Renzo a reencontarse con sus raíces, con el estilo de su etapa más under, ahora resignificado por muchos años de laburo profesional en los que incorporó un nivel para nada frecuente entre los autores “incipientes”. Podestá maneja el blanco y negro de taquito y sabe aprovechar a full todas las posibilidades que este le brinda: el claroscuro a todo o nada, las texturitas y rayitas, las manchas, los esfumados y cepillados, fotos recontra-manoseadas, páginas laburadas en blanco sobre papel negro, bloques de texto a los que les aplica grises con la computadora... Acá no queda una técnica sin explorar. Hasta hay unas páginas en las que Podestá se manda un homenaje a Mike Mignola y clona perfecto el estilo del ídolo. La narativa es interesantísima, con mucho ritmo, con saltos al vacío que resultan en genialidades, con varios momentos en los que vemos el desarrollo de dos secuencias en paralelo y con un criterio inmejorable para elegir los momentos para descomprimir y los momentos para acelerar el tempo del relato.
Posta, no veo la hora de tener en mis manos el Vol.2 de El Aneurisma... Acá encontré personajes copadísimos, envueltos en un misterio que no da respiro por su intensidad y sobre todo por su originalidad. En esta historieta nada es lo que parece y todo puede pasar. Sumale un dibujo recontra-impactante y una narrativa repleta de riesgos bien asumidos y ya está, no hay cómo resistirse a esta maravilla mugrienta y pasada de rosca que propone Renzo Podestá.
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lunes, 3 de marzo de 2014
03/ 03: MAD NIGHT
Richard Sala lo hizo de nuevo. Esta vez en glorioso blanco y negro, me hipnotizó de principio a fin y me enroscó en una trama laberíntica que se desarrolla a lo largo de casi 200 páginas. Sala tardó muchísimo en terminar esta historieta, que se serializó en 12 episodios entre 1998 y 2005, en la revista Evil Eye. Por supuesto, fue hecha en paralelo con otros proyectos del ídolo, algunos de los cuales también se vieron en las páginas de Evil Eye.
Antes de llegar a la página 60 de Mad Night, Sala ya había presentado a tantos personajes y los había enredado tanto en esta trama de misterio, que uno podía convencerse sin esfuerzo de que jamás se podría llegar a un final coherente, que explicara todo sin cabos sueltos y que le diera un cierre lógico a cada uno de los integrantes de este elenco ecléctico y bizarro. Y ese es el mayor mérito de Mad Night: al final, Sala cierra todo, todo lo que sucede se explora y se explica en detalle, y lo que al principio parecía una madeja medio enkilombada, al final resulta ser un mecanismo de relojería preciso e infalible, aunque repleto de alma, huevos y emoción.
Para lograr esta proeza, el autor activa bastante temprano un truculento proceso de depuración del abultado elenco y así es como más de uno que pintaba para personaje importante muere (generalmente de modos muy cruentos, muy shockenates) antes de llegar a la mitad del libro. Y en la segunda mitad morirán muchos más, por supuesto, ya sea estrangulados, apuñalados, decapitados, morfados por un pulpo o por ratas famélicas. A medida que se acumulan los fiambres, se hace más y más claro que la verdadera protagonista, la que eventualmente va a llegar a la instancia crucial en la que los misterios se develan, es Judy Drood. Lo cual es muy justo, porque es el personaje más rico, mejor trabajado por Sala. La hermosa Judy es valiente, inteligente, combativa, sagaz y muy temperamental, siempre propensa a estallar en un tsunami de puteadas que ruborizarían al mismísimo Cazador. Lo mejor que tiene Judy es que no arruga frente a nadie: piratas, verdugos, monstruos, o profesores universitarios y policías, ningún oponente logra frenar a este torbellino llamado Judy, que lleva la aventura en la sangre y a la que –obviamente- quiero volver a ver en otra historieta del maestro Sala.
Como siempre digo, Sala es uno de esos autores a los que hay que comprarles los libros por los dibujos, y si el guión está bueno, difsrutarlo como un plus. Esta vez el guión es realmente excelente... y por supuesto el dibujo no se queda atrás. Una vez más este prócer del pincel y el plumín nos regala un festival dark de indescriptible belleza, siempre con esa atmósfera crepuscular, ominosa, y su trazo preciso, con cero margen para la improvisación, que le da vida tanto a chicas hermosísimas como a freaks, esperpentos y adefesios, cada vez más grotescos y perturbadores. Me encantó su homenaje a Sheldon Mayer y me llamó mucho la atención el tratamiento gráfico de Kasper Keene, el co-protagonista; un personaje al que, si le sacás las rayitas típicas de Sala, lo vas a ver actuar y moverse como un típico héroe de comic francobelga, de línea clara y reminiscencias tintinescas. La narrativa es cristalina de punta a punta, sin saltos al vacío, con grillas clásicas excepto en la primera página de cada capítulo (donde Sala arriesga un poco más) y excelentes secuencias mudas. Y a la hora de los diálogos (y las onomatopeyas, que son muchas y alucinantes) brilla el particularísimo rotulado del autor, tan identificable como su grafismo.
Mad Night es una historieta de entretenimiento, sin grandes pretensiones, pero con una calidad superlativa. Te va a divertir, a impactar, a atrapar, a revolver las tripas en las escenas más truculentas, y capaz que hasta te arranca alguna carcajada, porque Sala se esfuerza para que nunca te tomes demasiado en serio las atrocidades que te está mostrando. Si sos fan de este genio del Noveno Arte, supongo que ya la tenés. Y si nunca leíste nada de Richard Sala, Mad Night es un gran punto de partida porque acá están TODOS los elementos que definen el estilo del ídolo, combinados a la perfección en una trama de asombrosa solidez. Papa pesadillescamente fina.
Antes de llegar a la página 60 de Mad Night, Sala ya había presentado a tantos personajes y los había enredado tanto en esta trama de misterio, que uno podía convencerse sin esfuerzo de que jamás se podría llegar a un final coherente, que explicara todo sin cabos sueltos y que le diera un cierre lógico a cada uno de los integrantes de este elenco ecléctico y bizarro. Y ese es el mayor mérito de Mad Night: al final, Sala cierra todo, todo lo que sucede se explora y se explica en detalle, y lo que al principio parecía una madeja medio enkilombada, al final resulta ser un mecanismo de relojería preciso e infalible, aunque repleto de alma, huevos y emoción.
Para lograr esta proeza, el autor activa bastante temprano un truculento proceso de depuración del abultado elenco y así es como más de uno que pintaba para personaje importante muere (generalmente de modos muy cruentos, muy shockenates) antes de llegar a la mitad del libro. Y en la segunda mitad morirán muchos más, por supuesto, ya sea estrangulados, apuñalados, decapitados, morfados por un pulpo o por ratas famélicas. A medida que se acumulan los fiambres, se hace más y más claro que la verdadera protagonista, la que eventualmente va a llegar a la instancia crucial en la que los misterios se develan, es Judy Drood. Lo cual es muy justo, porque es el personaje más rico, mejor trabajado por Sala. La hermosa Judy es valiente, inteligente, combativa, sagaz y muy temperamental, siempre propensa a estallar en un tsunami de puteadas que ruborizarían al mismísimo Cazador. Lo mejor que tiene Judy es que no arruga frente a nadie: piratas, verdugos, monstruos, o profesores universitarios y policías, ningún oponente logra frenar a este torbellino llamado Judy, que lleva la aventura en la sangre y a la que –obviamente- quiero volver a ver en otra historieta del maestro Sala.
Como siempre digo, Sala es uno de esos autores a los que hay que comprarles los libros por los dibujos, y si el guión está bueno, difsrutarlo como un plus. Esta vez el guión es realmente excelente... y por supuesto el dibujo no se queda atrás. Una vez más este prócer del pincel y el plumín nos regala un festival dark de indescriptible belleza, siempre con esa atmósfera crepuscular, ominosa, y su trazo preciso, con cero margen para la improvisación, que le da vida tanto a chicas hermosísimas como a freaks, esperpentos y adefesios, cada vez más grotescos y perturbadores. Me encantó su homenaje a Sheldon Mayer y me llamó mucho la atención el tratamiento gráfico de Kasper Keene, el co-protagonista; un personaje al que, si le sacás las rayitas típicas de Sala, lo vas a ver actuar y moverse como un típico héroe de comic francobelga, de línea clara y reminiscencias tintinescas. La narrativa es cristalina de punta a punta, sin saltos al vacío, con grillas clásicas excepto en la primera página de cada capítulo (donde Sala arriesga un poco más) y excelentes secuencias mudas. Y a la hora de los diálogos (y las onomatopeyas, que son muchas y alucinantes) brilla el particularísimo rotulado del autor, tan identificable como su grafismo.
Mad Night es una historieta de entretenimiento, sin grandes pretensiones, pero con una calidad superlativa. Te va a divertir, a impactar, a atrapar, a revolver las tripas en las escenas más truculentas, y capaz que hasta te arranca alguna carcajada, porque Sala se esfuerza para que nunca te tomes demasiado en serio las atrocidades que te está mostrando. Si sos fan de este genio del Noveno Arte, supongo que ya la tenés. Y si nunca leíste nada de Richard Sala, Mad Night es un gran punto de partida porque acá están TODOS los elementos que definen el estilo del ídolo, combinados a la perfección en una trama de asombrosa solidez. Papa pesadillescamente fina.
domingo, 2 de marzo de 2014
02/ 03: MIEDO
Al igual que el 29/08/12, me interno en una novela gráfica co-escrita por David Muñoz y Antonio Trashorras, estos dos críticos y guionistas de cine, TV y comics oriundos de la Madre Patria. Esta quizás sea la más española de sus obras, ya que se apoya fuertemente en un contexto sociopolítico muy puntual, importante en la historia reciente de España pero probablemente desconocido, o poco fresco en la memoria, en el resto del mundo.
La historieta nos sitúa en Febrero de 1981 y tiene muchísimas referencias a lo que hoy se conoce como el 23-F. El 23-F fue un intento de golpe de estado, ocurrido el 23 de Febrero de 1981, en el que una sublevación militar encabezada por el General Tejero, intentó derrocar al gobierno de Adolfo Suárez, el presidente encargado de conducir la transición democrática, un proceso que culminaría al año siguiente con las primeras elecciones libres en casi 50 años. El golpe fracasó en parte porque el rey de España respaldó al presidente Suárez y el episodio no pasó de un susto. Pero fueron días extraños en los que el miedo se hizo sentir en la gente común, porque parecía que la violencia (la herramienta política favorita de los fachos) volvía a instalarse en una sociedad que intentaba dejarla definitivamente en el pasado.
Por suerte, la intención de los guionistas de Miedo no es narrarnos estos sucesos, sino utilzarlos como marco, como contexto, para contarnos otra historia, salpicada por el clima político, pero mucho más chiquita, más humana. Los protagonistas son Adrián y Raúl, dos chicos de 11 o 12 años bastante outsiders, marginados y maltratados por el resto de sus compañeros, uno por ser gordo y el otro por tener una malformación en una pierna que le impide correr y hacer deportes. Trashorras y Muñoz juegan a reproducir dentro de la escuela la tensión, la opresión que significaba la amenaza de los fachos a nivel nacional. Y por ahí hacen una de más a la hora de caracterizar al profesor malo, facho, sádico, un personaje demasiado repulsivo, tanto que su accionar se vuelve muy predecible, sobre todo en el contrapunto con el profesor joven, copado y progre.
El resto de los personajes están muy bien logrados, sobre todo los dos protagonistas, que se nos presentan de modo muy profundo y muy real, como chicos muy sufridos y a la vez muy íntegros, muy comprometidos con los valores correctos. Con gran sutileza y ponderable ingenio, los guionistas nos invitan a pensar si los chicos aprendieron esa integridad y esos valores en sus casas o leyendo historietas y viendo las pelis de Star Wars. Los padres de Adrián y Raúl no tienen roles demasiado destacados, pero le sirven a los autores para mostrarnos (sin indagar muy a fondo) dónde se paraba la clase media laburante y dónde la clase media intelectual frente a la encrucijada política que significó el 23-F.
Tanto cuando la historieta coquetea con la crónica política como cuando se hace mucho más intimista y se concentra en las pequeñas vidas de los protagonistas, el dibujo de Javier Rodríguez (a quien ya nos cruzamos varias veces, ya sea como dibujante o como colorista) le suma solidez a la historia y verosimilitud a la ambientación. El dibujante cuida todos los detalles como para que nada haga ruido y todo se vea y se sienta como en 1981. Las pocas escenas en las que Rodríguez no se mata dibujando fondos son las que realmente quedaban mejor sin fondos, donde lo ideal era que los personajes nos transmitieran (a través de un lenguaje corporal y facial perfectamente plasmado) las sensaciones que querían expresar los autores. Los fondos, la expresividad de los personajes y la claridad de la narrativa (casi siempre apoyada en la infalible grilla de nueve viñetas) son los puntos más fuertes de un excelente trabajo de Javier Rodríguez. El color (puesto por él mismo) no se parece casi nada al que despliega cuando trabaja para Marvel, porque el tipo de historia y la ambientación histórica elegida le piden –claramente- otra cosa. Igual está muy bien trabajado.
Miedo (de 2003) no es una historieta fundamental, pero está muy bien para tener algo más de estos notables (aunque no tan difundidos) autores españoles y para estudiar cómo se puede combinar una historia dramática, con mucho costumbrismo, centrada en personajes muy humanos y muy creíbles, con un contexto histórico bien investigado y bien reproducido, al que los españoles aún tienen muy presente porque fue clave para la recuperación de su democracia.
La historieta nos sitúa en Febrero de 1981 y tiene muchísimas referencias a lo que hoy se conoce como el 23-F. El 23-F fue un intento de golpe de estado, ocurrido el 23 de Febrero de 1981, en el que una sublevación militar encabezada por el General Tejero, intentó derrocar al gobierno de Adolfo Suárez, el presidente encargado de conducir la transición democrática, un proceso que culminaría al año siguiente con las primeras elecciones libres en casi 50 años. El golpe fracasó en parte porque el rey de España respaldó al presidente Suárez y el episodio no pasó de un susto. Pero fueron días extraños en los que el miedo se hizo sentir en la gente común, porque parecía que la violencia (la herramienta política favorita de los fachos) volvía a instalarse en una sociedad que intentaba dejarla definitivamente en el pasado.
Por suerte, la intención de los guionistas de Miedo no es narrarnos estos sucesos, sino utilzarlos como marco, como contexto, para contarnos otra historia, salpicada por el clima político, pero mucho más chiquita, más humana. Los protagonistas son Adrián y Raúl, dos chicos de 11 o 12 años bastante outsiders, marginados y maltratados por el resto de sus compañeros, uno por ser gordo y el otro por tener una malformación en una pierna que le impide correr y hacer deportes. Trashorras y Muñoz juegan a reproducir dentro de la escuela la tensión, la opresión que significaba la amenaza de los fachos a nivel nacional. Y por ahí hacen una de más a la hora de caracterizar al profesor malo, facho, sádico, un personaje demasiado repulsivo, tanto que su accionar se vuelve muy predecible, sobre todo en el contrapunto con el profesor joven, copado y progre.
El resto de los personajes están muy bien logrados, sobre todo los dos protagonistas, que se nos presentan de modo muy profundo y muy real, como chicos muy sufridos y a la vez muy íntegros, muy comprometidos con los valores correctos. Con gran sutileza y ponderable ingenio, los guionistas nos invitan a pensar si los chicos aprendieron esa integridad y esos valores en sus casas o leyendo historietas y viendo las pelis de Star Wars. Los padres de Adrián y Raúl no tienen roles demasiado destacados, pero le sirven a los autores para mostrarnos (sin indagar muy a fondo) dónde se paraba la clase media laburante y dónde la clase media intelectual frente a la encrucijada política que significó el 23-F.
Tanto cuando la historieta coquetea con la crónica política como cuando se hace mucho más intimista y se concentra en las pequeñas vidas de los protagonistas, el dibujo de Javier Rodríguez (a quien ya nos cruzamos varias veces, ya sea como dibujante o como colorista) le suma solidez a la historia y verosimilitud a la ambientación. El dibujante cuida todos los detalles como para que nada haga ruido y todo se vea y se sienta como en 1981. Las pocas escenas en las que Rodríguez no se mata dibujando fondos son las que realmente quedaban mejor sin fondos, donde lo ideal era que los personajes nos transmitieran (a través de un lenguaje corporal y facial perfectamente plasmado) las sensaciones que querían expresar los autores. Los fondos, la expresividad de los personajes y la claridad de la narrativa (casi siempre apoyada en la infalible grilla de nueve viñetas) son los puntos más fuertes de un excelente trabajo de Javier Rodríguez. El color (puesto por él mismo) no se parece casi nada al que despliega cuando trabaja para Marvel, porque el tipo de historia y la ambientación histórica elegida le piden –claramente- otra cosa. Igual está muy bien trabajado.
Miedo (de 2003) no es una historieta fundamental, pero está muy bien para tener algo más de estos notables (aunque no tan difundidos) autores españoles y para estudiar cómo se puede combinar una historia dramática, con mucho costumbrismo, centrada en personajes muy humanos y muy creíbles, con un contexto histórico bien investigado y bien reproducido, al que los españoles aún tienen muy presente porque fue clave para la recuperación de su democracia.
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sábado, 1 de marzo de 2014
01/ 03: DAREDEVIL Vol.3
Veníamos bien y se me cayó un poquito esta serie. Este tomo no está ni por casualidad a la altura de los dos primeros.
Arrancamos con una trilogía en la que Mark Waid amaga con cerrar de una vez y para siempre el plot del Omega Drive, que arrastra desde el inicio de su etapa. Para eso, Daredevil arma team-up con el Punisher y, ya que estamos, con Spider-Man. Waid co-escribe el episodio de Avenging Spider-Man (la serie que lanzó y luego abandonó el impresentable Joe Madureira) con Greg Rucka, quien en ese momento tenía a su cargo la serie de Punisher. Son tres episodios muy dinámicos, donde se boludea poco y donde se nota que los dos guionistas conocen muy bien a los tres personajes. El problema es que el plot NO se resuelve y la historia termina en el mismo lugar donde se inició. O sea que es un engaña-pichanga sólo redimible por unos cuantos buenos diálogos.
El siguiente episodio es un unitario exquisito, en el que un Waid afiladísimo nos lleva a los tiempos en los que Matt Murdock y Foggy Nelson estudiaban en la facultad de derecho. Acá no vuela una sola trompada y Daredevil aparece en un sola viñeta, pero el guión, la caracterización y los diálogos son brillantes. Luego tenemos un unitario más, un poquito estirado, pero en el que finalmente se resuelve de un modo muy ingenioso el plot del Omega Drive.
Y para cerrar, una saguita de dos episodios bastante floja. En 40 páginas ambientadas en Latveria (en las que ni siquiera aparece el Dr. Doom) vemos que a Daredevil lo capturan, lo torturan y al final lo rescatan los Avengers. Punto. En el medio el héroe demuestra integridad y aguante, pero la historia avanza poco, a los tumbos y con peripecias menores e innecesarias. No es un desastre, pero no está ni cerca de lo que se vio en los primeros tomos.
En cuanto a los dibujantes, el arco con Spider-Man y Punisher está dibujado por Marco Cecchetto, un Juan Carlos Flicker muy prolijo, al que complementa muy bien el color de Matt Hollingsworth, y que –si bien no dibuja ni en pedo un fondo, ni un arma, ni un auto- le pone bastante onda a los cuerpos en movimiento. No así a las caras, que son muy limitadas, con escasísimas expresiones. Y en el unitario en el que Waid resuelve lo del Omega Drive, tenemos a un verdulero llamado Khoi Pham que –pobrecito- no puede publicar ni en el fanzine más croto del universo.
Los tres episodios restantes están a cargo de quien será el dibujante titular de esta serie de acá en más: el maestro Chris Samnee (lo vimos hace poquito en un tomo de Thor). El trabajo de Samnee se ve muy bien, siempre con una narativa hipnótica y arriesgada y con la influencia fuerte de dibujantes que a mí me encantan, como Ty Templeton, Alex Toth, David Mazzucchelli y por momentos alguna cosita de John Romita Jr. o de Cliff Chiang. En estas páginas está toda la onda y toda la emoción que no se ve en las páginas de Cecchetto ni mucho menos en las de Pham.
A pesar de este pequeño traspié, le sigo teniendo fe al DD de Waid. Desde que lo redefinió Frank Miller hasta que llegó Waid, Daredevil fue una especie de hincha de Independiente, amargo, sufrido, siempre al borde del abismo, acostumbrado a recibir por todos lados una amplia gama de sopapos, corchazos y puñaladas traperas. Obviamente sin esa vuelta que le dio Mlller, DD no llegaba nunca a cumplir 20 años de publicación. Pero 30 años al filo de la oscuridad eran muchos y me parece que el principal acierto de Waid fue ese: resignó la faceta religiosa del personaje, pero esto le permitió terminar con esa onda de “Todo bien, cáguenme a trompadas, que yo estoy acá para sufrir y sacrificarme por todos ustedes”, que ya era bastante insostenible.
Tengo otro tomo ahí en el pilón (creo que todo dibujado por Samnee), así que voy por más. Ojalá me reencuentre con el mismo nivel de los primeros episodios.
Arrancamos con una trilogía en la que Mark Waid amaga con cerrar de una vez y para siempre el plot del Omega Drive, que arrastra desde el inicio de su etapa. Para eso, Daredevil arma team-up con el Punisher y, ya que estamos, con Spider-Man. Waid co-escribe el episodio de Avenging Spider-Man (la serie que lanzó y luego abandonó el impresentable Joe Madureira) con Greg Rucka, quien en ese momento tenía a su cargo la serie de Punisher. Son tres episodios muy dinámicos, donde se boludea poco y donde se nota que los dos guionistas conocen muy bien a los tres personajes. El problema es que el plot NO se resuelve y la historia termina en el mismo lugar donde se inició. O sea que es un engaña-pichanga sólo redimible por unos cuantos buenos diálogos.
El siguiente episodio es un unitario exquisito, en el que un Waid afiladísimo nos lleva a los tiempos en los que Matt Murdock y Foggy Nelson estudiaban en la facultad de derecho. Acá no vuela una sola trompada y Daredevil aparece en un sola viñeta, pero el guión, la caracterización y los diálogos son brillantes. Luego tenemos un unitario más, un poquito estirado, pero en el que finalmente se resuelve de un modo muy ingenioso el plot del Omega Drive.
Y para cerrar, una saguita de dos episodios bastante floja. En 40 páginas ambientadas en Latveria (en las que ni siquiera aparece el Dr. Doom) vemos que a Daredevil lo capturan, lo torturan y al final lo rescatan los Avengers. Punto. En el medio el héroe demuestra integridad y aguante, pero la historia avanza poco, a los tumbos y con peripecias menores e innecesarias. No es un desastre, pero no está ni cerca de lo que se vio en los primeros tomos.
En cuanto a los dibujantes, el arco con Spider-Man y Punisher está dibujado por Marco Cecchetto, un Juan Carlos Flicker muy prolijo, al que complementa muy bien el color de Matt Hollingsworth, y que –si bien no dibuja ni en pedo un fondo, ni un arma, ni un auto- le pone bastante onda a los cuerpos en movimiento. No así a las caras, que son muy limitadas, con escasísimas expresiones. Y en el unitario en el que Waid resuelve lo del Omega Drive, tenemos a un verdulero llamado Khoi Pham que –pobrecito- no puede publicar ni en el fanzine más croto del universo.
Los tres episodios restantes están a cargo de quien será el dibujante titular de esta serie de acá en más: el maestro Chris Samnee (lo vimos hace poquito en un tomo de Thor). El trabajo de Samnee se ve muy bien, siempre con una narativa hipnótica y arriesgada y con la influencia fuerte de dibujantes que a mí me encantan, como Ty Templeton, Alex Toth, David Mazzucchelli y por momentos alguna cosita de John Romita Jr. o de Cliff Chiang. En estas páginas está toda la onda y toda la emoción que no se ve en las páginas de Cecchetto ni mucho menos en las de Pham.
A pesar de este pequeño traspié, le sigo teniendo fe al DD de Waid. Desde que lo redefinió Frank Miller hasta que llegó Waid, Daredevil fue una especie de hincha de Independiente, amargo, sufrido, siempre al borde del abismo, acostumbrado a recibir por todos lados una amplia gama de sopapos, corchazos y puñaladas traperas. Obviamente sin esa vuelta que le dio Mlller, DD no llegaba nunca a cumplir 20 años de publicación. Pero 30 años al filo de la oscuridad eran muchos y me parece que el principal acierto de Waid fue ese: resignó la faceta religiosa del personaje, pero esto le permitió terminar con esa onda de “Todo bien, cáguenme a trompadas, que yo estoy acá para sufrir y sacrificarme por todos ustedes”, que ya era bastante insostenible.
Tengo otro tomo ahí en el pilón (creo que todo dibujado por Samnee), así que voy por más. Ojalá me reencuentre con el mismo nivel de los primeros episodios.
viernes, 28 de febrero de 2014
28/ 02: MACANUDO Vol.10
Dosis extra large (casi 190 páginas) de Macanudo y la verdad no es mucho lo que me queda para decir, porque ya pasaron por el blog las reseñas de los dos tomos anteriores.
Quiero destacar que me reí bastante. Hay como... cinco o seis tiras que me hicieron reir en serio, no una sonrisita, ni un “ja” medio contenido. La del pagadiós, o la de las precuelas de libros famosos son tiras que me llegaron con mucha fuerza, que me impactaron con su gran comicidad. Está claro que Liniers no sale a buscar la carcajada, sino la complicidad del lector, la predisposición de este (o esta) a pasear junto con el autor por distintos estados de ánimo, distintos climas, donde en general prima una atmósfera de reflexión y de buena onda, de invitación a sentirnos bien, a reencontrarnos con valores copados, con cosas lindas de la infancia, o simplemente a encontrarnos con situaciones absurdas o descolgadas. Por ese camino laberíntico, sinuoso, también se llega (de vez en cuando) a la risa.
En este tomo doble, el elenco clásico de Macanudo se refuerza con incorporaciones como Nuevos Refranes, Benito el Nihilista, Pambo Dice Cosas, El Escritor de Cartas y la que menos me cerró: Estos Locos, Locos Políticos, una serie de tiras muy bien dibujadas, en las que Liniers regurgita todos los clichés del típico discurso de la anti-política. Yo no digo que los políticos se merezcan la canonización, por el contrario, me parece muy sano señalar los delitos que cometen, su doble discurso, etc. Pero puestos a señalar, prefiero que se señale con nombre y apellido a los que EFECTIVAMENTE mienten, chorean y se cagan en la gente, que por suerte no son todos. Con chistes como estos, en los que se bardea a los políticos en general, se le da sustento al malintencionado chamuyo de que TODOS son chorros, garcas, etc., y la verdad que eso no suma en lo más mínimo.
Liniers también recopila muy lindas anécdotas de la vida real protagonizadas por sus hijas y republica cinco tiras de los ´90, de antes de que empezara a publicar Bonjour en Página/12 (yo las tengo en un fanzine, en blanco y negro), donde vemos un estilo de dibujo muy, muy distinto al actual. La recopilación termina justo cuando Macanudo festeja sus 10 años de publicación en la contratapa de La Nación, y se complementa con las tiras “apócrifas”, entre las que hay muy, muy poquito para rescatar: la de Juan Sáenz Valiente, el dibujo de la de Marcela Trujillo, y el resto... para atrás.
Y como siempre, lo más destacable de cada libro de Macanudo es la infrecuente calidad del dibujo, muy por encima de lo que se ve normalmente en las tiras diarias no sólo de nuestro país. Es muy obvio que Liniers ama dibujar, que le pone el alma a cada trazo, a cada pincelada, y que se mata para sorprender incluso al lector que lo sigue hace más de 10 años con el armado de la tira, con el montaje de las viñetas y –obviamente- con los contenidos.
Sigo a la espera de una novela gráfica de Liniers que rompa todo y le cierre el orto a todos los que lo critican. Mientras tanto, Macanudo sigue vigente como un patio de juegos donde pasar un buen rato y dejarnos maravillar por la pasión, la imaginación y el laburo que le pone este animalito a cada tira, cosas que por supuesto se aprecian más en estos tomos recopilatorios que en las páginas del house organ de la oligarquía argentina.
Quiero destacar que me reí bastante. Hay como... cinco o seis tiras que me hicieron reir en serio, no una sonrisita, ni un “ja” medio contenido. La del pagadiós, o la de las precuelas de libros famosos son tiras que me llegaron con mucha fuerza, que me impactaron con su gran comicidad. Está claro que Liniers no sale a buscar la carcajada, sino la complicidad del lector, la predisposición de este (o esta) a pasear junto con el autor por distintos estados de ánimo, distintos climas, donde en general prima una atmósfera de reflexión y de buena onda, de invitación a sentirnos bien, a reencontrarnos con valores copados, con cosas lindas de la infancia, o simplemente a encontrarnos con situaciones absurdas o descolgadas. Por ese camino laberíntico, sinuoso, también se llega (de vez en cuando) a la risa.
En este tomo doble, el elenco clásico de Macanudo se refuerza con incorporaciones como Nuevos Refranes, Benito el Nihilista, Pambo Dice Cosas, El Escritor de Cartas y la que menos me cerró: Estos Locos, Locos Políticos, una serie de tiras muy bien dibujadas, en las que Liniers regurgita todos los clichés del típico discurso de la anti-política. Yo no digo que los políticos se merezcan la canonización, por el contrario, me parece muy sano señalar los delitos que cometen, su doble discurso, etc. Pero puestos a señalar, prefiero que se señale con nombre y apellido a los que EFECTIVAMENTE mienten, chorean y se cagan en la gente, que por suerte no son todos. Con chistes como estos, en los que se bardea a los políticos en general, se le da sustento al malintencionado chamuyo de que TODOS son chorros, garcas, etc., y la verdad que eso no suma en lo más mínimo.
Liniers también recopila muy lindas anécdotas de la vida real protagonizadas por sus hijas y republica cinco tiras de los ´90, de antes de que empezara a publicar Bonjour en Página/12 (yo las tengo en un fanzine, en blanco y negro), donde vemos un estilo de dibujo muy, muy distinto al actual. La recopilación termina justo cuando Macanudo festeja sus 10 años de publicación en la contratapa de La Nación, y se complementa con las tiras “apócrifas”, entre las que hay muy, muy poquito para rescatar: la de Juan Sáenz Valiente, el dibujo de la de Marcela Trujillo, y el resto... para atrás.
Y como siempre, lo más destacable de cada libro de Macanudo es la infrecuente calidad del dibujo, muy por encima de lo que se ve normalmente en las tiras diarias no sólo de nuestro país. Es muy obvio que Liniers ama dibujar, que le pone el alma a cada trazo, a cada pincelada, y que se mata para sorprender incluso al lector que lo sigue hace más de 10 años con el armado de la tira, con el montaje de las viñetas y –obviamente- con los contenidos.
Sigo a la espera de una novela gráfica de Liniers que rompa todo y le cierre el orto a todos los que lo critican. Mientras tanto, Macanudo sigue vigente como un patio de juegos donde pasar un buen rato y dejarnos maravillar por la pasión, la imaginación y el laburo que le pone este animalito a cada tira, cosas que por supuesto se aprecian más en estos tomos recopilatorios que en las páginas del house organ de la oligarquía argentina.
jueves, 27 de febrero de 2014
27/ 02: YOUNG ROMANCE
No aprendo más... Allá por el 08/11/12, cuando me devoré ese masacote de historietas románticas publicadas por DC en los ´60 (Young Love) afirmé que ese libro era el único de su género que me pensaba comprar. Pero apareció muy barato este, con historietas aún más antiguas, que van de 1947 a fines de los ´50, firmadas nada menos que por Joe Simon y Jack Kirby, los inventores del género romántico. La presencia de los próceres y el hecho de que fueran sólo 21 historietas y reeditadas a color me llamó la atención como para volver a darle una chance a estos “secretos del corazón” que en su mejor época vendían –literalmente- millones de ejemplares y lograban holgadamente eso que hoy parece imposible para el comic yanki, que es llegar masivamente al público femenino.
Entre muchas historias muy chatas y muy pelotudas, encontré un par realmente fuertes. “Her Tragic Love” es la historia de una mina enamorada de un tipo condenado a muerte por un crimen, y además del romance hay una situación muy tensa, en la que no sabés si Sam Ford es culpable o inocente hasta el final. “Fraulein Sweetheart” cuenta el romance a contramano entre una chica alemana, que fuera fanática del Führer, y un soldado yanki de los que ocupan la ciudad de Marburg una vez derrotado el Tercer Reich. Un tema espinoso, como el de la desigualdad entre las clases sociales, está muy bien abordado en “Shame”. La extensa “I Want Your Man!” (14 páginas con texto como para 48) le da una linda vuelta de tuerca al viejo tema de “dos minitas compiten por un chongo”. Y la otra que me sorprendió fue “Lovesick!”, con un giro argumental infrecuente, que deja muy mal parado al protagonista, mientras que casi siempre las que se mandan cagadas grossas (y a veces aprenden la lección) son las chicas.
El principal problema, del que no zafa ninguna historia, es que Simon narraba en pocas páginas historias bastante complejas. Y como Kirby nunca metía más de siete cuadros por página, hay páginas realmente repletas de texto, donde entre globos y bloques se morfan más del 60% de las viñetas. Los diálogos son blanditos, muy reiterativos, y los bloques ahondan en lo que el dibujo no muestra, básicamente en lo que las minitas (que casi siempre narran en off) piensan y sienten. Rápidamente te cae la ficha de que si no leés los bloques de texto, las historietas también se entienden y hasta se disfrutan un poquito más.
Con estas restricciones, más las que se suman a partir de 1954 cuando el Comics Code Authority achica las márgenes de lo que se puede mostrar en una historieta, está todo dado para que la mayoría de los relatos, leídos hoy, resulten un embole, soso, obvio y con menos onda que Inés Pertiné. Por suerte, alguito se puede rescatar, sobre todo comparado con lo que vimos en el Showcase de Young Love, donde no había ni en pedo argumentos tan interesantes como esos cinco que –en distinto grado- me gustaron.
El dibujo del Rey está a años luz de los trabajos con los que redefinió el comic-book en los ´60. Arranca muy pegado a su estética “cuarentosa” (esa derivada de Milton Caniff y Alex Raymond, pero sin el virtuosismo de ninguno de los dos) y de a poco evoluciona hacia el Kirby más identificable, aunque –por supuesto- le falta el power, la intensidad, la emoción de sus comics en los que chabones musculosos con poderes se cagan a trompadas. Alguna vez yo dije que un comic de Kirby sin machaca es como un clásico sin goles, un boliche sin minas, un kiosco sin alfajores... y lo sostengo. Acá suelen estar muy buenos los dibujos más grandes, los que el Rey se mandaba (no siempre) a modo de splash page; y después, en el “viñeta a viñeta”, hay lindas composiciones, pero no genialidades. Quizás debido a que el texto (no el dibujo) llevaba adelante los relatos, y porque al haber tanta cantidad de letras por cuadro, el ídolo casi no tenía lugar para dibujar.
En fin, si te interesa conocer cómo nace la historieta romántica, o querés ver qué hacía Kirby antes de irse a DC a crear a los Challengers of the Unknown y esas historietas bizarras que vimos el 29/05/12, este libro está muy bien. Si no, la verdad que no se justifica el esfuerzo.
Entre muchas historias muy chatas y muy pelotudas, encontré un par realmente fuertes. “Her Tragic Love” es la historia de una mina enamorada de un tipo condenado a muerte por un crimen, y además del romance hay una situación muy tensa, en la que no sabés si Sam Ford es culpable o inocente hasta el final. “Fraulein Sweetheart” cuenta el romance a contramano entre una chica alemana, que fuera fanática del Führer, y un soldado yanki de los que ocupan la ciudad de Marburg una vez derrotado el Tercer Reich. Un tema espinoso, como el de la desigualdad entre las clases sociales, está muy bien abordado en “Shame”. La extensa “I Want Your Man!” (14 páginas con texto como para 48) le da una linda vuelta de tuerca al viejo tema de “dos minitas compiten por un chongo”. Y la otra que me sorprendió fue “Lovesick!”, con un giro argumental infrecuente, que deja muy mal parado al protagonista, mientras que casi siempre las que se mandan cagadas grossas (y a veces aprenden la lección) son las chicas.
El principal problema, del que no zafa ninguna historia, es que Simon narraba en pocas páginas historias bastante complejas. Y como Kirby nunca metía más de siete cuadros por página, hay páginas realmente repletas de texto, donde entre globos y bloques se morfan más del 60% de las viñetas. Los diálogos son blanditos, muy reiterativos, y los bloques ahondan en lo que el dibujo no muestra, básicamente en lo que las minitas (que casi siempre narran en off) piensan y sienten. Rápidamente te cae la ficha de que si no leés los bloques de texto, las historietas también se entienden y hasta se disfrutan un poquito más.
Con estas restricciones, más las que se suman a partir de 1954 cuando el Comics Code Authority achica las márgenes de lo que se puede mostrar en una historieta, está todo dado para que la mayoría de los relatos, leídos hoy, resulten un embole, soso, obvio y con menos onda que Inés Pertiné. Por suerte, alguito se puede rescatar, sobre todo comparado con lo que vimos en el Showcase de Young Love, donde no había ni en pedo argumentos tan interesantes como esos cinco que –en distinto grado- me gustaron.
El dibujo del Rey está a años luz de los trabajos con los que redefinió el comic-book en los ´60. Arranca muy pegado a su estética “cuarentosa” (esa derivada de Milton Caniff y Alex Raymond, pero sin el virtuosismo de ninguno de los dos) y de a poco evoluciona hacia el Kirby más identificable, aunque –por supuesto- le falta el power, la intensidad, la emoción de sus comics en los que chabones musculosos con poderes se cagan a trompadas. Alguna vez yo dije que un comic de Kirby sin machaca es como un clásico sin goles, un boliche sin minas, un kiosco sin alfajores... y lo sostengo. Acá suelen estar muy buenos los dibujos más grandes, los que el Rey se mandaba (no siempre) a modo de splash page; y después, en el “viñeta a viñeta”, hay lindas composiciones, pero no genialidades. Quizás debido a que el texto (no el dibujo) llevaba adelante los relatos, y porque al haber tanta cantidad de letras por cuadro, el ídolo casi no tenía lugar para dibujar.
En fin, si te interesa conocer cómo nace la historieta romántica, o querés ver qué hacía Kirby antes de irse a DC a crear a los Challengers of the Unknown y esas historietas bizarras que vimos el 29/05/12, este libro está muy bien. Si no, la verdad que no se justifica el esfuerzo.
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miércoles, 26 de febrero de 2014
26/ 02: TITEUF Vol.12
Vuelvo a encontrarme con la hiper-taquillera creación de Zep, pero en vez de seguir el orden cronológico, me mandé al tomo más reciente que encontré. O sea que pegué un salto bestial, de principios de los ´90 a 2008, apostando a ver algo bastante distinto, una evolución marcada respecto de aquellos primeros dos álbumes (reseñados a principios de 2013). Y la verdad es que encontré algunos cambios, pero no muchos, ni muy significativos.
Como aquel álbum de El Pequeño Spirou que vimos el 16/09/13, este tiene, además de un montón de planchas autoconclusivas, una historieta “larga”, de cuatro páginas, titulada “La Edad del Pavo”. Acostumbrado a hacer humor en base al contraste entre los chicos y los adultos, Zep se mete ahora con los adolescentes. Titeuf debe convivir varios días con un chico que está en plena edad del pavo y descubre que la adolescencia, esa que le espera en no muchos años, “no mola”. Todo esto a través de una sucesión de gags muy cómicos, donde el suizo revela un agudo sentido de la observación.
En las historietas de una sola página lo que más llama la atención es cómo Zep no adopta nunca una grilla standard. Tiene páginas de cuatro tiras (con 11 ó 12 viñetas), páginas armadas con la clásica grilla de nueve cuadros, páginas con CINCO tiras de dos o tres cuadros, páginas de ocho viñetas idénticas entre sí, y mucho criterio para decidir qué chistes se pueden contar sin recurrir a los marquitos de las viñetas. Las variaciones en la grilla y las frecuentes desapariciones de los marcos de las viñetas (y los fondos) son apenas algunos de los muchos trucos narrativos que despliega Zep para controlar molecularmente el tempo de cada uno de estos mini-relatos y potenciar el efecto cómico de los mismos. Por supuesto, le sale MUY bien. Acá hay algunos chistes realmente muy graciosos, que sorprenden por el ingenio, por la mala leche o por el nivel de guarangada (bastante elevado, si pensamos que esta es una historieta pensada básicamente para chicos).
En este tomo hay una especie de saga, un tema que recorre varias planchas autoconclusivas, que tiene que ver con el papá de Titeuf, que de pronto se queda sin trabajo. Esto hace que el protagonista se empiece a cuestionar cosas que ya no tienen que ver con los pitos y las tetas, sino con el dinero, el laburo y la economía en general. Los adultos le explican estas cuestiones a Titeuf (obviamente a medias, porque suponen que no va a entender la explicación exhaustiva de cómo el capitalismo salvaje exprime y descarta a los trabajadores) y esto le genera al enano maldito toda otra serie de confusiones y malinterpretaciones, también muy cómicas, a pesar de que Zep está hablando de algo mucho más trágico que darle un beso de lengua a una chica o un chico que tienen mal aliento.
Por último, un parrafito mínimo para hablar del dibujo, que es espectacular. Dinámico, expresivo, redondito pero no “cute”, y respaldado por un trabajo sublime, lleno de sutilezas, a la hora de sumarle el color. Acá sí, se nota una evolución muy interesante respecto de los primeros tomos. Zep creció mucho como dibujante y si al principio era buenísimo, ahora ya es imbatible.
Se ve que en Argentina no le fue bien a Titeuf, porque la edición local nunca pasó del Vol.2. Como consuelo para el que no sabe francés, está la edición española, que no sé si pasó del Vol.12 pero es excelente.
Como aquel álbum de El Pequeño Spirou que vimos el 16/09/13, este tiene, además de un montón de planchas autoconclusivas, una historieta “larga”, de cuatro páginas, titulada “La Edad del Pavo”. Acostumbrado a hacer humor en base al contraste entre los chicos y los adultos, Zep se mete ahora con los adolescentes. Titeuf debe convivir varios días con un chico que está en plena edad del pavo y descubre que la adolescencia, esa que le espera en no muchos años, “no mola”. Todo esto a través de una sucesión de gags muy cómicos, donde el suizo revela un agudo sentido de la observación.
En las historietas de una sola página lo que más llama la atención es cómo Zep no adopta nunca una grilla standard. Tiene páginas de cuatro tiras (con 11 ó 12 viñetas), páginas armadas con la clásica grilla de nueve cuadros, páginas con CINCO tiras de dos o tres cuadros, páginas de ocho viñetas idénticas entre sí, y mucho criterio para decidir qué chistes se pueden contar sin recurrir a los marquitos de las viñetas. Las variaciones en la grilla y las frecuentes desapariciones de los marcos de las viñetas (y los fondos) son apenas algunos de los muchos trucos narrativos que despliega Zep para controlar molecularmente el tempo de cada uno de estos mini-relatos y potenciar el efecto cómico de los mismos. Por supuesto, le sale MUY bien. Acá hay algunos chistes realmente muy graciosos, que sorprenden por el ingenio, por la mala leche o por el nivel de guarangada (bastante elevado, si pensamos que esta es una historieta pensada básicamente para chicos).
En este tomo hay una especie de saga, un tema que recorre varias planchas autoconclusivas, que tiene que ver con el papá de Titeuf, que de pronto se queda sin trabajo. Esto hace que el protagonista se empiece a cuestionar cosas que ya no tienen que ver con los pitos y las tetas, sino con el dinero, el laburo y la economía en general. Los adultos le explican estas cuestiones a Titeuf (obviamente a medias, porque suponen que no va a entender la explicación exhaustiva de cómo el capitalismo salvaje exprime y descarta a los trabajadores) y esto le genera al enano maldito toda otra serie de confusiones y malinterpretaciones, también muy cómicas, a pesar de que Zep está hablando de algo mucho más trágico que darle un beso de lengua a una chica o un chico que tienen mal aliento.
Por último, un parrafito mínimo para hablar del dibujo, que es espectacular. Dinámico, expresivo, redondito pero no “cute”, y respaldado por un trabajo sublime, lleno de sutilezas, a la hora de sumarle el color. Acá sí, se nota una evolución muy interesante respecto de los primeros tomos. Zep creció mucho como dibujante y si al principio era buenísimo, ahora ya es imbatible.
Se ve que en Argentina no le fue bien a Titeuf, porque la edición local nunca pasó del Vol.2. Como consuelo para el que no sabe francés, está la edición española, que no sé si pasó del Vol.12 pero es excelente.
martes, 25 de febrero de 2014
25/ 02: JOE THE BARBARIAN
Bue, no era para tanto... Me habían inflado este libro hasta convencerme de que estaba por leer una de las joyas definitivas de los últimos años y la verdad es que no está ni lejos de aspirar a esa categoría.
El planteo de Grant Morrison es interesante: un pibe medio loser, medio solitario, que sufre diabetes, se descompensa por falta de glucosa y empieza a alucinar jodido, de modo que lo que en realidad es una recorrida por su casa, él lo vive como una odisea fantástica, en un mundo paralelo donde se convierte en un valiente guerrero. Hasta ahí, todo muy lindo. Ahora, ¿se puede sostener el interés del lector durante casi 200 páginas con esa consigna? Mi respuesta es No.
Como siempre, a Morrison le sobran ideas para que ese mundo alterantivo sea fascinante, con razas, culturas e historias muy atractivas, e incluso con una geografía extraña, que se presta muy bien para convertirse en escenario de peligrosas peripecias que nuestros héroes deberán sortear. También hay un muy buen trabajo en la caracterización de Joe, el chico protagonista, al que uno rápidamente siente que conoce desde siempre, y con el que es casi imposible no encariñarse. Pero nada de esto nos logra distraer de lo más obvio: para que esto dure casi 200 páginas, el guionista estira groseramente con las ya mencionadas peripecias. Así es como la trama se escurre entre un montón de escenas “fuertes” en las que Joe y sus amigos (del mundo ficticio, porque en el real tiene menos amigos que Golgo 13) se enfrentan a villanos terribles, a ejércitos enteros, a piratas, a criaturas abisales, a inundaciones, caídas tremendas, explosiones... y de todo escapan virtualmente ilesos, a pesar de que Joe supuestamente se está muriendo por la falta de glucosa.
Tanto es el énfasis que le pone Morrison a la aventura a todo o nada en el mundo fantástico, que durante largos segmentos se olvida del mundo real, y el paralelismo entre realidad y alucinación (a priori muy rico para trazar un juego de espejos) queda tristemente desaprovechado. La machaca y la acción están buenas, pero se nota demasiado que todo hubiera funcionado mucho mejor en menos páginas, con una trama que fuera más al grano, que no permitiera que el conflicto se diluya tanto como se diluyó en esta obra. No te digo que daba para un unitario de 14 páginas de la Skorpio (aunque me la re-iimagino dibujada por Lito Fernández), ni para 10 paginitas en una antología de Vertigo. Pero ni a palos daba para ocho episodios de 22 páginas.
¿Por qué creo yo que Joe the Barbarian cosechó buenas críticas y hasta nominaciones a premios importantes? Por el dibujo de Sean Murphy. Si tenés un ratito, hacé click en la etiqueta de este autor y fijate qué elogios se llevó las veces anteriores en que me tocó reseñar obras suyas. ¿Ya está? Bueno, todo eso es una miseria, una palmadita en la espalda tenue, sin demasiado énfasis, comparado con lo que merece Murphy por su labor en este comic. Pocas veces vi a un dibujante tan comprometido con una historia, tan dispuesto a hacer todos los sacrificios del mundo con tal de que esta no naufrague. Acá, como nunca antes, Murphy deja la vida. La narrativa es perfecta, los fondos son fastuosos, los personajes son alucinantes, los efectos de iluminación, la aplicación de las tramas mecánicas, la integración de la referencia fotográfica, las expresiones faciales (incluso en las caras de bichos y criaturas totalmente atípicas), el lenguaje corporal... todo es increíble. Murphy trabaja pensando en blanco y negro (como su ídolo Jorge Zaffino, cuya influencia combina con la del mejor Chris Bachalo, Andy Kubert y –en algunos detallitos- Enrique Breccia) y se manda unas composiciones hipnóticas basadas en un claroscuro intenso, equilibradísimo. No debe ser fácil colorear estas páginas, pero claro, acá tenemos al maestro Dave Stewart, que no falla jamás y se encarga de potenciar aún más la belleza, la complejidad y la espectacularidad del dibujo de Murphy.
Seguramente este es un libro que entra, que fascina, que cautiva, desde lo visual. Cuando lo hojeas, te volvés loco. Y cuando lo leés, no te digo que puteás o que te aburrís, pero se nota demasiado la estirada, el hecho de que casi nada de lo que sucede es determinante para que la trama llegue a buen puerto. Joe the Barbarian tiene buenas ideas, personajes queribles y un dibujo de la hiper-concha de Dios. Aún así, como producto global, como obra integral, no arrima ni por asomo al podio de los trabajos más memorables de Grant Morrison. Sí lo pongo como pico insuperable en la carrera de Sean Murphy, que con este laburo se terminó de recontra-consagrar como un Número Uno indiscutido.
El planteo de Grant Morrison es interesante: un pibe medio loser, medio solitario, que sufre diabetes, se descompensa por falta de glucosa y empieza a alucinar jodido, de modo que lo que en realidad es una recorrida por su casa, él lo vive como una odisea fantástica, en un mundo paralelo donde se convierte en un valiente guerrero. Hasta ahí, todo muy lindo. Ahora, ¿se puede sostener el interés del lector durante casi 200 páginas con esa consigna? Mi respuesta es No.
Como siempre, a Morrison le sobran ideas para que ese mundo alterantivo sea fascinante, con razas, culturas e historias muy atractivas, e incluso con una geografía extraña, que se presta muy bien para convertirse en escenario de peligrosas peripecias que nuestros héroes deberán sortear. También hay un muy buen trabajo en la caracterización de Joe, el chico protagonista, al que uno rápidamente siente que conoce desde siempre, y con el que es casi imposible no encariñarse. Pero nada de esto nos logra distraer de lo más obvio: para que esto dure casi 200 páginas, el guionista estira groseramente con las ya mencionadas peripecias. Así es como la trama se escurre entre un montón de escenas “fuertes” en las que Joe y sus amigos (del mundo ficticio, porque en el real tiene menos amigos que Golgo 13) se enfrentan a villanos terribles, a ejércitos enteros, a piratas, a criaturas abisales, a inundaciones, caídas tremendas, explosiones... y de todo escapan virtualmente ilesos, a pesar de que Joe supuestamente se está muriendo por la falta de glucosa.
Tanto es el énfasis que le pone Morrison a la aventura a todo o nada en el mundo fantástico, que durante largos segmentos se olvida del mundo real, y el paralelismo entre realidad y alucinación (a priori muy rico para trazar un juego de espejos) queda tristemente desaprovechado. La machaca y la acción están buenas, pero se nota demasiado que todo hubiera funcionado mucho mejor en menos páginas, con una trama que fuera más al grano, que no permitiera que el conflicto se diluya tanto como se diluyó en esta obra. No te digo que daba para un unitario de 14 páginas de la Skorpio (aunque me la re-iimagino dibujada por Lito Fernández), ni para 10 paginitas en una antología de Vertigo. Pero ni a palos daba para ocho episodios de 22 páginas.
¿Por qué creo yo que Joe the Barbarian cosechó buenas críticas y hasta nominaciones a premios importantes? Por el dibujo de Sean Murphy. Si tenés un ratito, hacé click en la etiqueta de este autor y fijate qué elogios se llevó las veces anteriores en que me tocó reseñar obras suyas. ¿Ya está? Bueno, todo eso es una miseria, una palmadita en la espalda tenue, sin demasiado énfasis, comparado con lo que merece Murphy por su labor en este comic. Pocas veces vi a un dibujante tan comprometido con una historia, tan dispuesto a hacer todos los sacrificios del mundo con tal de que esta no naufrague. Acá, como nunca antes, Murphy deja la vida. La narrativa es perfecta, los fondos son fastuosos, los personajes son alucinantes, los efectos de iluminación, la aplicación de las tramas mecánicas, la integración de la referencia fotográfica, las expresiones faciales (incluso en las caras de bichos y criaturas totalmente atípicas), el lenguaje corporal... todo es increíble. Murphy trabaja pensando en blanco y negro (como su ídolo Jorge Zaffino, cuya influencia combina con la del mejor Chris Bachalo, Andy Kubert y –en algunos detallitos- Enrique Breccia) y se manda unas composiciones hipnóticas basadas en un claroscuro intenso, equilibradísimo. No debe ser fácil colorear estas páginas, pero claro, acá tenemos al maestro Dave Stewart, que no falla jamás y se encarga de potenciar aún más la belleza, la complejidad y la espectacularidad del dibujo de Murphy.
Seguramente este es un libro que entra, que fascina, que cautiva, desde lo visual. Cuando lo hojeas, te volvés loco. Y cuando lo leés, no te digo que puteás o que te aburrís, pero se nota demasiado la estirada, el hecho de que casi nada de lo que sucede es determinante para que la trama llegue a buen puerto. Joe the Barbarian tiene buenas ideas, personajes queribles y un dibujo de la hiper-concha de Dios. Aún así, como producto global, como obra integral, no arrima ni por asomo al podio de los trabajos más memorables de Grant Morrison. Sí lo pongo como pico insuperable en la carrera de Sean Murphy, que con este laburo se terminó de recontra-consagrar como un Número Uno indiscutido.
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lunes, 24 de febrero de 2014
24/ 02: OMETEPE
¿Qué mierda hago leyendo en francés un comic de Luciano Saracino con un dibujante español? Me siento un deforme del orto. Por lo menos me queda la tranquilidad de que esto está editado en España, por Astiberri, o sea que el que lo quiera leer en el idioma en que fue escrito, puede hacerlo.
El libro reúne seis historias cortas (ninguna llega a las 20 páginas) ambientadas en Ometepe, una isla que está situada en medio de un gran lago de Nicaragua. Saracino nos presenta a Ometepe como una tierra fantástica, donde las historias cobran vida, donde gobierna la imaginación, así que me sorprendió descubrir que la isla existe en la realidad. Enseguida me convencí de que era un invento del guionista. Lo más parecido a un protagonista es un muchacho pelirrojo, al que los nativos apodan “Gringo Dingo”, y que es el hilo conductor de las dos historias más largas: la primera y la última. No sabemos mucho acerca de él, pero está claro que es un pibe soñador, enamoradizo, con bastante labia y mucha facilidad para imaginar historias. Una especie de alter ego de Saracino, aventuro yo, al que el autor no se calienta demasiado por desarrollar, porque prefiere usarlo para hacer avanzar historias compactas, en las que hay poco margen para el chamuyo. Repasemos uno a uno los seis relatos.
La primera historia sirve para ponernos en clima. Son nueve páginas con muy poco texto, en las que Saracino deja que el dibujo se haga cargo de llevar adelante una narración tranqui, mucho más de contemplación que de acción. Los escasos diálogos nos advierten que acá puede pasar cualquier cosa y que casi nada es lo que parece. La segunda historia es una remake de una que había aparecido hace... tres años, creo, tanto en La Murciélaga como en Comiqueando. En ambos casos el guión es el mismo y está desarrollado en la misma cantidad de páginas, sólo que cambia el armado de las páginas, la cantidad de viñetas y sobre todo el tratamiento del grafismo y del color. El guión es hermoso y muy redondito.
La tercera tiene un sutil filo malalechístico y tiene que ver con cierto clima de superstición y de oscurantismo que reina en la isla. También es un relato muy redondo, con un cierre perfecto. Lo mejor es que primero nos comemos el amague de que la protagonista va a ser Rebeca, después que va a ser Chico Largo, y finalmente no es ninguno de los dos. La cuarta es una explicación fantástica para algunas de las cosas que suceden en la isla, en la que Saracino despliega mucho vuelo y mucha imaginación, y me hizo acordar a los mejores momentos de Varua Rapa Nui, ese gran comic chileno del que pronto voy a leer el Vol.2. También en la sintonía de explicar el origen de Ometepe y su extraña geografía, la quinta es decididamente poética, aunque arranca para el lado de la epopeya, del mito.
Y en la sexta tenemos lo más parecido a un conflicto, a un cruce medio áspero, entre “Gringo Dingo” y Chico Largo, dos hombres fascinados por la belleza de una misma mujer. Claro que uno juega de local y tiene poderes místicos y el otro es un pichi que sólo sabe urdir historias y citar poetas. Uno intuye casi siempre cómo se puede resolver la trama, lo cual no le quita atractivo ni belleza.
El promedio de los guiones es muy alto pero, una vez más, a Saracino le falló el dibujante. Esta vez el elegido fue el español Javier De Isusi, que sin ser un desastre, no está al nivel de los guiones que entregó nuestro compatriota. La narrativa está buenísima y el tratamiento del color, con esas acuarelas que recuerdan todo el tiempo a Gipi y a Hugo Pratt, es alucinante. Donde le falta bastante a De Isusi es en el dibujo en sí, que se ve apresurado, desprolijo, no muy distinto al de muchos dibujantes del “palo indie” francés, que por subirse al carro de Joann Sfar han publicado verdaderos mamarrachos. Al dibujo de De Isusi le sobra expresividad, pero le falta solidez, una solidez que sí tenía en la primera versión de Flores en el Vientre, en la que se jugaba a un claroscuro fuerte, vibrante. Acá, nada que ver. La línea tiembla todo el tiempo y el color se esfuerza por salvarla, pero no lo logra.
Ojalá que la próxima obra de Saracino para el mercado europeo tenga esta misma calidad en los guiones y cuente con la complicidad de un dibujante un poco mejor. Estamos hablando de un guionista que colabora habitualmente con nombres de la talla de Quique Alcatena, Dante Ginevra y Gerardo Baró (entre otros) así que no es para nada improbable dar ese saltito cualitativo que le permita a Saracino aspirar a su obra maestra.
El libro reúne seis historias cortas (ninguna llega a las 20 páginas) ambientadas en Ometepe, una isla que está situada en medio de un gran lago de Nicaragua. Saracino nos presenta a Ometepe como una tierra fantástica, donde las historias cobran vida, donde gobierna la imaginación, así que me sorprendió descubrir que la isla existe en la realidad. Enseguida me convencí de que era un invento del guionista. Lo más parecido a un protagonista es un muchacho pelirrojo, al que los nativos apodan “Gringo Dingo”, y que es el hilo conductor de las dos historias más largas: la primera y la última. No sabemos mucho acerca de él, pero está claro que es un pibe soñador, enamoradizo, con bastante labia y mucha facilidad para imaginar historias. Una especie de alter ego de Saracino, aventuro yo, al que el autor no se calienta demasiado por desarrollar, porque prefiere usarlo para hacer avanzar historias compactas, en las que hay poco margen para el chamuyo. Repasemos uno a uno los seis relatos.
La primera historia sirve para ponernos en clima. Son nueve páginas con muy poco texto, en las que Saracino deja que el dibujo se haga cargo de llevar adelante una narración tranqui, mucho más de contemplación que de acción. Los escasos diálogos nos advierten que acá puede pasar cualquier cosa y que casi nada es lo que parece. La segunda historia es una remake de una que había aparecido hace... tres años, creo, tanto en La Murciélaga como en Comiqueando. En ambos casos el guión es el mismo y está desarrollado en la misma cantidad de páginas, sólo que cambia el armado de las páginas, la cantidad de viñetas y sobre todo el tratamiento del grafismo y del color. El guión es hermoso y muy redondito.
La tercera tiene un sutil filo malalechístico y tiene que ver con cierto clima de superstición y de oscurantismo que reina en la isla. También es un relato muy redondo, con un cierre perfecto. Lo mejor es que primero nos comemos el amague de que la protagonista va a ser Rebeca, después que va a ser Chico Largo, y finalmente no es ninguno de los dos. La cuarta es una explicación fantástica para algunas de las cosas que suceden en la isla, en la que Saracino despliega mucho vuelo y mucha imaginación, y me hizo acordar a los mejores momentos de Varua Rapa Nui, ese gran comic chileno del que pronto voy a leer el Vol.2. También en la sintonía de explicar el origen de Ometepe y su extraña geografía, la quinta es decididamente poética, aunque arranca para el lado de la epopeya, del mito.
Y en la sexta tenemos lo más parecido a un conflicto, a un cruce medio áspero, entre “Gringo Dingo” y Chico Largo, dos hombres fascinados por la belleza de una misma mujer. Claro que uno juega de local y tiene poderes místicos y el otro es un pichi que sólo sabe urdir historias y citar poetas. Uno intuye casi siempre cómo se puede resolver la trama, lo cual no le quita atractivo ni belleza.
El promedio de los guiones es muy alto pero, una vez más, a Saracino le falló el dibujante. Esta vez el elegido fue el español Javier De Isusi, que sin ser un desastre, no está al nivel de los guiones que entregó nuestro compatriota. La narrativa está buenísima y el tratamiento del color, con esas acuarelas que recuerdan todo el tiempo a Gipi y a Hugo Pratt, es alucinante. Donde le falta bastante a De Isusi es en el dibujo en sí, que se ve apresurado, desprolijo, no muy distinto al de muchos dibujantes del “palo indie” francés, que por subirse al carro de Joann Sfar han publicado verdaderos mamarrachos. Al dibujo de De Isusi le sobra expresividad, pero le falta solidez, una solidez que sí tenía en la primera versión de Flores en el Vientre, en la que se jugaba a un claroscuro fuerte, vibrante. Acá, nada que ver. La línea tiembla todo el tiempo y el color se esfuerza por salvarla, pero no lo logra.
Ojalá que la próxima obra de Saracino para el mercado europeo tenga esta misma calidad en los guiones y cuente con la complicidad de un dibujante un poco mejor. Estamos hablando de un guionista que colabora habitualmente con nombres de la talla de Quique Alcatena, Dante Ginevra y Gerardo Baró (entre otros) así que no es para nada improbable dar ese saltito cualitativo que le permita a Saracino aspirar a su obra maestra.
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Javier De Isusi,
Luciano Saracino,
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