Una vez más me toca adentrarme en esta voluminosa antología, con una novedad interesante: el coordinador invitado para esta edición es el maestro Jeff Smith. La mano de Smith se nota mucho en la selección, principalmente en la ausencia de los “números puestos” del palo Indie. No están los Hermanos Hernández, ni Charles Burns, ni Jim Woodring, ni Daniel Clowes, ni Chris Ware, ni ninguno de los que parecieran tener alquilado un espacio en esta antología anual. Veamos qué eligió el creador de Bone para este tomo, en el que llama la atención el amplio porcentaje ocupado por autoras de sexo femenino.
Dos de ellas, Alison Bechdel y Faith Erin Hicks, participan con fragmentos de novelas gráficas ya reseñadas en el blog, así que no vamos a ahondar en eso. Sophie Goldstein me sorprendió con una historia corta muy rara, dibujada en un estilo muy interesante, de algún modo similar al de los trabajos de los ´90 de James Kochalka. Coleen Doran, ya veterana, aporta un segmento de su novela gráfica Gone to Amerikay, escrita por Derek McCullouch, que me dejó con ganas de leer más, sobre todo por el dibujo, que es majestuoso. Otra grossa con mucha trayectoria encima, Jill Thompson, aporta una historia corta de los Beasts of Burden, la serie que (de vez en cuando) dibuja para Dark Horse, con guiones del gran Evan Dorkin. La historia no es genial, pero el dibujo la recontra-rompe. Leela Corman también ofrece un fragmento de una obra más extensa, pero la verdad que no me pude enganchar con el relato por lo flojo que me pareció el dibujo.
Una gratísima sorpresa fue Eleanor Davis, que aporta una excelente historia corta, muy original y muy bien dibujada. Lo mismo se aplica a otra joven revelación, Laura Park, esta con un estilo más cercano al de Seth, con unas aguadas muy lindas y un perfecto manejo de la narrativa. Kate Beaton, a esta altura una habitué de esta antología, dibuja muy, muy bien, pero lo que tiene para contar peca de simplón y de intrascendente. Jennifer Hayden juega, en apenas dos paginitas, a contar una breve anécdota autobiográfica, y a dibujar en un estilo casi clonado el de Joann Sfar. Nada del otro mundo, realmente. Gabrielle Bell, otra que juega de local en este seleccionado, sigue en busca de su estilo y esta vez, si bien opta por un dibujo más crudo, más “desangelado”, se luce con un guión cautivante y un gran manejo del tiempo narrativo. Y cierro la “rama femenina” con Vanessa Davis, exquisita dibujante de una línea afín a la de Richard Sala, cuya historieta queda sepultada por la grosera cantidad de texto que mete en cada viñeta, encima con una caligrafía para nada atractiva. Una pena.
¿Y los varones, qué onda? El cada vez más grosso Brandon Graham se luce con una historia corta que entra al podio de lo mejor del libro. Otra que me pareció maravillosa es la historia corta de Jesse Jacobs, a quien no conocía. Flashero y genial, quiero más obras suyas. Sam Alden, gran dibujante, gran colorista, gran planificador de secuencias mudas, fue otro descubrimiento sumamente placentero. Michael DeForge… mmmmno, seguí participando. No lo rotulo como choto, pero no me gustó. Un autor al que es obvio que Smith venera es Craig Thompson. Por eso acá hay un extracto de Habibi, la voluminosa novela gráfica del creador de Blankets. El dibujo es perfecto, la narrativa es brillante y el guión tiene más onda de la que yo imaginaba. Así que del “me interesa hasta por ahí nomás”, Habibi pasó a la lista de los comics que quiero ya. ¿Tiras autobiográficas de James Kochalka? Nah, no me jodan. Ya me fumé varias en tomos anteriores. Me causa gracia una de cada seis.
Jorge Aguirre y Rafael Rosado aportan un fragmento de una obra larga, también muy afín al palo de Bone. Muy lindo. Sammy Harkman narra muy bien, pero la historia no es gran cosa y el dibujo… zafa. Grant Snider aporta cuatro chistes de una página, muy ingeniosos. Le veo futuro. Muy notable también lo de Tony Puryear, que muestra el primer episodio de una obra larga, Concrete Park, que me interesa leer completa. Lo de Malachi Ward es casi un chiste largo, pero acierta en la narrativa, en el tono y en el dibujo. Me gustó. Derf Backderf es un dibujante extraño, con una impronta under muy fuerte. Pero narra bien y la historia (también un cachito de algo mayor) me resultó muy interesante. Terry Moore, recordado creador de Strangers in Paradise, también aporta un fragmento de una serie, centrada en un misterio sobrenatural, con muy buenos dibujos. El maestro Evan Dorkin la rompe con sus tiras cómicas y te deja pidiendo más. Michael Kupperman opta por una de terror bizarro, bastante en joda, que no me convenció demasiado. Jeremy Sorese (a quien no conocía) dibuja como los dioses una excelente historia autobiográfica centrada en el matrimonio igualitario. La de Joseph Lambert tiene un tema original y muchos hallazgos en la narrativa, pero me la bajó bastante el dibujo. Y cerramos con el genial Paul Pope, en vibrante blanco y negro, y usando documentación histórica por primera vez en su carrera (creo) para contar una historia real, ambientada en la luna en 1969.
En síntesis, una selección rara, para “romper los boletos”, con varias revelaciones impactantes y con fragmentos de muchas novelas gráficas atractivas, como para que quede claro que por ahí es donde pasa hoy la movida del buen comic de autor.
martes, 8 de julio de 2014
lunes, 7 de julio de 2014
07/ 07: 3 SEGUNDOS
Vuelvo a encon-
trarme con el maestro Marc-Antoine Mathieu, quien un lejano 14/07/10 me apabullara con esa cátedra inolvidable de historieta llamada Dieu en Personne.
Después de haber experimentado con éxito desde la temática, Mathieu vuelve a la cancha en la que juega de local, que es la de la experimentación formal. 3 Segundos es una historieta muda, desarrollada a lo largo de 67 páginas, todas divididas en nueve viñetas de igual tamaño. La acción que narra Mathieu transcurre en el lapso de tres segundos, es decir, no sucede prácticamente nada. La historieta es, básicamente, un truco de óptica. La gracia es seguir a la luz, que va rebotando por 33 superficies espejadas. Cada una de estas superficies refleja algo distinto, y son todas cosas que suceden en esos mismos tres segundos.
Lo más loco es que, con esos fragmentos que nos muestran cada una de las superficies espejadas, se puede construir un argumento. En serio, no estoy borracho ni drogado. Hay un argumento que tiene que ver con la corrupción en el futbol, con un tongo para arreglar el resultado de un partido, hay alguien dispuesto a denunciar esa runfla, y ese conflicto se va a resolver por las malas en esos tres segundos clave que Mathieu nos invita a ver desde distintas ópticas.
Pero lo más importante es el ejercicio formal, los malabares que hace el autor para hilvanar todas estas secuencias sin meter un solo corte. Es todo una sola escena, en la que nuestra mirada se desplaza de una punta a otra de la ciudad (incluso del sistema solar) a través del efecto del zoom, de ver cada vez más de cerca cosas que al principio son imperceptibles a nuestro ojo, pero que siempre estuvieron ahí. Me imagino la planificación que le debe haber requerido esta obra a Mathieu y me da un ACV. Después, ese esfuerzo se habrá visto compensado por el hecho de estas 67 páginas requieren pocos dibujos. El propio efecto del zoom permite mostrar cada vez más grandes los detalles de un dibujo que se realiza una sola vez. Y claro, en cada detalle Mathieu deja la vida, porque sabe que eso que en una viñeta es microscópico (un aro en la oreja de una mina, por ejemplo), ocho o nueve viñetas después va a ser enorme, y va a servir para reflejar otra imagen que luego será observada a fondo, hasta el menor detalle, en el siguiente zoom de la “cámara”. Un disparate, realmente genial.
Por si faltara algo, en el sitio web de la editorial Sins Entido se puede ver el comic completo en la pantalla, como si fuera un corto animado, aprovechando el hecho de que se trata de una secuencia que nunca se interrumpe y que se desarrolla en un montón de cuadros de idéntico tamaño (como la pantalla).
No quiero contar más, porque está bueno leer y releer el libro (al no tener textos, se hace rápido) para encontrar las piezas de este rompecabezas y armar la trama que moviliza a estos mínimos sucesos. Me resta sacarme el sombrero una vez más ante la genialidad de Marc-Antoine Mathieu, que vuelve a sorprender con una idea rarísima y una ejecución perfecta, pensadas para correr una vez más los límites de lo que se puede o no hacer en este medio que tanto nos gusta. No me parece que 3 Segundos sea tan imprescindible como Dieu en Personne, pero como experimento, como bizarreada, como rareza rupturista, es glorioso.
trarme con el maestro Marc-Antoine Mathieu, quien un lejano 14/07/10 me apabullara con esa cátedra inolvidable de historieta llamada Dieu en Personne.
Después de haber experimentado con éxito desde la temática, Mathieu vuelve a la cancha en la que juega de local, que es la de la experimentación formal. 3 Segundos es una historieta muda, desarrollada a lo largo de 67 páginas, todas divididas en nueve viñetas de igual tamaño. La acción que narra Mathieu transcurre en el lapso de tres segundos, es decir, no sucede prácticamente nada. La historieta es, básicamente, un truco de óptica. La gracia es seguir a la luz, que va rebotando por 33 superficies espejadas. Cada una de estas superficies refleja algo distinto, y son todas cosas que suceden en esos mismos tres segundos.
Lo más loco es que, con esos fragmentos que nos muestran cada una de las superficies espejadas, se puede construir un argumento. En serio, no estoy borracho ni drogado. Hay un argumento que tiene que ver con la corrupción en el futbol, con un tongo para arreglar el resultado de un partido, hay alguien dispuesto a denunciar esa runfla, y ese conflicto se va a resolver por las malas en esos tres segundos clave que Mathieu nos invita a ver desde distintas ópticas.
Pero lo más importante es el ejercicio formal, los malabares que hace el autor para hilvanar todas estas secuencias sin meter un solo corte. Es todo una sola escena, en la que nuestra mirada se desplaza de una punta a otra de la ciudad (incluso del sistema solar) a través del efecto del zoom, de ver cada vez más de cerca cosas que al principio son imperceptibles a nuestro ojo, pero que siempre estuvieron ahí. Me imagino la planificación que le debe haber requerido esta obra a Mathieu y me da un ACV. Después, ese esfuerzo se habrá visto compensado por el hecho de estas 67 páginas requieren pocos dibujos. El propio efecto del zoom permite mostrar cada vez más grandes los detalles de un dibujo que se realiza una sola vez. Y claro, en cada detalle Mathieu deja la vida, porque sabe que eso que en una viñeta es microscópico (un aro en la oreja de una mina, por ejemplo), ocho o nueve viñetas después va a ser enorme, y va a servir para reflejar otra imagen que luego será observada a fondo, hasta el menor detalle, en el siguiente zoom de la “cámara”. Un disparate, realmente genial.
Por si faltara algo, en el sitio web de la editorial Sins Entido se puede ver el comic completo en la pantalla, como si fuera un corto animado, aprovechando el hecho de que se trata de una secuencia que nunca se interrumpe y que se desarrolla en un montón de cuadros de idéntico tamaño (como la pantalla).
No quiero contar más, porque está bueno leer y releer el libro (al no tener textos, se hace rápido) para encontrar las piezas de este rompecabezas y armar la trama que moviliza a estos mínimos sucesos. Me resta sacarme el sombrero una vez más ante la genialidad de Marc-Antoine Mathieu, que vuelve a sorprender con una idea rarísima y una ejecución perfecta, pensadas para correr una vez más los límites de lo que se puede o no hacer en este medio que tanto nos gusta. No me parece que 3 Segundos sea tan imprescindible como Dieu en Personne, pero como experimento, como bizarreada, como rareza rupturista, es glorioso.
domingo, 6 de julio de 2014
06/ 07: PUNK ROCK JESUS
En la primera mitad del año, el material de Vertigo casi brilló por su ausencia en este blog y eso es algo que seguramente se va a revertir en esta segunda mitad. Después de cuatro meses sin tocar un libro del sello adulto de DC, hoy me toca comentar este voluminoso tomo en el que Sean Murphy vuelve a explotar como artista integral, a años luz de su primer laburo “solista” (que vimos el 26/09/12).
Punk Rock Jesus es una historieta jugada, intensa, sostenida en un ritmo muy atrapante y en una premisa terriblemente ganchera: un clon de Jesucristo creado y manipulado por una cadena de televisión para convertirse en la estrella del reality show más impactante de todos los tiempos. Se supone que Cristo fue envuelto en el Sudario de Turín y que parte de su ADN puede encontrarse en ese manto, aún 2000 años después. Con un abultado presupuesto y una Premio Nobel de Genética, ¿qué nos impide tener un nuevo Cristo? Con esa consigna, el magnate mediático Rick Slate pone en marcha J2, el programa de TV que le mostrará al mundo nada menos que el regreso de Cristo, desde que se gesta en el vientre de una chica virgen hasta que… el rating no acompañe.
Resuelto el tema de la gestación, ¿cómo criás a un nene que es un clon de Jesucristo? ¿Qué educación le das? ¿Cómo lo protegés? Todas estas preguntas son las que va a responder Murphy a lo largo del libro, algunas muy en profundidad, otras de modo más superficial. Rápidamente el autor va a ir descorriendo los velos de la mentira mediática y a ubicar a Slate en el rol del villano, de un hijo de puta inescrupuloso y manipulador, que hace lo que se le canta con el experimento científico de la Dra. Epstein, con la pobre Gwen (la chica que da a luz al bebé clonado) y obviamente con Chris, que es como bautizan al supuesto nuevo mesías. En el medio, los fanáticos religiosos, los noticieros, los auspiciantes… un gigantesco kilombo que Slate pilotea con cintura para su propio beneficio, hasta que las cosas se le empiezan a ir de las manos. Para cuando Chris cumple 14, su enfrentamiento con Slate es total, y además se hace punk… y ateo. Imaginate al hijo de Dios, lógicamente convertido en la persona más famosa del mundo, cantando en una banda punk letras que hablan de que la religión es opresiva, falsa y sólo sirve para justificar genocidios.
Quieras o no, cuando explorás en serio estos temas, te metés en un berenjenal. Murphy junta huevos para salir bastante bien parado de la ordalía, pero claro, resuelve de un modo un poquito trivial algunos asuntos. Me encantó este comic, que no se malinterprete. Me tuvo muy intrigado y muy cebado hasta el final. Pero no me termina de cerrar tanto énfasis en la violencia, en los combates de buenos contra malos. Eso le resta verosimilitud y realismo a una historia MUY interesante. El personaje que encarna esa faceta más aventurera, más de blockbuster hollywoodense, es Thomas McKael. Murphy labura A FONDO a este personaje, su background, sus motivaciones, todo está pensado y explicado minuciosamente y a lo largo de la obra vemos evolucionar a McKael casi más que al propio Chris. Re-daba para una novela gráfica independiente de esta, centrada en la historia del enorme y trágico McKael. Y al integrarlo a esta, el afán por darle protagonismo a McKael lleva a Murphy a enfatizar demasiado la arista de la machaca, las persecuciones, tiros, peleas y demás, en detrimento de una mayor profundidad en los debates acerca de la religión, la clonación y la manipulación mediática de la vida de la gente. Lo positivo, repito, es el increíble trabajo de caracterización que hace el autor con este personaje, que desplaza a un muy tercer plano a Tim, otro personaje que al principio pintaba para importante (y tiraba diálogos afiladísimos) y luego se empieza a desdibujar.
Y hablando de dibujar, lo que hace Sean Murphy en esta obra es, una vez más, devastador. Otra vez un trabajo de este artista supera ampliamente a todo lo que le habíamos visto hasta la fecha y sube el listón un poco más. ¿Hasta dónde va a llegar Murphy? No tengo idea, pero esto es glorioso. La gran diferencia, el gran salto cualitativo respecto de lo anterior, pasa por la decisión de presentar toda la obra en blanco, negro y grises aplicados con tramas en el photoshop. El resultado es formidable y nos muestra a un Murphy sin límites, con cosas de los autores más comerciales (Andy Kubert o Chris Bachalo), con expresiones faciales dignas de Kyle Baker y esos rostros adustos, duros, resueltos con pinceladas a la Denys Cowan o Jorge Zaffino. Si comprás comics para alucinar con los dibujos, sumá a Punk Rock Jesus a la lista de los imprescindibles.
Y bueno, si bien no estoy de acuerdo con todas las decisiones que toma el autor a lo largo de la novela, me encanta, me fascina que existan historietas así, que aborden estos temas con este coraje. Punk Rock Jesus está pensada para hacerte pensar y eso sólo alcanza para elevarla por encima de la media. Además tiene fuerza, ritmo, grandes ideas, gran desarrollo de personajes y unos dibujos sublimes, realizados por Sean Murphy con la verdadera mano de Dios. Recemos todas las noches para que Vertigo vuelva a apostar por merca de este nivel.
Punk Rock Jesus es una historieta jugada, intensa, sostenida en un ritmo muy atrapante y en una premisa terriblemente ganchera: un clon de Jesucristo creado y manipulado por una cadena de televisión para convertirse en la estrella del reality show más impactante de todos los tiempos. Se supone que Cristo fue envuelto en el Sudario de Turín y que parte de su ADN puede encontrarse en ese manto, aún 2000 años después. Con un abultado presupuesto y una Premio Nobel de Genética, ¿qué nos impide tener un nuevo Cristo? Con esa consigna, el magnate mediático Rick Slate pone en marcha J2, el programa de TV que le mostrará al mundo nada menos que el regreso de Cristo, desde que se gesta en el vientre de una chica virgen hasta que… el rating no acompañe.
Resuelto el tema de la gestación, ¿cómo criás a un nene que es un clon de Jesucristo? ¿Qué educación le das? ¿Cómo lo protegés? Todas estas preguntas son las que va a responder Murphy a lo largo del libro, algunas muy en profundidad, otras de modo más superficial. Rápidamente el autor va a ir descorriendo los velos de la mentira mediática y a ubicar a Slate en el rol del villano, de un hijo de puta inescrupuloso y manipulador, que hace lo que se le canta con el experimento científico de la Dra. Epstein, con la pobre Gwen (la chica que da a luz al bebé clonado) y obviamente con Chris, que es como bautizan al supuesto nuevo mesías. En el medio, los fanáticos religiosos, los noticieros, los auspiciantes… un gigantesco kilombo que Slate pilotea con cintura para su propio beneficio, hasta que las cosas se le empiezan a ir de las manos. Para cuando Chris cumple 14, su enfrentamiento con Slate es total, y además se hace punk… y ateo. Imaginate al hijo de Dios, lógicamente convertido en la persona más famosa del mundo, cantando en una banda punk letras que hablan de que la religión es opresiva, falsa y sólo sirve para justificar genocidios.
Quieras o no, cuando explorás en serio estos temas, te metés en un berenjenal. Murphy junta huevos para salir bastante bien parado de la ordalía, pero claro, resuelve de un modo un poquito trivial algunos asuntos. Me encantó este comic, que no se malinterprete. Me tuvo muy intrigado y muy cebado hasta el final. Pero no me termina de cerrar tanto énfasis en la violencia, en los combates de buenos contra malos. Eso le resta verosimilitud y realismo a una historia MUY interesante. El personaje que encarna esa faceta más aventurera, más de blockbuster hollywoodense, es Thomas McKael. Murphy labura A FONDO a este personaje, su background, sus motivaciones, todo está pensado y explicado minuciosamente y a lo largo de la obra vemos evolucionar a McKael casi más que al propio Chris. Re-daba para una novela gráfica independiente de esta, centrada en la historia del enorme y trágico McKael. Y al integrarlo a esta, el afán por darle protagonismo a McKael lleva a Murphy a enfatizar demasiado la arista de la machaca, las persecuciones, tiros, peleas y demás, en detrimento de una mayor profundidad en los debates acerca de la religión, la clonación y la manipulación mediática de la vida de la gente. Lo positivo, repito, es el increíble trabajo de caracterización que hace el autor con este personaje, que desplaza a un muy tercer plano a Tim, otro personaje que al principio pintaba para importante (y tiraba diálogos afiladísimos) y luego se empieza a desdibujar.
Y hablando de dibujar, lo que hace Sean Murphy en esta obra es, una vez más, devastador. Otra vez un trabajo de este artista supera ampliamente a todo lo que le habíamos visto hasta la fecha y sube el listón un poco más. ¿Hasta dónde va a llegar Murphy? No tengo idea, pero esto es glorioso. La gran diferencia, el gran salto cualitativo respecto de lo anterior, pasa por la decisión de presentar toda la obra en blanco, negro y grises aplicados con tramas en el photoshop. El resultado es formidable y nos muestra a un Murphy sin límites, con cosas de los autores más comerciales (Andy Kubert o Chris Bachalo), con expresiones faciales dignas de Kyle Baker y esos rostros adustos, duros, resueltos con pinceladas a la Denys Cowan o Jorge Zaffino. Si comprás comics para alucinar con los dibujos, sumá a Punk Rock Jesus a la lista de los imprescindibles.
Y bueno, si bien no estoy de acuerdo con todas las decisiones que toma el autor a lo largo de la novela, me encanta, me fascina que existan historietas así, que aborden estos temas con este coraje. Punk Rock Jesus está pensada para hacerte pensar y eso sólo alcanza para elevarla por encima de la media. Además tiene fuerza, ritmo, grandes ideas, gran desarrollo de personajes y unos dibujos sublimes, realizados por Sean Murphy con la verdadera mano de Dios. Recemos todas las noches para que Vertigo vuelva a apostar por merca de este nivel.
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sábado, 5 de julio de 2014
05/ 07: LUCHA PELUCHE Vol.2
Segundo recopilatorio de la que –en un mundo más justo- merecería pasar a la historia como una de las mejores tiras diarias de todos los tiempos. Duró poco, es cierto, porque el diario Crítica no llegó a cumplir ni tres años. Pero Lucha Peluche brilló con un fulgor incandescente, muy difícil de repetir y muy hermoso de redescubrir en estos libritos que edita (muy espaciadamente y con tiradas muy bajas) De la Flor.
Recomiendo repasar la ya ancestral reseña del Vol.1 (publicada el 14/05/10) para no tener que repetir de qué se trata y cómo está estructurada Lucha Peluche. Fiel a la dinámica de este tipo de tiras “de universo”, el Niño Rodríguez incorpora permanentemente nuevos personajes, que disparan nueva situaciones. En este tomo se lucen el astronauta Houston, la Nena Pelada, el telemarketer y el que más gracia me causó: Bipo, el payaso bipolar. Subrayo lo de la gracia: este libro me hizo reir mucho, pero mucho. Y a carcajadas. La tira de Betina en el arco argumental del McMickey´s, por ejemplo, me hizo doler las mandíbulas de la risa. Es la combinación perfecta entre ingenio, sátira y transgresión. La verdad es que son tantas las tiras geniales, las que me arrancaron risas memorables, que si las enumero la reseña dura hasta el miércoles.
También hay tiras menos graciosas, y tiras que no buscan la risa sino que nos invitan a la reflexión, como en todas las buenas daily strips. Pero el combo, las 180 tiras juntas, leídas de un saque, te dejan la sensación de haberte cagado de risa como pocas veces. Lo mejor que tiene el Niño Rodríguez (además del dibujo, que es increíble, y del que ya hablé maravillas en la reseña del tomo anterior) es que no respeta ningún límite. Se abstiene de hacer malabares con las formas de las viñetas (una especialidad de Liniers, por ejemplo) y después no deja rincón sin explorar: juega con las tipografías, con el color, con las onomatopeyas, resuelve chistes con placas al estilo Crónica TV, se mete con la economía, la política, las modas, la publicidad, con Dios, con el Diablo, con los yankis, con los gorilas, con los indigentes, con las cadenas de comida chatarra y le pega con especial saña a los medios de comunicación, representados por ese ícono del periodismo amarillista, venal y rosquero que es Tony Torres.
De chistes profundos sobre las crisis del capitalismo a chistes de caca y pis, Lucha Peluche te sacude con un impacto atrás de otro, a un ritmo frenético y con un nivel muy, muy infrecuente en las tiras para diarios. ¿Hay chistes anclados en la actualidad de 2009, que hoy nadie recuerda? Sí, pero están resueltos de un modo tan inteligente, tan por encima del mero guiño humorístico a la coyuntura del día, que la genialidad del Niño permanece intacta, tan disfrutable como el día que las tiras se publicaron por primera vez.
No me quiero extender más, pero sí recomendar enfáticamente la compra y lectura de Lucha Peluche. Ojalá en un futuro no muy lejano tengamos editado en libro todo el material creado por el Niño Rodríguez con estos personajes, y ojalá pronto seamos cientos de miles de lectores los que la reivindiquemos como la tira diaria más zarpada, mejor pensada y más efectiva que el humor gráfico argentino le dio a este Siglo XXI.
Recomiendo repasar la ya ancestral reseña del Vol.1 (publicada el 14/05/10) para no tener que repetir de qué se trata y cómo está estructurada Lucha Peluche. Fiel a la dinámica de este tipo de tiras “de universo”, el Niño Rodríguez incorpora permanentemente nuevos personajes, que disparan nueva situaciones. En este tomo se lucen el astronauta Houston, la Nena Pelada, el telemarketer y el que más gracia me causó: Bipo, el payaso bipolar. Subrayo lo de la gracia: este libro me hizo reir mucho, pero mucho. Y a carcajadas. La tira de Betina en el arco argumental del McMickey´s, por ejemplo, me hizo doler las mandíbulas de la risa. Es la combinación perfecta entre ingenio, sátira y transgresión. La verdad es que son tantas las tiras geniales, las que me arrancaron risas memorables, que si las enumero la reseña dura hasta el miércoles.
También hay tiras menos graciosas, y tiras que no buscan la risa sino que nos invitan a la reflexión, como en todas las buenas daily strips. Pero el combo, las 180 tiras juntas, leídas de un saque, te dejan la sensación de haberte cagado de risa como pocas veces. Lo mejor que tiene el Niño Rodríguez (además del dibujo, que es increíble, y del que ya hablé maravillas en la reseña del tomo anterior) es que no respeta ningún límite. Se abstiene de hacer malabares con las formas de las viñetas (una especialidad de Liniers, por ejemplo) y después no deja rincón sin explorar: juega con las tipografías, con el color, con las onomatopeyas, resuelve chistes con placas al estilo Crónica TV, se mete con la economía, la política, las modas, la publicidad, con Dios, con el Diablo, con los yankis, con los gorilas, con los indigentes, con las cadenas de comida chatarra y le pega con especial saña a los medios de comunicación, representados por ese ícono del periodismo amarillista, venal y rosquero que es Tony Torres.
De chistes profundos sobre las crisis del capitalismo a chistes de caca y pis, Lucha Peluche te sacude con un impacto atrás de otro, a un ritmo frenético y con un nivel muy, muy infrecuente en las tiras para diarios. ¿Hay chistes anclados en la actualidad de 2009, que hoy nadie recuerda? Sí, pero están resueltos de un modo tan inteligente, tan por encima del mero guiño humorístico a la coyuntura del día, que la genialidad del Niño permanece intacta, tan disfrutable como el día que las tiras se publicaron por primera vez.
No me quiero extender más, pero sí recomendar enfáticamente la compra y lectura de Lucha Peluche. Ojalá en un futuro no muy lejano tengamos editado en libro todo el material creado por el Niño Rodríguez con estos personajes, y ojalá pronto seamos cientos de miles de lectores los que la reivindiquemos como la tira diaria más zarpada, mejor pensada y más efectiva que el humor gráfico argentino le dio a este Siglo XXI.
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viernes, 4 de julio de 2014
04/ 05: FURY MAX Vol.2
Al final fueron 13, no 12, los episodios que duró esta estremecedora serie del sello MAX, cuyo primero tomo reseñamos el 15/09/13. Recomiendo repasar esa reseña, porque esta vez no pienso agregar una sola palabra acerca del trabajo del dibujante, Goran Parlov. Todo lo que opino sobre el desempeño del croata en esta serie está expresado en la reseña del Vol.1.
Este tomo está compuesto por dos arcos argumentales de tres episodios (como el Vol.1), al que se le suma un epílogo. El primer arco nos lleva a Vietnam, en 1970, para una misión en la que Nick Fury formará equipo con un joven pero ya curtidísimo Frank Castle. Como en las dos saguitas del tomo anterior, lo que más le interesa a Garth Ennis a la hora de escribir estas historias es mostrar el lado oscuro, sórdido, revulsivo de estas heroicas epopeyas de los EEUU en el Tercer Mundo. Son las Fuerzas Armadas, sí, pero el telón de fondo lo pone la CIA, y eso significa que detrás de la guerra hay gigantescos negocios que tienen que ver básicamente con el narcotráfico. Muy en sintonía con el memorable aporte de Alan Moore a Brought to Light (lo vimos el 12/01/12), Ennis se compromete con la denuncia, le pone todas las fichas a explorar mediante estas historias las atrocidades que la CIA hizo y bancó no por la libertad y la democracia, sino por la guita y el poder que implica la guita en una sociedad capitalista como la yanki.
La segunda historia va para el mismo lado, pero esta vez el escenario es Nicaragua y el año es 1984. Fury va a ser testigo de los escabrosos crímenes de lesa humanidad y los gigantescos negocios vinculados a la droga que se esconden detrás del entrenamiento de los contras por parte de la CIA. Con la excusa de no dejar crecer a los comunistas en el patio trasero de los EEUU, esta guerra de guerrillas cobrará miles de vidas, costará miles de millones y terminará con las roscas más espurias finalmente expuestas ante la opinión pública.
Como en los arcos del Vol.1, uno ya sabe cómo va a terminar la participación de los yankis en cada uno de estos conflictos y Ennis acierta al respetar los resultados del mundo real. Sin embargo, encuentra la forma de que el rol de Fury no sea irrelevante, sino que sirva para algo. O que por lo menos se preste para aventuras al límite, tensas, de las que sabemos que va a salir con vida, pero que nos mantengan entretenidos mientras Ennis baja línea. Para esto es muy importante el tratamiento que le da el irlandés al elenco de secundarios (ya lo desarrollé en la reseña del Vol.1), a los que hace avanzar con mucho huevo hacia un final inesperado, de altísimo impacto, que vemos en el epílogo. A lo largo de todo el tomo hay diálogos brillantes, afiladísimos, que plantean en términos incontrastables el espesor y la urgencia de los conflictos que nos muestra Ennis, y sin embargo, los diálogos más tremendos, los más categóricos, están en el epílogo ambientado en 1999, cuando los personajes ya son viejos y hace tiempo que no se meten en ninguna guerra sucia. Ahí el guionista le saca jugo a otros combates, igual de cruentos, pero librados en el fuero íntimo de Nick, Shirley, George y el senador McCuskey.
Un final a todo trapo para un comic muy jodido, muy jugado, que debería usarse para enseñar historia en las escuelas de los EEUU, si no fuera por la sobredosis de puteadas, los garches, los destripamientos y las masacres de las que no se salvan ni mujeres, ni ancianos ni bebés. Si el festival de la mala leche y las atrocidades no te ahuyentan, si te bancás a un Nick Fury tremendamente cínico envuelto en runflas siniestras con gente mucho más hija de puta que él, acá vas a encontrar una obra excelente, con inmensos hallazgos en la caracterización, en el andamiaje dramático que sostiene a las aventuras y sobre todo en la revisión de hechos clave en la historia del Siglo XX, en los que invariablemente Garth Ennis detecta la mano negra de los servicios de inteligencia de los EEUU, soretes jodidos si los hay.
Este tomo está compuesto por dos arcos argumentales de tres episodios (como el Vol.1), al que se le suma un epílogo. El primer arco nos lleva a Vietnam, en 1970, para una misión en la que Nick Fury formará equipo con un joven pero ya curtidísimo Frank Castle. Como en las dos saguitas del tomo anterior, lo que más le interesa a Garth Ennis a la hora de escribir estas historias es mostrar el lado oscuro, sórdido, revulsivo de estas heroicas epopeyas de los EEUU en el Tercer Mundo. Son las Fuerzas Armadas, sí, pero el telón de fondo lo pone la CIA, y eso significa que detrás de la guerra hay gigantescos negocios que tienen que ver básicamente con el narcotráfico. Muy en sintonía con el memorable aporte de Alan Moore a Brought to Light (lo vimos el 12/01/12), Ennis se compromete con la denuncia, le pone todas las fichas a explorar mediante estas historias las atrocidades que la CIA hizo y bancó no por la libertad y la democracia, sino por la guita y el poder que implica la guita en una sociedad capitalista como la yanki.
La segunda historia va para el mismo lado, pero esta vez el escenario es Nicaragua y el año es 1984. Fury va a ser testigo de los escabrosos crímenes de lesa humanidad y los gigantescos negocios vinculados a la droga que se esconden detrás del entrenamiento de los contras por parte de la CIA. Con la excusa de no dejar crecer a los comunistas en el patio trasero de los EEUU, esta guerra de guerrillas cobrará miles de vidas, costará miles de millones y terminará con las roscas más espurias finalmente expuestas ante la opinión pública.
Como en los arcos del Vol.1, uno ya sabe cómo va a terminar la participación de los yankis en cada uno de estos conflictos y Ennis acierta al respetar los resultados del mundo real. Sin embargo, encuentra la forma de que el rol de Fury no sea irrelevante, sino que sirva para algo. O que por lo menos se preste para aventuras al límite, tensas, de las que sabemos que va a salir con vida, pero que nos mantengan entretenidos mientras Ennis baja línea. Para esto es muy importante el tratamiento que le da el irlandés al elenco de secundarios (ya lo desarrollé en la reseña del Vol.1), a los que hace avanzar con mucho huevo hacia un final inesperado, de altísimo impacto, que vemos en el epílogo. A lo largo de todo el tomo hay diálogos brillantes, afiladísimos, que plantean en términos incontrastables el espesor y la urgencia de los conflictos que nos muestra Ennis, y sin embargo, los diálogos más tremendos, los más categóricos, están en el epílogo ambientado en 1999, cuando los personajes ya son viejos y hace tiempo que no se meten en ninguna guerra sucia. Ahí el guionista le saca jugo a otros combates, igual de cruentos, pero librados en el fuero íntimo de Nick, Shirley, George y el senador McCuskey.
Un final a todo trapo para un comic muy jodido, muy jugado, que debería usarse para enseñar historia en las escuelas de los EEUU, si no fuera por la sobredosis de puteadas, los garches, los destripamientos y las masacres de las que no se salvan ni mujeres, ni ancianos ni bebés. Si el festival de la mala leche y las atrocidades no te ahuyentan, si te bancás a un Nick Fury tremendamente cínico envuelto en runflas siniestras con gente mucho más hija de puta que él, acá vas a encontrar una obra excelente, con inmensos hallazgos en la caracterización, en el andamiaje dramático que sostiene a las aventuras y sobre todo en la revisión de hechos clave en la historia del Siglo XX, en los que invariablemente Garth Ennis detecta la mano negra de los servicios de inteligencia de los EEUU, soretes jodidos si los hay.
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jueves, 3 de julio de 2014
03/ 07: LUPUS
En este voluminoso tomo, los genios de Astiberri recopilaron los cuatro volúmenes de Lupus, la obra que el ídolo suizo Frederik Peeters realizó entre 2002 y 2006. Peeters ya es una especie de fetiche de este blog, y se ganó ese dudoso privilegio al masacrarme las neuronas una y otra vez con obras extrañas y fascinantes, y un dibujo demasiado perfecto para ser real. En materia de dibujo, Peeters es un incuestionable, un monstruo sagrado, un artista quintaescencial, al nivel de los genios máximos que nos dio el Siglo XXI. Ves una página de Peeters y te convencés de que dibujar historietas es muy fácil, porque se ve la cancha, la soltura, esa conexión milimétrica entre las cosas que el suizo ve en su mente y lo que su mano lleva finalmente al papel. Lupus es uno de sus trabajos en blanco y negro, es decir que acá brilla a pleno su pincel y su gran equilibrio entre el espacio y la mancha. Y, como en todas sus obras, Peeters sorprende con su inmensa jerarquía a la hora de captar las expresiones faciales y el lenguaje corporal de sus personajes, elementos que se nota que están trabajadísimos.
En este trabajo, además, al tratarse de cuatro álbumes extensos (ninguno baja de las 92 páginas), Peeters trabaja con menos viñetas por página. Tiene páginas de 5, de 6, de 7 y nunca pasa el tope de las nueve viñetas por página, siempre enmarcadas en la clásica grilla de Watchmen, que le sirve al autor para controlar y ajustar el timing del relato en momentos de especial dramatismo.
Si creías (como yo) que el libro se llama Lupus porque Peeters iba a hablar de esa enfermedad espantosa, un poco para colgarse de las tetas del libro de David B. sobre la epilepsia, y que se venía un bajón importante, más heavy que el de Píldoras Azules, olvidate. Esta es una historia romántica ambientada en el futuro, con tecnología robótica, naves espaciales y cosas así, protagonizada por un muchacho llamado Lupus. La trama tiene una arista aventurera, algo similar a la que vimos ayer en Great Pacific: una de las co-protagonistas es Sanaa, una chica rebelde, hija de un poderoso magnate y capo de una mega-corpo, que no se afana millones de dólares, pero se escapa. Y su padre (al que nunca vemos) removerá cielo y tierra de varios planetas para recuperarla. Lupus y su viejo amigo Tony se toparán con esta chica y sus vidas cambiarán drásticamente. De eso se trata básicamente la novela: de cómo una persona te puede cambiar la vida.
Con la consigna en marcha, Peeters logra un clima espeso, parsimonioso, muy introspectivo, que avanza lento sin perder nunca el interés. Lo cual no es óbice para que el autor tome riesgos raros, difíciles de bancar, en muchos momentos del relato. Lo que a mí menos me convenció fue ese aluvión de flashbacks a la infancia de Lupus en la segunda mitad de la obra Sobre todo porque casi todos giran en torno a su relación con su mamá y al final, cuando pasan cosas importantísimas, el que aparece para dar una mano es el papá. Después me pareció arriesgada, pero banco a muerte, la forma en que Peeters resuelve el tema de los sicarios de la Corpo que vienen a buscar a Sanaa. Y me pareció muy loco los malabares que hace el suizo para no mostrar nunca lo que todos los lectores queríamos ver desde la página 18 del primer tomo, que es el garche entre Lupus y Sanaa.
Lo que más me gustó, claramente, fue la profundidad y la tridimensionalidad que le da Peeters a los protagonistas. Sin eso, la trama aventurera se caería a pedazos y la romántica perdería rápidamente el interés para convertirse en un histeriqueo entre pelotudos. Hay muchos más hallazgos, obviamente, en detalles que hacen a este mundo futurista, en personajes secundarios, en esas escenas medio oníricas, medio descolgadas con las que abre y cierra cada tomo. Estamos ante el laburo que consagró definitivamente a Peeters y es todo tan fuerte, tan asombroso, con una fusión tan atrapante entre dibujo y guión, que hay que ponerse muy en estrecha para discutirle algo a esta bestia. Me queda clarísimo que Peeters sabe imponer su impronta autoral incluso en trabajos como este, que a priori parecería más “de género” y ese es un mérito inmenso. El libro español es un tremendo masacote de más de 400 páginas y tapas duras, que debe salir un huevo y la mitad del otro. Los vale, te lo aseguro.
En este trabajo, además, al tratarse de cuatro álbumes extensos (ninguno baja de las 92 páginas), Peeters trabaja con menos viñetas por página. Tiene páginas de 5, de 6, de 7 y nunca pasa el tope de las nueve viñetas por página, siempre enmarcadas en la clásica grilla de Watchmen, que le sirve al autor para controlar y ajustar el timing del relato en momentos de especial dramatismo.
Si creías (como yo) que el libro se llama Lupus porque Peeters iba a hablar de esa enfermedad espantosa, un poco para colgarse de las tetas del libro de David B. sobre la epilepsia, y que se venía un bajón importante, más heavy que el de Píldoras Azules, olvidate. Esta es una historia romántica ambientada en el futuro, con tecnología robótica, naves espaciales y cosas así, protagonizada por un muchacho llamado Lupus. La trama tiene una arista aventurera, algo similar a la que vimos ayer en Great Pacific: una de las co-protagonistas es Sanaa, una chica rebelde, hija de un poderoso magnate y capo de una mega-corpo, que no se afana millones de dólares, pero se escapa. Y su padre (al que nunca vemos) removerá cielo y tierra de varios planetas para recuperarla. Lupus y su viejo amigo Tony se toparán con esta chica y sus vidas cambiarán drásticamente. De eso se trata básicamente la novela: de cómo una persona te puede cambiar la vida.
Con la consigna en marcha, Peeters logra un clima espeso, parsimonioso, muy introspectivo, que avanza lento sin perder nunca el interés. Lo cual no es óbice para que el autor tome riesgos raros, difíciles de bancar, en muchos momentos del relato. Lo que a mí menos me convenció fue ese aluvión de flashbacks a la infancia de Lupus en la segunda mitad de la obra Sobre todo porque casi todos giran en torno a su relación con su mamá y al final, cuando pasan cosas importantísimas, el que aparece para dar una mano es el papá. Después me pareció arriesgada, pero banco a muerte, la forma en que Peeters resuelve el tema de los sicarios de la Corpo que vienen a buscar a Sanaa. Y me pareció muy loco los malabares que hace el suizo para no mostrar nunca lo que todos los lectores queríamos ver desde la página 18 del primer tomo, que es el garche entre Lupus y Sanaa.
Lo que más me gustó, claramente, fue la profundidad y la tridimensionalidad que le da Peeters a los protagonistas. Sin eso, la trama aventurera se caería a pedazos y la romántica perdería rápidamente el interés para convertirse en un histeriqueo entre pelotudos. Hay muchos más hallazgos, obviamente, en detalles que hacen a este mundo futurista, en personajes secundarios, en esas escenas medio oníricas, medio descolgadas con las que abre y cierra cada tomo. Estamos ante el laburo que consagró definitivamente a Peeters y es todo tan fuerte, tan asombroso, con una fusión tan atrapante entre dibujo y guión, que hay que ponerse muy en estrecha para discutirle algo a esta bestia. Me queda clarísimo que Peeters sabe imponer su impronta autoral incluso en trabajos como este, que a priori parecería más “de género” y ese es un mérito inmenso. El libro español es un tremendo masacote de más de 400 páginas y tapas duras, que debe salir un huevo y la mitad del otro. Los vale, te lo aseguro.
miércoles, 2 de julio de 2014
02/ 07: GREAT PACIFIC Vol.1
Conocí a esta serie gracias a Andrés Lozano, uno de los responsables del Estudio Tiza, que tiene a su cargo el color de Great Pacific. Dudo mucho que le hubiera dado una chance a esta serie de no haber sido por Andrés, pero lo cierto es que esos numeritos que me obsequió gentilmente mi tocayo alcanzaron para decidirme a empezar a comprar los TPBs. En su momento, cuando leí esos cuatro primeros episodios, me dio la sensación de que la historia avanzaba a un ritmo lento, y ahora, con seis episodios leídos, me parece que no, que si evaluamos la cantidad de cosas que pasan en este primer TPB, no se le puede criticar falta de ritmo a la saga tal como la plantea el guionista Joe Harris.
Great Pacific cuenta la historia de un joven rebelde, hijo y nieto de magnates petroleros, destinado a ser el heredero de una de las empresas energéticas más grandes y prósperas del planeta. Pero a Chas le interesan cosas que a la multinacional no, entonces cuando cumple18 años, finge su muerte, da un golpe virtual gracias al cual transfiere miles de millones de dólares de la empresa a sus propias cuentas, y por si faltaba algo, se inventa su propio país. Chas encontró la ubicación de una especie de isla que flota en el Océano Pacífico, compuesta mayormente por basura, residuos, deshechos plásticos a los que el agua no degrada ni erosiona. Este mamotreto de considerable superficie, se va a convertir, gracias al ingenio y los millones de Chas, en una nación soberana.
Ese aspecto de Great Pacific es el que a mí más me atrapó: un pibe crea de la nada su propio país, en un basural que flota en el océano. Y después, para que esto se pueda leer como un comic de aventura, Harris agrega otros elementos. Por un lado, la rosca empresarial-militar-criminal, porque es obvio que la empresa energética va a descubrir que Chas está vivo y va a tratar de recuperar por las malas los miles de millones que “se llevó” el heredero. Por el otro, la temática ecológica, porque todo gira en torno a los residuos y al daño que le hacen las petroleras al medio ambiente. Y finalmente lo que menos me cierra, que es un elemento fantástico. No me quiero extender en eso para no spoilear, porque supuestamente es una revelación impactante, pero nada… esos tentáculos que se ven en la portada del libro tienen bastante peso en la trama.
Chas y su fiel amigo Alex se levan los roles protagónicos, pero con el correr de los episodios Harris refuerza el elenco con mucho criterio y abre el juego a nuevos personajes del entorno familiar, de la empresa, del gobierno y hasta incorpora a una tribu de nativos de una isla cercana al basural flotante. Por suerte la entrada en escena de estos personajes es armónica, siempre está bien justificada y siempre deja margen para desarrollar principalmente a Chas (para el final el tomo uno siente que lo conoce de toda la vida), a Alex y a dos o tres miembros más de este elenco.
Además de coloristas argentinos, Great Pacific tiene dibujante nacional y popular: Martín Morazzo, a quien yo no conocía y me sorprendió gratamente. Morazzo pareciera seguir una línea onda Frank Quitely, pero combinada con las influencias sutiles de Eduardo Risso y de algunos autores europeos, principalmente Milo Manara. El resultado es una línea muy prolija, muy estilizada, muy idónea para hacer ese truquito de sobrecargar a muerte los fondos y darle infinita bola a los más mínimos detalles. Sin embargo Morazzo sabe cuándo bajar un cambio, cuando prescindir de los fondos y resolver todo con un primer plano fuerte, expresivo, y dejar que los coloristas hagan el resto con algún efecto digital. La narrativa está cuidadísima, pensada para darle atractivo y hasta un cierto vértigo a todas esas escenas en las que sólo vemos gente hablando. Y cuando el guión le pide grandilocuencia y espectacularidad, Morazzo cumple con creces.
Reitero, entonces, que me enganché mucho con Great Pacific. Es cierto que no tiene tanta prensa como otras series con las que hoy Image le está pasando el trapo a Marvel y DC, seguramente porque Harris no tenía muchos hitazos en su currículum. Pero acá hay muchas ideas interesantísimas, una premisa irresistible y muy buenos desempeños tanto del guionista como de nuestros compatriotas que lo respaldan desde el dibujo y el color. No tengo dudas de que, cuando termine Great Pacific, Martín Morazzo va a tener chapa de sobra para ser convocado a proyectos de perfil más alto, y los que lo seguimos desde esta serie vamos a poder chapear, como chapeamos los 15 boludos que leíamos 27 cada vez que nos nombran a Charles Soule.
Great Pacific cuenta la historia de un joven rebelde, hijo y nieto de magnates petroleros, destinado a ser el heredero de una de las empresas energéticas más grandes y prósperas del planeta. Pero a Chas le interesan cosas que a la multinacional no, entonces cuando cumple18 años, finge su muerte, da un golpe virtual gracias al cual transfiere miles de millones de dólares de la empresa a sus propias cuentas, y por si faltaba algo, se inventa su propio país. Chas encontró la ubicación de una especie de isla que flota en el Océano Pacífico, compuesta mayormente por basura, residuos, deshechos plásticos a los que el agua no degrada ni erosiona. Este mamotreto de considerable superficie, se va a convertir, gracias al ingenio y los millones de Chas, en una nación soberana.
Ese aspecto de Great Pacific es el que a mí más me atrapó: un pibe crea de la nada su propio país, en un basural que flota en el océano. Y después, para que esto se pueda leer como un comic de aventura, Harris agrega otros elementos. Por un lado, la rosca empresarial-militar-criminal, porque es obvio que la empresa energética va a descubrir que Chas está vivo y va a tratar de recuperar por las malas los miles de millones que “se llevó” el heredero. Por el otro, la temática ecológica, porque todo gira en torno a los residuos y al daño que le hacen las petroleras al medio ambiente. Y finalmente lo que menos me cierra, que es un elemento fantástico. No me quiero extender en eso para no spoilear, porque supuestamente es una revelación impactante, pero nada… esos tentáculos que se ven en la portada del libro tienen bastante peso en la trama.
Chas y su fiel amigo Alex se levan los roles protagónicos, pero con el correr de los episodios Harris refuerza el elenco con mucho criterio y abre el juego a nuevos personajes del entorno familiar, de la empresa, del gobierno y hasta incorpora a una tribu de nativos de una isla cercana al basural flotante. Por suerte la entrada en escena de estos personajes es armónica, siempre está bien justificada y siempre deja margen para desarrollar principalmente a Chas (para el final el tomo uno siente que lo conoce de toda la vida), a Alex y a dos o tres miembros más de este elenco.
Además de coloristas argentinos, Great Pacific tiene dibujante nacional y popular: Martín Morazzo, a quien yo no conocía y me sorprendió gratamente. Morazzo pareciera seguir una línea onda Frank Quitely, pero combinada con las influencias sutiles de Eduardo Risso y de algunos autores europeos, principalmente Milo Manara. El resultado es una línea muy prolija, muy estilizada, muy idónea para hacer ese truquito de sobrecargar a muerte los fondos y darle infinita bola a los más mínimos detalles. Sin embargo Morazzo sabe cuándo bajar un cambio, cuando prescindir de los fondos y resolver todo con un primer plano fuerte, expresivo, y dejar que los coloristas hagan el resto con algún efecto digital. La narrativa está cuidadísima, pensada para darle atractivo y hasta un cierto vértigo a todas esas escenas en las que sólo vemos gente hablando. Y cuando el guión le pide grandilocuencia y espectacularidad, Morazzo cumple con creces.
Reitero, entonces, que me enganché mucho con Great Pacific. Es cierto que no tiene tanta prensa como otras series con las que hoy Image le está pasando el trapo a Marvel y DC, seguramente porque Harris no tenía muchos hitazos en su currículum. Pero acá hay muchas ideas interesantísimas, una premisa irresistible y muy buenos desempeños tanto del guionista como de nuestros compatriotas que lo respaldan desde el dibujo y el color. No tengo dudas de que, cuando termine Great Pacific, Martín Morazzo va a tener chapa de sobra para ser convocado a proyectos de perfil más alto, y los que lo seguimos desde esta serie vamos a poder chapear, como chapeamos los 15 boludos que leíamos 27 cada vez que nos nombran a Charles Soule.
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martes, 1 de julio de 2014
01/ 07: DUGONG Y MANATI
Este librito reúne el material realizado por Quique Alcatena para la revista Comic.ar y es una auténtica delicia. En primer lugar, se trata de uno de los pocos y espaciados trabajos de Alcatena como autor integral, sin formar equipo con un guionista. En esta serie, Quique recupera mucho de la onda de sus historietas “solistas” para la revista Anteojito, aquellas gemas ochentosas entre las que se destaca El Capitán Morsa, porque era la que a mí más me gustaba y la que quizás tenga más puntos en común con Dugong y Manatí. Con esto no quiero decir que Dugong y Manatí sea una historieta infantil. En todo caso, podría ser “para todo público”. Lo cierto es que la tira está imbuída de un espíritu lúdico alucinante, de modo que en cada viñeta hay juego, hay diversión, hay un autor que no se toma la aventura demasiado en serio, sino que la explora principalmente como vehículo de escapismo, de esparcimiento, de una fantasía mucho menos épica y mucho más distendida que en las obras más famosas de Alcatena.
Vistos de lejos, los portentosos protagonistas parecen ser héroes, o incluso superhéroes. Sin embargo, cuando te adentrás en las historias, resultan ser dos freaks valientes, pero bastante torpes y con menos luces que la lancha del contrabandista. Las aventuras tienen como factor común el mar, los puertos, las profundidades oceánicas, y eso le brinda a Alcatena la posibilidad de jugar con un amplísimo espectro de personajes secundarios y villanos, desde típicos marineros (como Tobías y su sobrina Pepita) hasta un faro que cobra vida, pasando por ligas (y sociedades) de justicieros enmascarados. Como en sus obras más complejas junto a Eduardo Mazzitelli, acá Quique se zarpa metiendo referencias y homenajes a otros historietistas (Hugo Pratt, Elzie Segar, Bill Everett), a Pinocchio, a Bob Esponja y –como siempre- a los Beatles. Y en un giro argumental digno de Caoscomic (otra obra semi-oculta realizada con Mazzitelli) incursiona en el meta-comic y termina por convertirse en personaje de su propia historieta, en el episodio en el que el villano ½ Mundo se roba el protagonismo.
El tono de toda la obra es claramente jocoso, y se puede leer en clave de sátira muy sutil a los comics de superhéroes de la Silver Age, con cuyas ediciones mexicanas creció Quique. De hecho, acá hay hasta palabras y giros idiomáticos que sólo recuerdo haber leído (hace no menos de 30 años) en aquellas infaustas traducciones que la editorial Novaro nos infligía a los chicos que queríamos leer comics de DC. Quizás lo más notable sea que, aunque las historias van para el lado del esparcimiento light, y la onda es muy familiar, muy ATP, las historias tienen su complejidad y hasta un cierto vuelo. No son pavadas, ni obviedades, ni esa cosa ramplona que uno asocia con los comics de DC de los ´60, escritos para un público compuesto en su mayoría por chicos de nueve años.
Por supuesto que, al estar pensada como una tira, Dugong y Manatí se ve muy distinta a las otras obras de Alcatena sobre todo en la espacialidad. Olvidate de esas páginas intrincadas, con dibujos inmensos laburados más allá de la comprensión humana y que bien podrían prescindir de los textos para disfrazarse de art-book. Acá, en una misma tira tenemos hasta cuatro viñetas chiquitas, y eso obliga al autor a dibujar y a narrar de otra manera. Así y todo, se conserva intacta la magia del plumín de Alcatena, su imaginación visual desbordante y su talento innato para crear maravillas sólo con el blanco y el negro. No están esas guardas, esos firuletes increíbles con los que Quique ornamenta sus viñetas en Shankar o Acero Líquido, por ejemplo. Pero están las texturas, los tramados, las manchas, los trazos de distinto grosor e incluso una atención llamativa a las expresiones faciales, supongo que producto de la intención cuasi-humorística de algunas secuencias.
Si sos fan de Alcatena, no tengo dudas de que Dugong y Manatí te van a cautivar. Se parece poco a lo que seguramente ya conocés, pero es un comic muy genuino, hecho con mucha pasión, con mucha onda y mucha calidad por un maestro que nunca, en ningún medio y en ningún formato, da menos del 100%. Pronto habrá más Alcatena, acá en el blog.
Vistos de lejos, los portentosos protagonistas parecen ser héroes, o incluso superhéroes. Sin embargo, cuando te adentrás en las historias, resultan ser dos freaks valientes, pero bastante torpes y con menos luces que la lancha del contrabandista. Las aventuras tienen como factor común el mar, los puertos, las profundidades oceánicas, y eso le brinda a Alcatena la posibilidad de jugar con un amplísimo espectro de personajes secundarios y villanos, desde típicos marineros (como Tobías y su sobrina Pepita) hasta un faro que cobra vida, pasando por ligas (y sociedades) de justicieros enmascarados. Como en sus obras más complejas junto a Eduardo Mazzitelli, acá Quique se zarpa metiendo referencias y homenajes a otros historietistas (Hugo Pratt, Elzie Segar, Bill Everett), a Pinocchio, a Bob Esponja y –como siempre- a los Beatles. Y en un giro argumental digno de Caoscomic (otra obra semi-oculta realizada con Mazzitelli) incursiona en el meta-comic y termina por convertirse en personaje de su propia historieta, en el episodio en el que el villano ½ Mundo se roba el protagonismo.
El tono de toda la obra es claramente jocoso, y se puede leer en clave de sátira muy sutil a los comics de superhéroes de la Silver Age, con cuyas ediciones mexicanas creció Quique. De hecho, acá hay hasta palabras y giros idiomáticos que sólo recuerdo haber leído (hace no menos de 30 años) en aquellas infaustas traducciones que la editorial Novaro nos infligía a los chicos que queríamos leer comics de DC. Quizás lo más notable sea que, aunque las historias van para el lado del esparcimiento light, y la onda es muy familiar, muy ATP, las historias tienen su complejidad y hasta un cierto vuelo. No son pavadas, ni obviedades, ni esa cosa ramplona que uno asocia con los comics de DC de los ´60, escritos para un público compuesto en su mayoría por chicos de nueve años.
Por supuesto que, al estar pensada como una tira, Dugong y Manatí se ve muy distinta a las otras obras de Alcatena sobre todo en la espacialidad. Olvidate de esas páginas intrincadas, con dibujos inmensos laburados más allá de la comprensión humana y que bien podrían prescindir de los textos para disfrazarse de art-book. Acá, en una misma tira tenemos hasta cuatro viñetas chiquitas, y eso obliga al autor a dibujar y a narrar de otra manera. Así y todo, se conserva intacta la magia del plumín de Alcatena, su imaginación visual desbordante y su talento innato para crear maravillas sólo con el blanco y el negro. No están esas guardas, esos firuletes increíbles con los que Quique ornamenta sus viñetas en Shankar o Acero Líquido, por ejemplo. Pero están las texturas, los tramados, las manchas, los trazos de distinto grosor e incluso una atención llamativa a las expresiones faciales, supongo que producto de la intención cuasi-humorística de algunas secuencias.
Si sos fan de Alcatena, no tengo dudas de que Dugong y Manatí te van a cautivar. Se parece poco a lo que seguramente ya conocés, pero es un comic muy genuino, hecho con mucha pasión, con mucha onda y mucha calidad por un maestro que nunca, en ningún medio y en ningún formato, da menos del 100%. Pronto habrá más Alcatena, acá en el blog.
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lunes, 30 de junio de 2014
30/ 06: LOS MAS VENDIDOS DE JUNIO
Tengo un libro leído y tengo las cifras de venta de Junio de la Distri. Pero estoy cansado y no tengo ganas de pensar, así que prometo la reseña para mañana y hoy zafo con las cifras de venta.
Junio fue un muy buen mes, y estos fueron los títulos más vendidos:
1) Inspector Bull (Loco Rabia/ Belerofonte)
2) Jusepe en América (Común)
3) Perramus Vol.3 (De la Flor)
4) La Torre de Burbuja (Loco Rabia)
5) Malandras (Historieteca)
6) Posters (Común)
7) Si Pero No (De la Flor)
8) Perramus Vol.1+2 (De la Flor)
9) Lo que No Importa Está Acá (Moebius)
10) Altavista (Hotel de las Ideas)
Por un estrecho margen se impuso el librazo que recopila todo Inspector Bull, el clásico de los maestros Carlos Albiac y Horacio Lalia. La otra novedad de Loco Rabia, La Torre de Burbuja, se quedó con un dignísimo cuarto puesto, muy notable si pensamos que es una obra de autores mucho menos conocidos. El otro título que debuttó este mes y logró entrar al ranking fue Malandras, de Rodolfo Santullo y Dante Ginevra, al que le queda resto para trepar algunos puestos en Julio.
Los dos lanzamientos de Mayo de la editorial Común sobrevivieron un mes más entre los más vendidos, al igual que el libro de Montt que De la Flor lanzó ese mes, Altavista (que salió en Abril), y dos de los grandes hitazos de 2013: el Vol.1+2 de Perramus y Lo que No Importa Está Acá, que sigue recibiendo el apoyo incondicional de la numerosa hinchada de Gustavo Sala.
Y la gran sorpresa fue el Vol.3 de Perramus, que salió tan cerca de fin de mes que ni siquiera lo ofrecí en mi catálogo de Junio, y aún así, en muy poquitos días, se prendió fuego y se quedó con el tercer lugar en el ranking. Para Julio va por todo, me parece, a pesar de ser un libro de más de $ 200.
¿Contra quiénes va a pelear la pole position? Y, hay libro nuevo de Alcatena y Mazzitelli, que siempre hacen fuerza; además se vienen el Vol.3 de Cybersix, el Vol.4 de Escuela de Monstruos, una antología coordinada por Santullo con dibujantes de la San Puta, dos antologías coordinadas por Oenlao, lo nuevo de Damián Connelly y Lauri Fernández... Por suerte siguen saliendo muchas novedades.
Julio va a ser un mes duro, porque vuelvo a tener stand en la Feria del Libro Infantil, como en 2010 y 2011, así que habrá que laburar mucho ahí, sin descuidar a las comiquerías, que son las que nos dan de morfar todo el año. Veremos qué sucede...
Junio fue un muy buen mes, y estos fueron los títulos más vendidos:
1) Inspector Bull (Loco Rabia/ Belerofonte)
2) Jusepe en América (Común)
3) Perramus Vol.3 (De la Flor)
4) La Torre de Burbuja (Loco Rabia)
5) Malandras (Historieteca)
6) Posters (Común)
7) Si Pero No (De la Flor)
8) Perramus Vol.1+2 (De la Flor)
9) Lo que No Importa Está Acá (Moebius)
10) Altavista (Hotel de las Ideas)
Por un estrecho margen se impuso el librazo que recopila todo Inspector Bull, el clásico de los maestros Carlos Albiac y Horacio Lalia. La otra novedad de Loco Rabia, La Torre de Burbuja, se quedó con un dignísimo cuarto puesto, muy notable si pensamos que es una obra de autores mucho menos conocidos. El otro título que debuttó este mes y logró entrar al ranking fue Malandras, de Rodolfo Santullo y Dante Ginevra, al que le queda resto para trepar algunos puestos en Julio.
Los dos lanzamientos de Mayo de la editorial Común sobrevivieron un mes más entre los más vendidos, al igual que el libro de Montt que De la Flor lanzó ese mes, Altavista (que salió en Abril), y dos de los grandes hitazos de 2013: el Vol.1+2 de Perramus y Lo que No Importa Está Acá, que sigue recibiendo el apoyo incondicional de la numerosa hinchada de Gustavo Sala.
Y la gran sorpresa fue el Vol.3 de Perramus, que salió tan cerca de fin de mes que ni siquiera lo ofrecí en mi catálogo de Junio, y aún así, en muy poquitos días, se prendió fuego y se quedó con el tercer lugar en el ranking. Para Julio va por todo, me parece, a pesar de ser un libro de más de $ 200.
¿Contra quiénes va a pelear la pole position? Y, hay libro nuevo de Alcatena y Mazzitelli, que siempre hacen fuerza; además se vienen el Vol.3 de Cybersix, el Vol.4 de Escuela de Monstruos, una antología coordinada por Santullo con dibujantes de la San Puta, dos antologías coordinadas por Oenlao, lo nuevo de Damián Connelly y Lauri Fernández... Por suerte siguen saliendo muchas novedades.
Julio va a ser un mes duro, porque vuelvo a tener stand en la Feria del Libro Infantil, como en 2010 y 2011, así que habrá que laburar mucho ahí, sin descuidar a las comiquerías, que son las que nos dan de morfar todo el año. Veremos qué sucede...
domingo, 29 de junio de 2014
29/ 06: THE END, OH WELL
Esta es una extraña antología temática publicada en EEUU y capitaneada por Luis Echavarría, un dibujante colombiano que vive en Brooklyn. Además de Echavarría, otros 18 autores de EEUU y Latinoamérica aportan breves historietas sobre un tema que da para todo: el fin del mundo.
Arrancamos con dos historias muy lindas. La primera, de Derek Land, tiene una sóla página, pero alcanza para lucirse. Y le sigue Unhapy Meal, de Ian McGinty, que está claramente entre las mejores del libro. Lo de Tait Howard es más raro que bueno, pero no se puede decir que esté mal. Jeremy Nguyen aborda el tema con mucho humor y con un dibujo muy sólido, muy profesional. Un nombre a tener en cuenta.
Karla Castañeda (autora de la majestuosa ilustración que ocupa las retiraciones de tapa y contratapa) aporta una historieta intensa, divertida por momentos zarpada, pero le falta un toquecito al dibujo, que derrapa un poco entre las influencias de Tony Sandoval y los mangakas más comerciales del shonen. Theo Ellsworth, quizás el más conocido de los yankis que participan de la antología, sorprende con unos dibujos impresionantes, despliega una imaginería y unas ideas alucinantes, pero lamentablemente no le pone huevo a la narrativa, se conforma con mostrar lo bien que dibuja y mechar esas imágenes con textos muy ingeniosos.
Mrz dibuja bien, pero no entendí qué trataba de contar en sus cinco páginas. Xin, en cambio, dibuja tan mal que ni me dieron ganas de leer su historieta. Por suerte ocupa una sóla página. Inés Estrada no dibuja mucho mejor, pero por lo menos se le ocurre una idea narrativa más o menos ganchera como para bancar dos paginitas. El propio Echevarría pela una de las mejores ideas del tomo y la desarrolla bien, con un dibujo no muy virtuoso, pero sí efectivo.
Otra colombiana, Power Paola, cuenta su visión del fin del mundo en cinco páginas sin textos. Los errores de anatomía y perspectiva se hacen groseros sólo en la última página (una splash), así que casi está bien. La de David Duncan está bien dibujada, pero me costó entenderla. También es muda y está jugada a un truco narrativo fomal difícil de descifrar. Por ahí a color se entendía mejor. El peruano Jesús Cossio también elige contar sin textos, y elige una secuencia chiquita, que parece parte de algo más grande. Ese fragmentito de historia no tiene mucha fuerza, pero la salva el dibujo.
El argento-chileno Jorge Quién tiene ocho páginas para desarrollar una historia basada en un relato de Ray Bradbury y las aprovecha a full. Esta debe ser una de sus mejores historietas publicadas hasta hoy. El problema llega cuando Quién elige narrar CON textos y puebla los diálogos (en inglés, obvio) con algunos errores ortográficos y gramaticales. Una pena que alguien más canchero con la lengua de Shakespeare no le haya pegado una revisada. Emi Gennis tiene una buena idea para trabajar en sus seis páginas, pero le juega en contra el dibujo, bastante por debajo de lo que requería la historia. Lo de Garrido Barroso, resuelto en una página estéticamente interesante, tampoco llega a ser una historia: se queda en una idea, que daba para más.
La mejor historieta del tomo la aporta otro colombiano (anotá, Pekerman), habitué de las antologías: Joni B ofrece una verdadera joya, con sanas influencias de Dave McKean y David Mazzucchelli en la faz gráfica. Casi sobre el final, Maya Edelman dibuja muy bien pero se mete solita en un kilombo narrativo del cual no sabe salir. Y en el cierre aparece Alejandra Mejías, con un guión divertido y un dibujo un poquito crudo aunque bien encauzado. Si estudia y se esfuerza, esa chica puede ser una buena historietista, en una línea tipo Byan Lee O´Malley.
Al final, el mundo no se terminó ni en 2012, ni en 2013, ni ayer cuando Brasil casi queda afuera del Mundial. Aún así este libro ofrece varias visiones interesantes acerca de ese evento que, tarde o temprano, va a suceder. ¡Ojalá nos encuentre leyendo historietas!
Arrancamos con dos historias muy lindas. La primera, de Derek Land, tiene una sóla página, pero alcanza para lucirse. Y le sigue Unhapy Meal, de Ian McGinty, que está claramente entre las mejores del libro. Lo de Tait Howard es más raro que bueno, pero no se puede decir que esté mal. Jeremy Nguyen aborda el tema con mucho humor y con un dibujo muy sólido, muy profesional. Un nombre a tener en cuenta.
Karla Castañeda (autora de la majestuosa ilustración que ocupa las retiraciones de tapa y contratapa) aporta una historieta intensa, divertida por momentos zarpada, pero le falta un toquecito al dibujo, que derrapa un poco entre las influencias de Tony Sandoval y los mangakas más comerciales del shonen. Theo Ellsworth, quizás el más conocido de los yankis que participan de la antología, sorprende con unos dibujos impresionantes, despliega una imaginería y unas ideas alucinantes, pero lamentablemente no le pone huevo a la narrativa, se conforma con mostrar lo bien que dibuja y mechar esas imágenes con textos muy ingeniosos.
Mrz dibuja bien, pero no entendí qué trataba de contar en sus cinco páginas. Xin, en cambio, dibuja tan mal que ni me dieron ganas de leer su historieta. Por suerte ocupa una sóla página. Inés Estrada no dibuja mucho mejor, pero por lo menos se le ocurre una idea narrativa más o menos ganchera como para bancar dos paginitas. El propio Echevarría pela una de las mejores ideas del tomo y la desarrolla bien, con un dibujo no muy virtuoso, pero sí efectivo.
Otra colombiana, Power Paola, cuenta su visión del fin del mundo en cinco páginas sin textos. Los errores de anatomía y perspectiva se hacen groseros sólo en la última página (una splash), así que casi está bien. La de David Duncan está bien dibujada, pero me costó entenderla. También es muda y está jugada a un truco narrativo fomal difícil de descifrar. Por ahí a color se entendía mejor. El peruano Jesús Cossio también elige contar sin textos, y elige una secuencia chiquita, que parece parte de algo más grande. Ese fragmentito de historia no tiene mucha fuerza, pero la salva el dibujo.
El argento-chileno Jorge Quién tiene ocho páginas para desarrollar una historia basada en un relato de Ray Bradbury y las aprovecha a full. Esta debe ser una de sus mejores historietas publicadas hasta hoy. El problema llega cuando Quién elige narrar CON textos y puebla los diálogos (en inglés, obvio) con algunos errores ortográficos y gramaticales. Una pena que alguien más canchero con la lengua de Shakespeare no le haya pegado una revisada. Emi Gennis tiene una buena idea para trabajar en sus seis páginas, pero le juega en contra el dibujo, bastante por debajo de lo que requería la historia. Lo de Garrido Barroso, resuelto en una página estéticamente interesante, tampoco llega a ser una historia: se queda en una idea, que daba para más.
La mejor historieta del tomo la aporta otro colombiano (anotá, Pekerman), habitué de las antologías: Joni B ofrece una verdadera joya, con sanas influencias de Dave McKean y David Mazzucchelli en la faz gráfica. Casi sobre el final, Maya Edelman dibuja muy bien pero se mete solita en un kilombo narrativo del cual no sabe salir. Y en el cierre aparece Alejandra Mejías, con un guión divertido y un dibujo un poquito crudo aunque bien encauzado. Si estudia y se esfuerza, esa chica puede ser una buena historietista, en una línea tipo Byan Lee O´Malley.
Al final, el mundo no se terminó ni en 2012, ni en 2013, ni ayer cuando Brasil casi queda afuera del Mundial. Aún así este libro ofrece varias visiones interesantes acerca de ese evento que, tarde o temprano, va a suceder. ¡Ojalá nos encuentre leyendo historietas!
sábado, 28 de junio de 2014
28/ 06: UN VERANO INSOLENTE
Hora de reencontrarnos con la dupla integrada por el guionista francés Denis Lapiére y el dibujante español Rubén Pellejero, autores de la maravillosa El Vals del Gulag (reseñada el 27/01/12). Esta vez se trata de una obra un poco más extensa, que en Francia salió en dos tomos y en España, acertadamente, Astiberri la editó en uno sólo.
Así como la vez pasada Lapiére investigaba a fondo el tema de los campos de concentración y los “desaparecidos” durante el régimen stalinista en la ex-URSS, esta vez se mete de lleno en aquella primavera revolucionaria que se vivió en México a principios de los años ´20 y que atrajo a numerosos intelectuales, artistas y demás simpatizantes de las ideas de izquierda, siempre propensos a soñar con la utopía de un mundo más justo. Son los años de Diego Rivera, Frida Kahlo, David Siqueiros y gente que llegaba de otros países, como la fotógrafa californiana Tina Modotti y su maestro (y amante) Edward Weston. La novela se estructura en torno a los vínculos entre estos personajes, a sus romances, sus ilusiones, sus decepciones, qué pensaban, cómo vivían, cómo se relacionaban con el poder, qué hacían para morfar, en esos años en los que la revolución parecía inminente.
La data está perfectamente dosificada, los diálogos suenan muy reales, las situaciones que tuvieron lugar en la vida real están muy bien reproducidas y la línea que baja Lapiére es la correcta, de punta a punta de la obra. ¿En qué falla? Bah, no sé si falla... ¿Qué no me convence? Que el guionista quiere y a la vez no quiere ofrecernos un comic documental centrado en las vidas de Tina Modotti y Edward Weston en México. Obviamente el francés investigó esas idas y vueltas hasta el más mínimo detalle, pero por otro lado, le juega muchas fichas al artificio de introducir en la historia a un personaje 100% ficticio, Théo, el escritor gay que llega de Francia, al que le otorga la responsabilidad de narrar estas anécdotas que lo tienen como personaje secundario.
Yo entiendo que existe una biografía de Tina Modotti hecha en historieta (por el maestro español Angel De la Calle), y quizás no daba para hacer otra. El problema es que esta se queda a mitad de camino, un poco porque, en el contexto general, sobran las escenas ambientadas en 1942, en las que Théo, ya veterano, rememora los sucesos transcurridos 20 años atrás. No está bueno el remate final, a veces las interrupciones del relato se ven forzadas, no aportan nada los personajes que Lapiére crea para que escuchen las anécdotas de Théo... pareciera que todo eso sobra, estorba, distrae de lo central, que es lo que le pasa a Tina y a Edward. Por ahí todo funcionaría mejor si nos limitáramos a visitar a los protagonistas reales en los años ´20, aún cuando esto significara sujetarnos demasiado a hechos reales, a los que muchas veces les falta esa intensidad, esa curva dramática que se supone que tiene que tener una historia para engancharnos.
El dibujo de Pellejero es excelente, con su línea más gruesa, más jugada al claroscuro, combinada con el talento para la composición, la plasticidad y la atención por el detalle en los lenguajes gestuales que ya estaban presentes en sus obras más conocidas de los ´80 y ´90 (Dieter Lumpen, El Silencio de Malka, etc.). El tratamiento del color aporta muchísimo a los climas de la historia, además de mostrarnos (como en El Vals del Gulag) distintos recursos para las distintas escenas. Y lo más notable es algo que también me remitió a Dieter Lumpen, que es la espectacular recreación de escenarios, vestuario y vehículos de los años ´20, en un terreno que a Pellejero le queda geográfica y cronológicamente lejos, pero en el que se mueve con pasmosa suficiencia.
Si alguna vez te interesó esa movida político-cultural que tuvo por escenario al México de los años ´20, esta historia te va a aportar muchísima información acerca del backstage, de lo que le pasaba puertas adentro a los artistas, intelectuales y políticos que jugaron a soñar una revolución socialista en las tierras de Pancho Villa. El guión no es tan perfecto como el de El Vals del Gulag, pero el interés no decae a lo largo de las casi 110 páginas que dura la novela, y el dibujo de Pellejero brilla incluso en las secuencias que aportan poco a la trama.
Así como la vez pasada Lapiére investigaba a fondo el tema de los campos de concentración y los “desaparecidos” durante el régimen stalinista en la ex-URSS, esta vez se mete de lleno en aquella primavera revolucionaria que se vivió en México a principios de los años ´20 y que atrajo a numerosos intelectuales, artistas y demás simpatizantes de las ideas de izquierda, siempre propensos a soñar con la utopía de un mundo más justo. Son los años de Diego Rivera, Frida Kahlo, David Siqueiros y gente que llegaba de otros países, como la fotógrafa californiana Tina Modotti y su maestro (y amante) Edward Weston. La novela se estructura en torno a los vínculos entre estos personajes, a sus romances, sus ilusiones, sus decepciones, qué pensaban, cómo vivían, cómo se relacionaban con el poder, qué hacían para morfar, en esos años en los que la revolución parecía inminente.
La data está perfectamente dosificada, los diálogos suenan muy reales, las situaciones que tuvieron lugar en la vida real están muy bien reproducidas y la línea que baja Lapiére es la correcta, de punta a punta de la obra. ¿En qué falla? Bah, no sé si falla... ¿Qué no me convence? Que el guionista quiere y a la vez no quiere ofrecernos un comic documental centrado en las vidas de Tina Modotti y Edward Weston en México. Obviamente el francés investigó esas idas y vueltas hasta el más mínimo detalle, pero por otro lado, le juega muchas fichas al artificio de introducir en la historia a un personaje 100% ficticio, Théo, el escritor gay que llega de Francia, al que le otorga la responsabilidad de narrar estas anécdotas que lo tienen como personaje secundario.
Yo entiendo que existe una biografía de Tina Modotti hecha en historieta (por el maestro español Angel De la Calle), y quizás no daba para hacer otra. El problema es que esta se queda a mitad de camino, un poco porque, en el contexto general, sobran las escenas ambientadas en 1942, en las que Théo, ya veterano, rememora los sucesos transcurridos 20 años atrás. No está bueno el remate final, a veces las interrupciones del relato se ven forzadas, no aportan nada los personajes que Lapiére crea para que escuchen las anécdotas de Théo... pareciera que todo eso sobra, estorba, distrae de lo central, que es lo que le pasa a Tina y a Edward. Por ahí todo funcionaría mejor si nos limitáramos a visitar a los protagonistas reales en los años ´20, aún cuando esto significara sujetarnos demasiado a hechos reales, a los que muchas veces les falta esa intensidad, esa curva dramática que se supone que tiene que tener una historia para engancharnos.
El dibujo de Pellejero es excelente, con su línea más gruesa, más jugada al claroscuro, combinada con el talento para la composición, la plasticidad y la atención por el detalle en los lenguajes gestuales que ya estaban presentes en sus obras más conocidas de los ´80 y ´90 (Dieter Lumpen, El Silencio de Malka, etc.). El tratamiento del color aporta muchísimo a los climas de la historia, además de mostrarnos (como en El Vals del Gulag) distintos recursos para las distintas escenas. Y lo más notable es algo que también me remitió a Dieter Lumpen, que es la espectacular recreación de escenarios, vestuario y vehículos de los años ´20, en un terreno que a Pellejero le queda geográfica y cronológicamente lejos, pero en el que se mueve con pasmosa suficiencia.
Si alguna vez te interesó esa movida político-cultural que tuvo por escenario al México de los años ´20, esta historia te va a aportar muchísima información acerca del backstage, de lo que le pasaba puertas adentro a los artistas, intelectuales y políticos que jugaron a soñar una revolución socialista en las tierras de Pancho Villa. El guión no es tan perfecto como el de El Vals del Gulag, pero el interés no decae a lo largo de las casi 110 páginas que dura la novela, y el dibujo de Pellejero brilla incluso en las secuencias que aportan poco a la trama.
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viernes, 27 de junio de 2014
27/ 06: LEGION OF SUPER-HEROES Vol.3
Tarde pero seguro, conseguí el tomo que me faltaba para completar esta colección que me había quedado trunca allá por el 17/04/13.
Después del final cataclísmico del tomo anterior, lógicamente para este se imponía una escala menor, con conflictos más chiquitos, con menos cosas en juego. Mark Waid se ajusta perfectamente a este cambio de ritmo. Los primeros dos episodios son básicamente un epílogo de la saga anterior, en la que se exploran algunas consecuencias y repercusiones de lo que sucedió en el Vol.2. Y después tenemos tres episodios con mínima machaca, centrados en la llegada al Siglo XXXI de Supergirl, quien rápidamente se unirá al grupo protagónico. A través de estas páginas avanzan, lentamente y por atrás de la trama central, puntitas de argumentos que Waid siembra para cosechar en episodios futuros. Y por supuesto, queda mucho espacio para trabajar más a fondo la caracterización de todos estos personajes y explicar mejor cómo funciona este Siglo XXXI que (nos enteraremos más adelante) no pertenece al mismo universo que la mayoría de los superhéroes de DC.
Lo mejor llega al final del libro, con un unitario centrado en Chamaleon Boy en tono de enigma policial, con la escena de un crimen en una habitación cerrada (tópico clásico de este género), investigación, deducción y un villano sorpresa que re-daba para convertirse en enemigo recurrente de la Legión. Mucha inteligencia y mucha originalidad para tan pocas páginas. Y a modo de epílogo, este libro trae páginas originalmente aparecidas en varios números anteriores de la revista, en la que los propios legionarios responden las cartas de los lectores (es decir, los fans que compraban la revista en el mundo real) en forma de historieta. Un truco muy ingenioso de Waid para darle onda a las respuestas, que contó con la complicidad de su co-equiper Barry Kitson y de algunos dibujantes invitados, entre los que se destaca Amanda Conner. Por supuesto, son meta-historietas, en las que los personajes rompen la cuarta pared para hablarle a los lectores, explicar puntos oscuros de los guiones, exigirle al propio Waid que rectifique algún error, discutir acerca de la continuidad y contar cómo es el proceso de colaboración entre Waid y Kitson, obviamente en son de joda, con muchos chistes y mucha cancha.
El ya mencionado Barry Kitson no dibuja todos los números, pero reafirma su condición de dibujante titular de esta serie con un buen número de páginas y con esa notable (porque se nota mucho) sintonía con Mark Waid, compañero de muchas batallas. Acá se nota el esfuerzo por parte de Kitson por corregir las falencias que veíamos la vez pasada: se esmera tanto en las expresiones faciales que por momentos parece un imitador de Kevin Maguire. También se nota que alguien le explicó que Supergirl está ahí para levantar no sólo las ventas, sino también las “carpas” de los lectores y Kitson se mata para que su Kara sea tan sexy como la que aparecía en su propia revista. El resto, todo impecable, como siempre, con la gran solvencia narrativa típica del inglés y con su talento para componer viñetas muy complejas, con muchísimos personajes, fondos, multitudes, tecnología del futuro, etc.
Lamentablemente, el libro no especifica qué páginas de las que no dibuja Kitson son obra de cada uno de los suplentes, pero yo supongo que casi todas son de Adam De Kraker o de Ken Lashley y ninguno de los dos me convence. Ya destacamos a Amanda Conner por su aporte a las páginas en que los legionarios contestan las cartas de los lectores... y no hay mucho más para decir sobre la faz gráfica de este TPB.
Cierro acá, entonces, mi paseo por este Siglo XXXI en el que Mark Waid y Barry Kitson se jugaron a rebootear EN SERIO a la Legion, y a meterle un montón de conceptos tan atractivos como difíciles de bancar en el largo plazo. Será por eso que antes de llegar al número 40 la serie ya había cambiado de autores y de dirección, y que luego sería explicada como perteneciente a un universo paralelo, despegado del DCU titular. A partir de 2009, el foco se desplazaría hacia OTRA Legion, mucho más en sintonía con la clásica, la de la continuidad pre-Crisis, y esta sería prácticamente barrida abajo de la alfombra. Por suerte, más allá de los manoseos editoriales, quedan seis libros muy disfrutables, hoy y dentro de mil años.
Después del final cataclísmico del tomo anterior, lógicamente para este se imponía una escala menor, con conflictos más chiquitos, con menos cosas en juego. Mark Waid se ajusta perfectamente a este cambio de ritmo. Los primeros dos episodios son básicamente un epílogo de la saga anterior, en la que se exploran algunas consecuencias y repercusiones de lo que sucedió en el Vol.2. Y después tenemos tres episodios con mínima machaca, centrados en la llegada al Siglo XXXI de Supergirl, quien rápidamente se unirá al grupo protagónico. A través de estas páginas avanzan, lentamente y por atrás de la trama central, puntitas de argumentos que Waid siembra para cosechar en episodios futuros. Y por supuesto, queda mucho espacio para trabajar más a fondo la caracterización de todos estos personajes y explicar mejor cómo funciona este Siglo XXXI que (nos enteraremos más adelante) no pertenece al mismo universo que la mayoría de los superhéroes de DC.
Lo mejor llega al final del libro, con un unitario centrado en Chamaleon Boy en tono de enigma policial, con la escena de un crimen en una habitación cerrada (tópico clásico de este género), investigación, deducción y un villano sorpresa que re-daba para convertirse en enemigo recurrente de la Legión. Mucha inteligencia y mucha originalidad para tan pocas páginas. Y a modo de epílogo, este libro trae páginas originalmente aparecidas en varios números anteriores de la revista, en la que los propios legionarios responden las cartas de los lectores (es decir, los fans que compraban la revista en el mundo real) en forma de historieta. Un truco muy ingenioso de Waid para darle onda a las respuestas, que contó con la complicidad de su co-equiper Barry Kitson y de algunos dibujantes invitados, entre los que se destaca Amanda Conner. Por supuesto, son meta-historietas, en las que los personajes rompen la cuarta pared para hablarle a los lectores, explicar puntos oscuros de los guiones, exigirle al propio Waid que rectifique algún error, discutir acerca de la continuidad y contar cómo es el proceso de colaboración entre Waid y Kitson, obviamente en son de joda, con muchos chistes y mucha cancha.
El ya mencionado Barry Kitson no dibuja todos los números, pero reafirma su condición de dibujante titular de esta serie con un buen número de páginas y con esa notable (porque se nota mucho) sintonía con Mark Waid, compañero de muchas batallas. Acá se nota el esfuerzo por parte de Kitson por corregir las falencias que veíamos la vez pasada: se esmera tanto en las expresiones faciales que por momentos parece un imitador de Kevin Maguire. También se nota que alguien le explicó que Supergirl está ahí para levantar no sólo las ventas, sino también las “carpas” de los lectores y Kitson se mata para que su Kara sea tan sexy como la que aparecía en su propia revista. El resto, todo impecable, como siempre, con la gran solvencia narrativa típica del inglés y con su talento para componer viñetas muy complejas, con muchísimos personajes, fondos, multitudes, tecnología del futuro, etc.
Lamentablemente, el libro no especifica qué páginas de las que no dibuja Kitson son obra de cada uno de los suplentes, pero yo supongo que casi todas son de Adam De Kraker o de Ken Lashley y ninguno de los dos me convence. Ya destacamos a Amanda Conner por su aporte a las páginas en que los legionarios contestan las cartas de los lectores... y no hay mucho más para decir sobre la faz gráfica de este TPB.
Cierro acá, entonces, mi paseo por este Siglo XXXI en el que Mark Waid y Barry Kitson se jugaron a rebootear EN SERIO a la Legion, y a meterle un montón de conceptos tan atractivos como difíciles de bancar en el largo plazo. Será por eso que antes de llegar al número 40 la serie ya había cambiado de autores y de dirección, y que luego sería explicada como perteneciente a un universo paralelo, despegado del DCU titular. A partir de 2009, el foco se desplazaría hacia OTRA Legion, mucho más en sintonía con la clásica, la de la continuidad pre-Crisis, y esta sería prácticamente barrida abajo de la alfombra. Por suerte, más allá de los manoseos editoriales, quedan seis libros muy disfrutables, hoy y dentro de mil años.
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jueves, 26 de junio de 2014
26/ 06: TODO CLEMENTE Vol.13-16
Ultima tanda de estos libritos de Clemente editados el año pasado por Clarín. Es un material que yo desconocía por completo y en el que me encuentro –por suerte- con unos cuantos chistes (y “sagas” de chistes) que trascienden la coyuntura, que se disfrutan de modo atemporal e incluso algunos que le permiten a Caloi hacer gala de su apabullante virtuosismo gráfico.
El primer tomito arranca con un arco de Clemente con el Psicoanalista, muy basado en el “humor radial”, en juegos de palabras que no requieren del dibujo para ser graciosos. Recién cuando el Psicoanalista empieza a analizar a las hinchadas (y queda cara a cara con el hincha de Camerún) la cosa levanta un poquito. Después viene un arco en el que Caloi aborda el tema de la religión de modo bastante efectivo. El Mundial ´98 nos lleva a Francia, donde aparece otro personaje que debutó (creo) en los cortos para la tele: Yac Custó. Acá tenemos chistes futboleros y, cuando Argentina queda afuera, empalmamos con chistes acerca de la vida subacuática, muy ingeniosos. Y finalmente, una de esas ideas locas y brillantes de Caloi: para combatir a la globalización, Clemente se hace cuadrado. Acá reaparece el mundo de la síntesis, un clásico de los primeros años, y la tira encuentra la manera de hablar de política de un modo poco obvio, muy interesante.
En el tomito con tiras de 2000-02 se incorpora el color. La primera “saga” vuelve a hacer énfasis en la brecha generacional, con Clemente y Jacinto satirizando al mundo del rock, desde los nombres de las bandas hasta los shows en vivo. El color me resultó muy estridente, algo que se corregirá en los tomos futuros. De pronto, Caloi retoma el tema de la Mulatita, olvidada hacía años. Ya no le dicen Clementina, y vuelven a suceder con ella cosas que habían sucedido 20 años atrás. Igual tiene muy buenos chistes, muchos de ellos de “humor radial”. Y terminamos con una larga sucesión de chistes políticos, centrados en la coyuntura de la segunda mitad de 2001, cuando Clemente se convierte en la cara del “voto bronca” que gana las elecciones legislativas previas al derrumbe del gobierno de la Alianza. Acá también hay buenas ideas gráficas, además de los juegos de palabras.
El Vol.15 abre con más chistes de coyuntura, con EEUU en Irak, Menem y Kirchner en el frustrado ballotage, etc. Después viene un arco muy gracioso en el que el co-protagonista es... un teléfono. Y para el final, un extenso arco con el Nono, un Clemente viejito que habla en cocoliche y mantiene diálogos muy graciosos con Jacinto. Para las últimas tiras (con el Clementosaurio) ya el color es mucho más tranqui, más lindo.
Ya en pleno gobierno de Néstor, el Vol.16 arranca con un montón de páginas de chistes futboleros, con mucho juego de palabras y alguna que otra buena idea visual. La economía y la crisis del campo se ven reflejadas en la saguita del perro verde, completamente inescrutable fuera de su contexto original. Y cerramos con una serie de chistes centrados en el sexo, con la Mulatona en el centro de la escena y un lenguaje bastante subido de tono, sobre todo si lo comparamos con las tiras de los ´70 y ´80.
Así llegamos a 2009. Faltarían los últimos tres años y monedas de la tira, que deben estar resumidos en el tomito que me falta. La verdad es que el balance es positivo. A pesar de que gradualmente la coyuntura (en una de esas, la urgencia de las cosas que nos pasaron a los argentinos del ´73 para acá) le fue ganando terreno a ese surrealismo atorrante, poético y genial de los primeros años, Caloi supo mechar tiras en las que Clemente y su mundo brillaron por sobre el comentario mordaz sobre las noticias del diario (el famoso “¿vio que tal cosa...?”). Más basado en los prodigios gráficos y plásticos de Caloi, o más jugado a los malabares verbales, a la tira nunca le faltó humor; y fue un humor original, cercano a la gente, que rara vez apeló al mínimo denominador común.
No sé cuántos años faltan para que la gente que leyó a Clemente todos los días en la contratapa de Clarín durante 39 años se olvide de ese compinche, de ese amigo que le abría las puertas a la sonrisa, al delirio, e incluso a una bajada de línea rebelde en las épocas en las que eso era peligroso. Y no dudo que debe ser dificilísimo reemplazar a Clemente... pero la porquería inmunda que hoy ocupa su lugar no es en absoluto digna de ocupar ese espacio, ni siquiera en el contexto paupérrimo que exhibe hoy la contratapa del house organ de la Corpo.
El primer tomito arranca con un arco de Clemente con el Psicoanalista, muy basado en el “humor radial”, en juegos de palabras que no requieren del dibujo para ser graciosos. Recién cuando el Psicoanalista empieza a analizar a las hinchadas (y queda cara a cara con el hincha de Camerún) la cosa levanta un poquito. Después viene un arco en el que Caloi aborda el tema de la religión de modo bastante efectivo. El Mundial ´98 nos lleva a Francia, donde aparece otro personaje que debutó (creo) en los cortos para la tele: Yac Custó. Acá tenemos chistes futboleros y, cuando Argentina queda afuera, empalmamos con chistes acerca de la vida subacuática, muy ingeniosos. Y finalmente, una de esas ideas locas y brillantes de Caloi: para combatir a la globalización, Clemente se hace cuadrado. Acá reaparece el mundo de la síntesis, un clásico de los primeros años, y la tira encuentra la manera de hablar de política de un modo poco obvio, muy interesante.
En el tomito con tiras de 2000-02 se incorpora el color. La primera “saga” vuelve a hacer énfasis en la brecha generacional, con Clemente y Jacinto satirizando al mundo del rock, desde los nombres de las bandas hasta los shows en vivo. El color me resultó muy estridente, algo que se corregirá en los tomos futuros. De pronto, Caloi retoma el tema de la Mulatita, olvidada hacía años. Ya no le dicen Clementina, y vuelven a suceder con ella cosas que habían sucedido 20 años atrás. Igual tiene muy buenos chistes, muchos de ellos de “humor radial”. Y terminamos con una larga sucesión de chistes políticos, centrados en la coyuntura de la segunda mitad de 2001, cuando Clemente se convierte en la cara del “voto bronca” que gana las elecciones legislativas previas al derrumbe del gobierno de la Alianza. Acá también hay buenas ideas gráficas, además de los juegos de palabras.
El Vol.15 abre con más chistes de coyuntura, con EEUU en Irak, Menem y Kirchner en el frustrado ballotage, etc. Después viene un arco muy gracioso en el que el co-protagonista es... un teléfono. Y para el final, un extenso arco con el Nono, un Clemente viejito que habla en cocoliche y mantiene diálogos muy graciosos con Jacinto. Para las últimas tiras (con el Clementosaurio) ya el color es mucho más tranqui, más lindo.
Ya en pleno gobierno de Néstor, el Vol.16 arranca con un montón de páginas de chistes futboleros, con mucho juego de palabras y alguna que otra buena idea visual. La economía y la crisis del campo se ven reflejadas en la saguita del perro verde, completamente inescrutable fuera de su contexto original. Y cerramos con una serie de chistes centrados en el sexo, con la Mulatona en el centro de la escena y un lenguaje bastante subido de tono, sobre todo si lo comparamos con las tiras de los ´70 y ´80.
Así llegamos a 2009. Faltarían los últimos tres años y monedas de la tira, que deben estar resumidos en el tomito que me falta. La verdad es que el balance es positivo. A pesar de que gradualmente la coyuntura (en una de esas, la urgencia de las cosas que nos pasaron a los argentinos del ´73 para acá) le fue ganando terreno a ese surrealismo atorrante, poético y genial de los primeros años, Caloi supo mechar tiras en las que Clemente y su mundo brillaron por sobre el comentario mordaz sobre las noticias del diario (el famoso “¿vio que tal cosa...?”). Más basado en los prodigios gráficos y plásticos de Caloi, o más jugado a los malabares verbales, a la tira nunca le faltó humor; y fue un humor original, cercano a la gente, que rara vez apeló al mínimo denominador común.
No sé cuántos años faltan para que la gente que leyó a Clemente todos los días en la contratapa de Clarín durante 39 años se olvide de ese compinche, de ese amigo que le abría las puertas a la sonrisa, al delirio, e incluso a una bajada de línea rebelde en las épocas en las que eso era peligroso. Y no dudo que debe ser dificilísimo reemplazar a Clemente... pero la porquería inmunda que hoy ocupa su lugar no es en absoluto digna de ocupar ese espacio, ni siquiera en el contexto paupérrimo que exhibe hoy la contratapa del house organ de la Corpo.
miércoles, 25 de junio de 2014
25/ 06: THE BEST OF MILLIGAN & McCARTHY
Otro libro brutal, de más de 250 páginas, imposible de bajar en un sólo día. Esta fastuosa edición reúne todas las obras de una de las duplas más increíbles de la historia del comic: los británicos Peter Milligan y Brendan McCarthy, quienes entre 1978 y 1991 redefinieron el concepto de vanguardia, de delirio, de experimentación.
La única cagada es que de algunas obras hay sólo fragmentos, no están completas. Eso duele particularmente en Sooner or Later, una serie que salía en las contratapas de la 2000 A.D. y que debe ser muy difícil de tener completa, porque se publicaba de a una página por semana allá por 1986. Pero hay varias obras completas, unitarios perdidos en antologías imposibles, proyectos que quedaron truncos, textos, bocetos, ilustraciones, un montón de material que nos permite ver la evolución de estos dos genios y cómo –transitando siempre a contramano de las modas- le cambiaron la cara al comic de los ´80, de ambos lados del Atlántico.
Porque además, Milligan y McCarthy fueron pioneros en las invasiones inglesas a EEUU. En 1982, cuando nadie de este lado del mundo conocía a Alan Moore, ellos ya estaban publicando en editoriales yankis, con material MUY arriesgado, muy alejado de la chatura general del mainstream americano. Para el ´85 ya tenían su propia antología, Strange Days, donde aparecieron Paradax (una afiladísima sátira al género de los superhéroes) y Freakwave, una epopeya post-holocausto que empezó para el lado de Mad Max y terminó para el lado del Philippe Druillet más demencial. La primera etapa de Freakwave es la otra serie que, lamentablemente, no se republica en su totalidad.
El libro también trae la primera colaboración de la dupla, The Electric Hoax, las historias cortas que realizaron para aquel comic-book de Paradax que editó Vortex en Canadá, la segunda etapa de Freakwave (mucho más delirante y compleja que la primera), The Hollow Circus (un unitario extrañísimo), Summer of Love (una historieta que salía semanalmente en un diario, valioso intento de comedia romántica con elementos fantásticos, tempranamente abortada cuando el diario se fue al descenso), algunas páginas de aquel número de Shade The Changing Man que marcó la última colaboración de la dupla, y lo más importante: las dos mejores obras de la dupla, completas. Skin y Rogan Gosh, piezas fundamentales de este rompecabezas (nada fáciles de conseguir durante años), reaparecen ahora en este recopilatorio.
Skin es casi un mundo aparte. Es la única historieta sin elementos fantásticos, en la que el guión tiene un rigor absoluto, ceñido a una estructura dramática clásica, aunque en una temática poco convencional. Y con un dibujo que se va al carajo gracias al color incorporado con pasteles por la gran Carol Swain y gracias a la decisión de McCarthy de no dibujarle recuadros a las viñetas. Y el resto, ¿por qué parece que estamos leyendo una cosa rara, surrealista, difícil de penetrar, con textos y dibujos que muchas veces no terminan de ensamblarse? El propio Milligan explica que ellos no intentaban reproducir los mecanismos del relato cinematográfico, sino más bien los de las canciones, las estructuras musicales, que les permitían evocar distintos climas y sensaciones, y darle un ritmo distinto a la interacción entre imágenes y textos.
Rogan Gosh debe ser el momento en el que el dibujo de McCarthy alcanza su pico más perfecto. Página tras página, el maestro corre los límites de lo que se puede (o no) hacer en una historieta. El guión, por su parte, es complejísimo, podría dedicarle tres reseñas sólo a tratar de explicarlo de modo superficial. Digamos que Milligan combina varios niveles de realidad, en el que se mezclan Rudyard Kipling pasado de opio, la cocina, la cosmogonía y las injusticias sociales de la India, un meta-comic con una especie de superhéroe, y conceptos muy locos acerca de la reencarnación, la sexualidad, el amor y el karma. Esto hay que verlo para creerlo, y dedicarle varias lecturas para descifrarlo.
Es muy injusto dedicarle a un libro que ofrece varias obras completas el mismo espacio que a libritos con 45 páginas de una sóla historieta, pero bueno, es lo que hay. Pido las disculpas correspondientes y recomiendo fervientemente la adquisición de este maravilloso masacote que estalla con la creatividad, la imaginación y las ganas de romper con todo que tenían en los ´80 estos dos monstruos llamados Peter Milligan y Brendan McCarthy.
La única cagada es que de algunas obras hay sólo fragmentos, no están completas. Eso duele particularmente en Sooner or Later, una serie que salía en las contratapas de la 2000 A.D. y que debe ser muy difícil de tener completa, porque se publicaba de a una página por semana allá por 1986. Pero hay varias obras completas, unitarios perdidos en antologías imposibles, proyectos que quedaron truncos, textos, bocetos, ilustraciones, un montón de material que nos permite ver la evolución de estos dos genios y cómo –transitando siempre a contramano de las modas- le cambiaron la cara al comic de los ´80, de ambos lados del Atlántico.
Porque además, Milligan y McCarthy fueron pioneros en las invasiones inglesas a EEUU. En 1982, cuando nadie de este lado del mundo conocía a Alan Moore, ellos ya estaban publicando en editoriales yankis, con material MUY arriesgado, muy alejado de la chatura general del mainstream americano. Para el ´85 ya tenían su propia antología, Strange Days, donde aparecieron Paradax (una afiladísima sátira al género de los superhéroes) y Freakwave, una epopeya post-holocausto que empezó para el lado de Mad Max y terminó para el lado del Philippe Druillet más demencial. La primera etapa de Freakwave es la otra serie que, lamentablemente, no se republica en su totalidad.
El libro también trae la primera colaboración de la dupla, The Electric Hoax, las historias cortas que realizaron para aquel comic-book de Paradax que editó Vortex en Canadá, la segunda etapa de Freakwave (mucho más delirante y compleja que la primera), The Hollow Circus (un unitario extrañísimo), Summer of Love (una historieta que salía semanalmente en un diario, valioso intento de comedia romántica con elementos fantásticos, tempranamente abortada cuando el diario se fue al descenso), algunas páginas de aquel número de Shade The Changing Man que marcó la última colaboración de la dupla, y lo más importante: las dos mejores obras de la dupla, completas. Skin y Rogan Gosh, piezas fundamentales de este rompecabezas (nada fáciles de conseguir durante años), reaparecen ahora en este recopilatorio.
Skin es casi un mundo aparte. Es la única historieta sin elementos fantásticos, en la que el guión tiene un rigor absoluto, ceñido a una estructura dramática clásica, aunque en una temática poco convencional. Y con un dibujo que se va al carajo gracias al color incorporado con pasteles por la gran Carol Swain y gracias a la decisión de McCarthy de no dibujarle recuadros a las viñetas. Y el resto, ¿por qué parece que estamos leyendo una cosa rara, surrealista, difícil de penetrar, con textos y dibujos que muchas veces no terminan de ensamblarse? El propio Milligan explica que ellos no intentaban reproducir los mecanismos del relato cinematográfico, sino más bien los de las canciones, las estructuras musicales, que les permitían evocar distintos climas y sensaciones, y darle un ritmo distinto a la interacción entre imágenes y textos.
Rogan Gosh debe ser el momento en el que el dibujo de McCarthy alcanza su pico más perfecto. Página tras página, el maestro corre los límites de lo que se puede (o no) hacer en una historieta. El guión, por su parte, es complejísimo, podría dedicarle tres reseñas sólo a tratar de explicarlo de modo superficial. Digamos que Milligan combina varios niveles de realidad, en el que se mezclan Rudyard Kipling pasado de opio, la cocina, la cosmogonía y las injusticias sociales de la India, un meta-comic con una especie de superhéroe, y conceptos muy locos acerca de la reencarnación, la sexualidad, el amor y el karma. Esto hay que verlo para creerlo, y dedicarle varias lecturas para descifrarlo.
Es muy injusto dedicarle a un libro que ofrece varias obras completas el mismo espacio que a libritos con 45 páginas de una sóla historieta, pero bueno, es lo que hay. Pido las disculpas correspondientes y recomiendo fervientemente la adquisición de este maravilloso masacote que estalla con la creatividad, la imaginación y las ganas de romper con todo que tenían en los ´80 estos dos monstruos llamados Peter Milligan y Brendan McCarthy.
Etiquetas:
antología,
Brendan McCarthy,
Peter Milligan
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