Este libro me lo compré de cebado, porque quedé re-manija con Sakuran, el manga de Moyoco Anno que reseñé el 10/03/13. Pero Insufficient Direction no tiene nada que ver con Sakuran: ni la temática ni la estética se parecen. Esta es una obra autobiográfica, en la que la autora cuenta en clave de joda cómo es su vida cotidiana junto a su marido, Hideaki Anno, consagrado director de animé, famoso sobre todo por haber creado el hiper-hitazo Neon Genesis Evangelion. ¿Una comedia satírica autobiográfica, dibujada en un estilo más cercano al humor gráfico, con línea chunga y escasísimos fondos? ¿Qué carajo es esto?
Esto es una cátedra de Moyoco Anno, ni más ni menos. Olvidate del dibujo. Es un rubro en el que Moyoco deslumbra en muy contadas ocasiones, cuando deforma la realidad para mostrarnos las cosas tal como ella o su marido las imaginan, en contraste con lo que realmente sucede. En la hojeada general del ibro, el dibujo es cualquiera. No sólo no suma sino que -si venís esperando la línea compleja y sofisticada que vimos en Sakuran- capaz que incluso resta. Casi siempre te vas a topar con un dibujo feo, apurado, al borde del grotesco, pero totalmente funcional a lo que la autora quiere contar.
¿Y qué quiere contar? El Lado B de su marido, considerado por millones como un genio creativo. Acá, Hideaki Anno (apodado Director Kun) aparece retratado como un nabo atómico, un otaku mal cebado que no puede parar de comprar muñecos, mangas y DVDs de animé, que se la pasa citando diálogos enteros de sus series favoritas, que se sabe de memoria las letras de los openings de miles de animés, que colecciona hasta cinturones y brazaletes usados por actores de quinta en los tokusatsus más desgarradores de todos los tiempos, y que encima se baña poco y rara vez pone a lavar su ropa interior. Imaginate cómo debe ser convivir todos los días de tu vida con un energúmeno de esa categoría. Bueno, eso es lo que cuenta su esposa en este manga.
Por supuesto, las anécdotas que repasa Moyoco en cada uno de estos episodios de 6 páginas están barnizadas para que sean más graciosas. Algunos chistes los agregó el propio Hideaki, que se cagó de risa con la forma en que su mujer sacó los trapitos al sol y que -en un texto que complementa al manga- se hace cargo de ser un otaku hecho mierda para el cual la vida no tiene sentido sin una sobredosis permanente de manga, animé y tokusatsu. Lo más logrado lo encontré en esas secuencias en las que Moyoco no sabe cómo reaccionar ante las excentricidades de su marido: no sabe si resignarse, si convertirse ella también en una otaku cuasi-descerebrada, o si combatirlo, marcarle la cancha y tratar de encauzarlo para que se parezca un toque más a un tipo normal de más de 40 años. La mina por momentos engrana y lo quiere matar, pero después se acuerda que ella también es autora de manga, y que ama al manga, y entonces medio que lo entiende y le perdona que sea tan freak. Esa lucha interna de Moyoco está brillantemente plasmada.
Los diálogos son un delirio, repletos de referencias a todo este mundo en el que Hideaki está inmerso y en el que de a poco va sumergiendo a su esposa. Yo con algunos de mis amigos meto referencias comiqueras en cualquier lado, ellos me contestan con hechizos del Dr. Strange o con términos acuñados por Jodorowsky en La Casta de los Metabarones, y nos cagamos de risa. Pero es un rato, de vez en cuando. Estos dos enfermitos están así todo el santo día, en cualquier situación. Por suerte Moyoco no muestra a la pareja compartiendo escenas de sexo, pero uno supone que el limado de Hideaki debe hacer las poses y gritar las frases de Ultraman incluso mientras garcha.
Y al final, un postre maravilloso. La edición yanki de Vertical trae 30 páginas en las que Yasuhiro Kamimura y Ed Chavez diseccionan la obra viñeta por viñeta para brindarnos bocha de data acerca de TODOS los autores, series y personajes, ya sea de manga, animé o tokusatsu, de colecciones de coñemus, de parques de diversiones… de TODO lo que mencionan los dos Anno en el manga. Ahí hay tanta información que este libro no lo puedo clavar en un estante de la biblioteca. Lo tengo que tener siempre acá, en el escritorio, a mano, listo para consultarlo cada vez que me toque escribir sobre manga, animé o boludeces afines. Posta, vale la pena comprarse el libro sólo por los textos, aunque no te cebe la historieta.
Si sos de los muchos que compraron la imagen de Hideaki Anno como maestro de la imaginación, capo del animé y de la vida, acá vas a ver cómo desde el cariño y el amor, su esposa nos lo muestra de un modo totalmente distinto, en un manga atípico porque es 100% en joda y son pocos los mangas cómicos que se publican en Occidente. Y ya está. No más manga hasta el 2015, a ver si termino tan arruinado como “Director Kun”.
miércoles, 10 de diciembre de 2014
martes, 9 de diciembre de 2014
09/12: FABLES Vol.17
Y al final me clavé otro tomito de Fables. Que además me viene bárbaro, porque tengo poco tiempo para escribir y en este caso me ahorro todo el párrafo que habitualmente le dedico a los dibujantes.
Este libro trae un arco de cuatro episodios y dos unitarios. El arco central y el unitario de Navidad están dibujados por Mark Buckingham, ídolo absoluto, con una producción enorme que no va para nada en detrimento de la calidad. Y el unitario restante se compone de varias historias muy cortitas, algunas al filo del chiste largo, que quizás algún día tengan alguna conexión importante con alguna de las tramas centrales. Acá hay un mix de dibujantes, todos buenos: P. Craig Russell, Adam Hughes, Ramón Bachs y un combo muy interesante entre Zander Cannon y Jim Fern. Ninguno logra eclipsar a Buckingham, ni por asomo.
El unitario de Navidad arranca como un epílogo al arco principal (ahora vamos, bancá un toque) y termina por darle mucha chapa a Rose Red, que pareciera ser el personaje al que más carnadura, más complejidad y más peso en la trama le quiere dar el guionista Bill Willigham.
Y a su vez, el arco central es un epílogo a lo que sucedió en el Vol.16, es decir, al fin de Mister Dark a manos del personaje que se sacrificó para terminar con el villano, que –ahora sí la spoileo, si no no se puede seguir- no es otro que North Wind, el padre de Bigby Wolf y abuelo de los cachorritos que el lobo tuvo con Blancanieves. Bigby y su padre siempre se llevaron para el orto y el lobo fue un descastado, sin contacto con la casa real de su padre, y por lo tanto sin ninguna posibilidad (ni el más mínimo interés) de ocupar el trono vacante. Así que será uno de sus hijitos, encantadores humanoides con poderes y personalidades copadísimas, quien suceda al difunto abuelo como nuevo Viento Norte.
Por supuesto esto le permitirá a Willingham jugar a las intrigas palaciegas, con los sirvientes del anciano Viento Norte y la presencia de los otros tres Vientos Cardinales, que quieren digitar de algún modo los sucesos que tienen lugar en el Reino de las Planicies Heladas. Bigby va a tener que pelar cintura para sobrellevar todos los embates protocolares y cuasi-políticos que se tejen sobre su familia y, sorprendentemente, el rol de Snow White será menor.
En paralelo, para que haya un poco de acción en medio de este arco muy hablado, Willingham avanza con la historia de Bufkin, de regreso en tierras cercanas al reino de Oz, y ahora al frente de un intento de revolución contra el capanga que agarró la manija cuando este mundo fue liberado del yugo del Adversario. Hasta ahora ese plot da más para la peripecia y la joda que para algo relevante, pero uno ya sabe con qué bueyes ara y Willingham puede clavar el volantazo en cualquier momento y vincular esa trama con cualquiera de las otras del modo menos predecible que nos podeamos imaginar.
Así que lo de Bufkin es lo único que queda colgado para el próximo tomo (al que prometo entraele el mes que viene, así avanzo un poco con otras lecturas) porque lo de la sucesión del Viento Norte se resuelve (muy bien, con sorpresas pero también con coherencia) en este tomo. La verdad que la estoy pasando genial con Fables. Esto es mainstream de enorme nivel, un poco adictivo y sumamente disfrutable por adolescentes y adultos de ambos sexos, sin necesidad de estar muy curtidos en la lectura de comics ni de literatura fantástica. El año que viene, más Fables acá en el blog.
Este libro trae un arco de cuatro episodios y dos unitarios. El arco central y el unitario de Navidad están dibujados por Mark Buckingham, ídolo absoluto, con una producción enorme que no va para nada en detrimento de la calidad. Y el unitario restante se compone de varias historias muy cortitas, algunas al filo del chiste largo, que quizás algún día tengan alguna conexión importante con alguna de las tramas centrales. Acá hay un mix de dibujantes, todos buenos: P. Craig Russell, Adam Hughes, Ramón Bachs y un combo muy interesante entre Zander Cannon y Jim Fern. Ninguno logra eclipsar a Buckingham, ni por asomo.
El unitario de Navidad arranca como un epílogo al arco principal (ahora vamos, bancá un toque) y termina por darle mucha chapa a Rose Red, que pareciera ser el personaje al que más carnadura, más complejidad y más peso en la trama le quiere dar el guionista Bill Willigham.
Y a su vez, el arco central es un epílogo a lo que sucedió en el Vol.16, es decir, al fin de Mister Dark a manos del personaje que se sacrificó para terminar con el villano, que –ahora sí la spoileo, si no no se puede seguir- no es otro que North Wind, el padre de Bigby Wolf y abuelo de los cachorritos que el lobo tuvo con Blancanieves. Bigby y su padre siempre se llevaron para el orto y el lobo fue un descastado, sin contacto con la casa real de su padre, y por lo tanto sin ninguna posibilidad (ni el más mínimo interés) de ocupar el trono vacante. Así que será uno de sus hijitos, encantadores humanoides con poderes y personalidades copadísimas, quien suceda al difunto abuelo como nuevo Viento Norte.
Por supuesto esto le permitirá a Willingham jugar a las intrigas palaciegas, con los sirvientes del anciano Viento Norte y la presencia de los otros tres Vientos Cardinales, que quieren digitar de algún modo los sucesos que tienen lugar en el Reino de las Planicies Heladas. Bigby va a tener que pelar cintura para sobrellevar todos los embates protocolares y cuasi-políticos que se tejen sobre su familia y, sorprendentemente, el rol de Snow White será menor.
En paralelo, para que haya un poco de acción en medio de este arco muy hablado, Willingham avanza con la historia de Bufkin, de regreso en tierras cercanas al reino de Oz, y ahora al frente de un intento de revolución contra el capanga que agarró la manija cuando este mundo fue liberado del yugo del Adversario. Hasta ahora ese plot da más para la peripecia y la joda que para algo relevante, pero uno ya sabe con qué bueyes ara y Willingham puede clavar el volantazo en cualquier momento y vincular esa trama con cualquiera de las otras del modo menos predecible que nos podeamos imaginar.
Así que lo de Bufkin es lo único que queda colgado para el próximo tomo (al que prometo entraele el mes que viene, así avanzo un poco con otras lecturas) porque lo de la sucesión del Viento Norte se resuelve (muy bien, con sorpresas pero también con coherencia) en este tomo. La verdad que la estoy pasando genial con Fables. Esto es mainstream de enorme nivel, un poco adictivo y sumamente disfrutable por adolescentes y adultos de ambos sexos, sin necesidad de estar muy curtidos en la lectura de comics ni de literatura fantástica. El año que viene, más Fables acá en el blog.
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domingo, 7 de diciembre de 2014
07/12: HOY HAY… DIBUJADOS!
Hoy no hay reseña y mañana tampoco, por un motivo más que feliz, que es una nueva edición de Dibujados, el gran encuentro que nuclea a dibujantes, guionistas e ilustradores de la escena local.
Como siempre, vienen artistas y editores de distintos lugares del país, hay charlas, talleres, presentaciones de libros, homenajes a destacados autores, alguna banda que toca en vivo, sorteos, muchos stands con material a muy buenos precios y una consigna solidaria: la entrada es gratuita, pero se solicita un aporte de alimentos no perecederos para ser donados a las zonas más carenciadas de la provincia de Chaco.
Este Dibujados tendrá por sede el Teatro Mandril, en Humberto Primo 2758 (pleno barrio de San Cristóbal) y va a durar desde las 15 de hoy domingo hasta las 21 hs de mañana lunes.
Nos vemos allá, y el martes vuelven las reseñas.
Como siempre, vienen artistas y editores de distintos lugares del país, hay charlas, talleres, presentaciones de libros, homenajes a destacados autores, alguna banda que toca en vivo, sorteos, muchos stands con material a muy buenos precios y una consigna solidaria: la entrada es gratuita, pero se solicita un aporte de alimentos no perecederos para ser donados a las zonas más carenciadas de la provincia de Chaco.
Este Dibujados tendrá por sede el Teatro Mandril, en Humberto Primo 2758 (pleno barrio de San Cristóbal) y va a durar desde las 15 de hoy domingo hasta las 21 hs de mañana lunes.
Nos vemos allá, y el martes vuelven las reseñas.
sábado, 6 de diciembre de 2014
06/12: LA TORRE DE BURBUJA
Esta es otra obra a la que vi nacer en el tablero del dibujante, Martín Túnica, cuando recién se embarcaba en el proyecto, sin tener idea de que eventualmente el libro terminaría por pubicarse en varios países con muy buena repercusión. Aún así, sin saber con demasiada certeza qué iba a suceder y sin conocerse personalmente con el guionista (el peruano Antonio Taboada) Martín Túnica (hermano mellizo de Pablo) se comprometió a full con el trabajo y entregó casi 80 páginas a un nivel altísimo. En un estilo mucho más realista que el de Pablo, “Marto” encontró su propia voz, su propio tono, durante la realización de La Torre de Burbuja. Logró integrar con solvencia la referencia fotográfica, aplicar los grises con técnicas muy distintas, pero siempre con gran criterio, jugar con el trazo finito del plumín y con la pincelada bien heavy, y hasta armar truquitos “con la cámara”, a la que la vemos moverse de un modo muy original, muy atractivo, para lograr efectos narrativos muy gancheros. Esto se ve realmente bien, y parece la obra de un tipo recontra-profesional con 30 años de trabajo contínuo en el medio, no una de las primeras obras extensas de un muchacho de 28 o 29 años, que eran los que tenía Martín cuando encaró este proyecto.
El guión de Antonio Taboada es sumamente atípico. Ya desde el texto anónimo de la contratapa y el prólogo de Dante Ginevra, nos vienen avisando que estamos por leer una historieta distinta, en la que los hechos no están narrados de forma tradicional. Muy sutilmente, esos textos nos invitan a abrir el paraguas, para que no nos empape el chubasco si finalmente la historia se va al carajo, o si Taboada se pasa de vanguardista en el planteo, el desarrollo o la resolución de los conflictos. Y la verdad es que, leída con el paraguas abierto, sabiendo de antemano que puede pasar cualquier cosa y que todo se puede llegar a resolver (o no) del modo más fumanchero posible, La Torre de Burbuja es una lectura muy entretenida, y por momentos hasta enriquecedora.
Taboada juega con los sueños, con los símbolos, con deja-vus mutantes, recuerdos distorsionados de vidas no del todo reales. En un punto, todo parece tener sentido y de pronto, un volantazo del guión sacude todo a la mierda… varias veces. Pero no parecen ser volantazos caprichosos, sino muy calculados por parte del guionista, que busca eso: las múltiples interpretaciones, los interrogantes que quedan abiertos… De eso se tratan los sueños y los símbolos, al fin y al cabo. Felizmente, estos coqueteos con la locura (que es un tema central de la obra) están sustentados por una estructura dramática fuerte, una historia de gran dinamismo, que nunca te aburre y siempre logra generar la intriga suficiente como para que quieras seguir enganchado hasta el final.
O sea que hay una cuota de delirio, de fumanchereada, de climas y sacudones extraños al mejor estilo David Lynch, pero no es un comic críptico, ni pensado para excluir al lector por la vía de la excesiva sofisticación, o del mero aburrimiento. Es un guión complejo, con varias capas para descubrir en sucesivas relecturas, atravesado por misterios, saberes y enigmas que lo elevan por sobre la simple acumulación de peripecias y saltos al vacío.
Hechas estas salvedades, tomadas estas precauciones, me parece justo recomendar la lectura de La Torre de Burbuja a aquellos que estén buscando relatos distintos, más jugados e impredecibles. Por supuesto, me gustaría leer otras obras de Antonio Taboada, para terminar de sacarle la ficha, a ver si es siempre así, o si acá se sacó el gusto de pelar una obra extraña, a todo o nada. Y obviamente quiero más historietas de Martín Túnica, porque me queda clarísimo que este trabajo lo pone entre los grandes dibujantes de estilo realista que tiene hoy la historieta argentina. Aplaudo, además, la decisión de Loco Rabia de publicar una obra de estos dos notables artistas, hasta aquí ausentes de la escena editorial y hoy, gracias a este libro, ya parados sobre un éxito que ojalá les abra muchas puertas.
El guión de Antonio Taboada es sumamente atípico. Ya desde el texto anónimo de la contratapa y el prólogo de Dante Ginevra, nos vienen avisando que estamos por leer una historieta distinta, en la que los hechos no están narrados de forma tradicional. Muy sutilmente, esos textos nos invitan a abrir el paraguas, para que no nos empape el chubasco si finalmente la historia se va al carajo, o si Taboada se pasa de vanguardista en el planteo, el desarrollo o la resolución de los conflictos. Y la verdad es que, leída con el paraguas abierto, sabiendo de antemano que puede pasar cualquier cosa y que todo se puede llegar a resolver (o no) del modo más fumanchero posible, La Torre de Burbuja es una lectura muy entretenida, y por momentos hasta enriquecedora.
Taboada juega con los sueños, con los símbolos, con deja-vus mutantes, recuerdos distorsionados de vidas no del todo reales. En un punto, todo parece tener sentido y de pronto, un volantazo del guión sacude todo a la mierda… varias veces. Pero no parecen ser volantazos caprichosos, sino muy calculados por parte del guionista, que busca eso: las múltiples interpretaciones, los interrogantes que quedan abiertos… De eso se tratan los sueños y los símbolos, al fin y al cabo. Felizmente, estos coqueteos con la locura (que es un tema central de la obra) están sustentados por una estructura dramática fuerte, una historia de gran dinamismo, que nunca te aburre y siempre logra generar la intriga suficiente como para que quieras seguir enganchado hasta el final.
O sea que hay una cuota de delirio, de fumanchereada, de climas y sacudones extraños al mejor estilo David Lynch, pero no es un comic críptico, ni pensado para excluir al lector por la vía de la excesiva sofisticación, o del mero aburrimiento. Es un guión complejo, con varias capas para descubrir en sucesivas relecturas, atravesado por misterios, saberes y enigmas que lo elevan por sobre la simple acumulación de peripecias y saltos al vacío.
Hechas estas salvedades, tomadas estas precauciones, me parece justo recomendar la lectura de La Torre de Burbuja a aquellos que estén buscando relatos distintos, más jugados e impredecibles. Por supuesto, me gustaría leer otras obras de Antonio Taboada, para terminar de sacarle la ficha, a ver si es siempre así, o si acá se sacó el gusto de pelar una obra extraña, a todo o nada. Y obviamente quiero más historietas de Martín Túnica, porque me queda clarísimo que este trabajo lo pone entre los grandes dibujantes de estilo realista que tiene hoy la historieta argentina. Aplaudo, además, la decisión de Loco Rabia de publicar una obra de estos dos notables artistas, hasta aquí ausentes de la escena editorial y hoy, gracias a este libro, ya parados sobre un éxito que ojalá les abra muchas puertas.
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viernes, 5 de diciembre de 2014
05/12: FABLES Vol.16
Ah, bueno, ahora sí. De un modo totalmente impredecible, el maestro Bill Willingham le pone fin a la saga de Mister Dark que amagaba con terminar en el n° 100 y se terminó por extender algunos episodios más. De pronto, lo que no se resolvió en cuatro TPBs se resuelve en… ocho páginas y uno se queda atónito, estupefacto, más idiota que de costumbre. Es una resolución lógica, válida, verosímil. Lo que no se entiende es cuál era la necesidad de demorarla tanto.
Pero vamos a lo primero: el TPB arranca con un unitario en el que Willingham retoma a Bufkin, uno de los pocos miembros del elenco que permanecía en las ruinas de Fabletown, y lo lanza hacia una nueva aventura, que supongo retomará en unitarios posteriores. Y sigamos con lo último: el TPB cierra con otro unitario, esta vez pensado para retomar una punta que había quedado abierta hace muchos, muchos tomos, que es la que tiene que ver con la Bella Durmiente y aquella vez en la que durmió a cerca de un millón de personas en la ciudad que alguna vez fuera capital del Imperio. La historia que Willingham quería contar con este personaje ya la vimos (en el primer TPB de Fairest, reseñado el 12/09/14) pero para hacerla viable había que retomar a la Bella Durmiente desde donde la había dejado la última vez. Los dos unitarios son, entonces, prólogos a otra cosa, mecanismos para reactivar tramas semi-desactivadas. Lujos, en una palabra, que te podés dar cuando tenés una serie ilimitada, con un elenco numerosísimo y una hinchada fiel, que no te putea si cada tanto te desvías de la trama central para explorar historias marginales.
En el medio entre los dos unitarios, tenemos los cuatro episodios de Super Team, el arco argumental en el que veremos la caída final de Mister Dark y el sacrificio de… alguien a quien no voy a nombrar para no spoilear. Eso –ya quedó claro- se resuelve en ocho páginas. El resto, el guionista las dedica a avanzar con las sub-tramas que giran en torno al elenco protagónico (ahora acovachado en Haven) y hay una que podría haber sido un chiste, una boludez anecdótica pero -al mejor estilo South Park- se va de control y termina por comerse el grueso de estas 80 páginas: Pinocchio, hardcore fan de los comics de superhéroes, decide armar un grupito tipo X-Men para combatir a Mister Dark. Convoca a los personajes más poderosos, les pone nombres de superhéroes, les consigue trajes estridentes, y cuando la cosa prende y nadie se quiere quedar afuera del grupo, termina por armar un casting tipo PopStars, a ver quiénes quedan como integrantes de estos F-Men.
Por supuesto, el combate entre los super-Fables y el villano no se produce nunca y todo queda en una gran farsa, una fantochada que Willingham aprovecha para reirse un poco de las convenciones, de los clichés que definen (y a veces lastran) al género superheroico. Se podría haber liquidado en 10, 12 páginas, y terminó por ser el principal artificio para rellenar todas las páginas que no se centran en el duelo final entre Mister Dark y… el personaje que muere para derrotarlo.
Como ya vimos en estos más de 100 episodios, Willingham no suele dejar cabos sueltos, con lo cual seguramente los próximos tomos indagarán minuciosamente en las consecuencias de estas muertes y retomarán a los personajes que quedaron en situaciones medio volátiles, como la enfermera Spratt. El truco de desactivar tramas y personajes sólo por un tiempito le sale muy bien al guionista y, cuando no escasean las ideas, cada cabo aparentemente suelto puede convertirse más adelante en un gran arco argumental.
No me quiero reiterar en los elogios para con el dibujo de Mark Buckingham, que una vez más demuestra lo clara que la tiene. En la rosca y en la machaca, en la sátira y en la tragedia, el inglés pela siempre y sube el listón saga a saga. Para la historia de Bufkin, contamos con la ilustre visita de Eric Shanower (el autor yanki que más y mejor exploró el mundo de Oz) y en el de la Bella Durmiente (que, pobrecita, es la protagonista, pero no dice una palabra) lo tenemos a Terry Moore, el autor de Strangers in Paradise, con un trabajo muy sobrio, muy correcto. Uno lo asocia de inmediato con el blanco y negro, pero acá se complementa muy bien con la paleta de Lee Loughridge.
¿Y ahora que ya sé cómo termina lo de Mister Dark, qué hago? ¿Sigo avanzando con los dos TPBs de Fables que me quedan sin leer, o cuelgo y sigo con otra cosa? Acepto sugerencias.
Pero vamos a lo primero: el TPB arranca con un unitario en el que Willingham retoma a Bufkin, uno de los pocos miembros del elenco que permanecía en las ruinas de Fabletown, y lo lanza hacia una nueva aventura, que supongo retomará en unitarios posteriores. Y sigamos con lo último: el TPB cierra con otro unitario, esta vez pensado para retomar una punta que había quedado abierta hace muchos, muchos tomos, que es la que tiene que ver con la Bella Durmiente y aquella vez en la que durmió a cerca de un millón de personas en la ciudad que alguna vez fuera capital del Imperio. La historia que Willingham quería contar con este personaje ya la vimos (en el primer TPB de Fairest, reseñado el 12/09/14) pero para hacerla viable había que retomar a la Bella Durmiente desde donde la había dejado la última vez. Los dos unitarios son, entonces, prólogos a otra cosa, mecanismos para reactivar tramas semi-desactivadas. Lujos, en una palabra, que te podés dar cuando tenés una serie ilimitada, con un elenco numerosísimo y una hinchada fiel, que no te putea si cada tanto te desvías de la trama central para explorar historias marginales.
En el medio entre los dos unitarios, tenemos los cuatro episodios de Super Team, el arco argumental en el que veremos la caída final de Mister Dark y el sacrificio de… alguien a quien no voy a nombrar para no spoilear. Eso –ya quedó claro- se resuelve en ocho páginas. El resto, el guionista las dedica a avanzar con las sub-tramas que giran en torno al elenco protagónico (ahora acovachado en Haven) y hay una que podría haber sido un chiste, una boludez anecdótica pero -al mejor estilo South Park- se va de control y termina por comerse el grueso de estas 80 páginas: Pinocchio, hardcore fan de los comics de superhéroes, decide armar un grupito tipo X-Men para combatir a Mister Dark. Convoca a los personajes más poderosos, les pone nombres de superhéroes, les consigue trajes estridentes, y cuando la cosa prende y nadie se quiere quedar afuera del grupo, termina por armar un casting tipo PopStars, a ver quiénes quedan como integrantes de estos F-Men.
Por supuesto, el combate entre los super-Fables y el villano no se produce nunca y todo queda en una gran farsa, una fantochada que Willingham aprovecha para reirse un poco de las convenciones, de los clichés que definen (y a veces lastran) al género superheroico. Se podría haber liquidado en 10, 12 páginas, y terminó por ser el principal artificio para rellenar todas las páginas que no se centran en el duelo final entre Mister Dark y… el personaje que muere para derrotarlo.
Como ya vimos en estos más de 100 episodios, Willingham no suele dejar cabos sueltos, con lo cual seguramente los próximos tomos indagarán minuciosamente en las consecuencias de estas muertes y retomarán a los personajes que quedaron en situaciones medio volátiles, como la enfermera Spratt. El truco de desactivar tramas y personajes sólo por un tiempito le sale muy bien al guionista y, cuando no escasean las ideas, cada cabo aparentemente suelto puede convertirse más adelante en un gran arco argumental.
No me quiero reiterar en los elogios para con el dibujo de Mark Buckingham, que una vez más demuestra lo clara que la tiene. En la rosca y en la machaca, en la sátira y en la tragedia, el inglés pela siempre y sube el listón saga a saga. Para la historia de Bufkin, contamos con la ilustre visita de Eric Shanower (el autor yanki que más y mejor exploró el mundo de Oz) y en el de la Bella Durmiente (que, pobrecita, es la protagonista, pero no dice una palabra) lo tenemos a Terry Moore, el autor de Strangers in Paradise, con un trabajo muy sobrio, muy correcto. Uno lo asocia de inmediato con el blanco y negro, pero acá se complementa muy bien con la paleta de Lee Loughridge.
¿Y ahora que ya sé cómo termina lo de Mister Dark, qué hago? ¿Sigo avanzando con los dos TPBs de Fables que me quedan sin leer, o cuelgo y sigo con otra cosa? Acepto sugerencias.
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jueves, 4 de diciembre de 2014
04/12: LOVE SHOTS
Sigo encontrando ediciones yankis de los álbumes de Jacques Loustal y Philippe Paringaux. Pareciera como si los muchachos de Catalan Communications hubieran dicho “hasta que estos yankis no se hagan fans de Loustal, no vamos a parar”. Este tomo reúne seis historias cortas de la dupla, claramente anteriores a Coeurs de Sable, la novela gráfica cuya edición yanki vimos acá en el blog el 17/05/13. El álbum francés en el que se basa (Clichés d´Amour) salió en Francia en 1985, el mismo año que Coeurs de Sable. Pero con sólo mirar los dibujos te das cuenta de que se trata de material realizado en años anteriores.
Esto no es para cualquiera: es historieta europea para adultos, enrolada en la onda vanguardista de principios de los ´80, cuando estos buenos muchachos tenían luz verde para hacer virtualmente cualquier cosa. Paringaux, por ejemplo, no usaba gobos de diálogo para narrar. Loustal respetaba lo mínimo indispensable las convenciones gráficas y narrativas del comic francés y pelaba composiciones, climas, secuencias y anti-secuencias que remiten mucho más a la plástica, o al cine de marcada impronta autoral de aquella época. En este álbum puntual, estos dos marcianos juegan a recorrer EEUU en historias que supuestamente giran en torno al amor. Veamos qué onda.
La primera es una muy buena idea, con un desarrollo ambiguo, acorde con lo que sucede (un gigoló se enamora del macho oficial de su clienta). Sin embargo, es una historia movilizada sobre todo por diálogos y silencios, con lo cual la decisión de no usar globos y contar todo con bloques de texto no parece la más acertada.
La segunda es la que tiene el dibujo más raro, con Loustal a la busca de un trazo distinto, más filoso, incluso más underground. Es la típica historia del boxeador al que le pagan para que pierda y decide no perder, con el agravante de que es negro y vive un affaire con una chica blanca, en una época en la que con eso no se jodía. El guión es muy lindo, gambetea muy bien las obviedades y sabe barnizar con poesía los momentos más brutales.
La tercera… yo creo que ni Paringaux sabe de qué se trata. De hecho, en la contratapa del libro hay un mini-textito de 10-15 palabras sobre cada una de las historias y de esta (The Sand Man) no dice absolutamente nada, casi seguro porque la traductora y el editor tampoco la entendieron. Nada, quedan las incógnitas, y los hermosos dibujos de Loustal.
La cuarta es una historia con otra estructura muy clásica: la minita que sueña con triunfar en Hollywood, se hace bien de abajo, asciende chupando las pijas correctas, llega al estrellato y unos años después muere en el olvido, sin haber compensado nunca los sufrimientos que debió padecer en el duro camino a la fama. Todo esto narrado (agarrate fuerte) en verso. Y la traductora se la banca y logra que su texto traducido al inglés también rime. Impresionante.
La quinta nos muestra a Loustal haciendo lo que más le gusta: dos viñetas por página, grandotas, tipo pantalla de cine, con planos extremos: o panorámicos, o muy cercanos. El guión es buenísimo, sobre todo porque pasan cosas tremendas que el dibujo no muestra y el texto no explicita. Está todo ahí, como sugerido, con mucho, mucho nivel.
Y la última es un relato noir, con mafias, femme fatales, alcohol, sexo y podredumbre, pero con un giro interesante: no está ambientada en una gran urbe, sino en una cabaña en las afueras de un pueblo de Louisiana, cerca del mar y cerca de los pantanos. En sólo 18 páginas, el guión transita por varios climas distintos y Loustal responde siempre bien, siempre con la paleta de colores acorde a cada momento de la trama y a cada locación por donde transita este protagonista al que –en otro capricho narrativo del dibujante- nunca le vemos la cara.
En una palabra: son seis historietas atípicas, repletas de sofisticación aunque menos crípticas de lo que parecen al hojear el álbum. Como decía, hay una sóla indescifrable, y el resto -si no te dejás engañar por las triquiñuelas formales de Loustal y Paringaux- son relatos armados de modo bastante tradicional. Y si comprás comics por los dibujos, esto es un sueño húmedo, mal.
Esto no es para cualquiera: es historieta europea para adultos, enrolada en la onda vanguardista de principios de los ´80, cuando estos buenos muchachos tenían luz verde para hacer virtualmente cualquier cosa. Paringaux, por ejemplo, no usaba gobos de diálogo para narrar. Loustal respetaba lo mínimo indispensable las convenciones gráficas y narrativas del comic francés y pelaba composiciones, climas, secuencias y anti-secuencias que remiten mucho más a la plástica, o al cine de marcada impronta autoral de aquella época. En este álbum puntual, estos dos marcianos juegan a recorrer EEUU en historias que supuestamente giran en torno al amor. Veamos qué onda.
La primera es una muy buena idea, con un desarrollo ambiguo, acorde con lo que sucede (un gigoló se enamora del macho oficial de su clienta). Sin embargo, es una historia movilizada sobre todo por diálogos y silencios, con lo cual la decisión de no usar globos y contar todo con bloques de texto no parece la más acertada.
La segunda es la que tiene el dibujo más raro, con Loustal a la busca de un trazo distinto, más filoso, incluso más underground. Es la típica historia del boxeador al que le pagan para que pierda y decide no perder, con el agravante de que es negro y vive un affaire con una chica blanca, en una época en la que con eso no se jodía. El guión es muy lindo, gambetea muy bien las obviedades y sabe barnizar con poesía los momentos más brutales.
La tercera… yo creo que ni Paringaux sabe de qué se trata. De hecho, en la contratapa del libro hay un mini-textito de 10-15 palabras sobre cada una de las historias y de esta (The Sand Man) no dice absolutamente nada, casi seguro porque la traductora y el editor tampoco la entendieron. Nada, quedan las incógnitas, y los hermosos dibujos de Loustal.
La cuarta es una historia con otra estructura muy clásica: la minita que sueña con triunfar en Hollywood, se hace bien de abajo, asciende chupando las pijas correctas, llega al estrellato y unos años después muere en el olvido, sin haber compensado nunca los sufrimientos que debió padecer en el duro camino a la fama. Todo esto narrado (agarrate fuerte) en verso. Y la traductora se la banca y logra que su texto traducido al inglés también rime. Impresionante.
La quinta nos muestra a Loustal haciendo lo que más le gusta: dos viñetas por página, grandotas, tipo pantalla de cine, con planos extremos: o panorámicos, o muy cercanos. El guión es buenísimo, sobre todo porque pasan cosas tremendas que el dibujo no muestra y el texto no explicita. Está todo ahí, como sugerido, con mucho, mucho nivel.
Y la última es un relato noir, con mafias, femme fatales, alcohol, sexo y podredumbre, pero con un giro interesante: no está ambientada en una gran urbe, sino en una cabaña en las afueras de un pueblo de Louisiana, cerca del mar y cerca de los pantanos. En sólo 18 páginas, el guión transita por varios climas distintos y Loustal responde siempre bien, siempre con la paleta de colores acorde a cada momento de la trama y a cada locación por donde transita este protagonista al que –en otro capricho narrativo del dibujante- nunca le vemos la cara.
En una palabra: son seis historietas atípicas, repletas de sofisticación aunque menos crípticas de lo que parecen al hojear el álbum. Como decía, hay una sóla indescifrable, y el resto -si no te dejás engañar por las triquiñuelas formales de Loustal y Paringaux- son relatos armados de modo bastante tradicional. Y si comprás comics por los dibujos, esto es un sueño húmedo, mal.
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miércoles, 3 de diciembre de 2014
03/12: FABLES Vol.15
Allá por el 20/10/13, cuando me tocó reseñar el tomo anterior de Fables, yo decía “La guerra entre los habitantes de Fabletown y Mister Dark va a ser larga y la vamos a ver desarrollarse casi en cámara lenta”. Y de alguna manera la emboqué. Este tomo, con más de 240 páginas, que incluye el hiper-giant-size n° 100, amagaba con mostrar la resolución definitiva de este conflicto que se viene cocinando a fuego lento desde el Vol.12. Pero acá nada es lo que parece y el amague se quedó en eso, en el amague. Bill Willingham se toma todo el tiempo del mundo en plantear el combate final, a todo o nada contra Mister Dark, y en las últimas páginas, cuando todo parece resuelto, te tira un “Nah, mirá si le van a haber ganado tan fácil”. Y –como en aquella gran novela de Juan Sasturain- la lucha continúa. Habrá que seguir leyendo Fables para ver cómo logran los habitantes de Fabletown (luego exiliados a la Granja y ahora a Haven) ganarle a esta poderosa encarnación del Mal.
Para que te des una idea de la lentitud exasperante con la que avanza todo, Willingham se toma un episodio entero, 22 páginas, para que Mister Dark nos cuente lo grosso que es y la cantidad de poder que está dispuesto a amasar para lograr su objetivo, en un extenso diálogo con un personaje secundario. No hay acción, no pasa nada. Son 22 páginas del villano y North Wind recorriendo la ciudad de Nueva York, poseída y corrompida por el influjo de Mister Dark. Y después sí, ese episodio extra-large, casi una novela gráfica dentro de una serie regular, en la que pasan un montón de cosas zarpadas.
Entre ese unitario en el que no pasa nada y el mega-especial n° 100 (que incluye además un cuento, varias historias cortitas en joda, juegos bocetos y giladas varias), nos comimos casi 130 páginas del TPB. ¿Y las 120 restantes? Ahí Willingham nos cuenta, también a un ritmo recontra-pachorro, toda la previa a la batalla contra Mister Dark, con especial atención puesta en el personaje de Rose Red. Son cinco episodios con la hermana de Blancanieves como eje, en los que su liderazgo en la Granja se pone en crisis, fruto de las incesantes runflas entre facciones que buscan sacarle provecho a la anómala situación de que Fabletown ya no existe y todos sus habitantes deben convivir en esta campiña alejada (y resguardada) de la influencia de Mister Dark.
En el medio, Willingham cuenta historias del pasado, de cuando Snow White y Rose Red eran nenas, sus primeras aventuras, sus primeros romances, el origen de la brecha que separó a las dos hermanas durante siglos, y en esos tramos hay momentos realmente grandiosos. La reinterpretación que hace el autor de la leyenda de Blancanieves, el rol que le da a los siete enanos, la explicación de por qué Blancanieves vive con una madrastra y no con su mamá… todo eso es brillante. Y como además está mechado con muchas secuencias del presente, con varias sub-tramas que evolucionan en paralelo (como la del bebé que esperan la Bella y la Bestia), se hace todo muy entretenido a pesar de que la trama central no avance casi nada.
En el unitario ambientado en Nueva York tenemos a un dibujante suplente llamado Iñaki Miranda, correcto, aunque muy pendiente de la referencia fotográfica. No hace falta ser un hijo de puta inmisericorde para arrojarlo a la fosa común de los infinitos Juan Carlos Flicker. De los dibujantes que aportan historias cortas al n° 100 creo que el que más me gustó fue Joao Ruas. Y después tenemos muchas, muchísimas páginas del maestro Mark Buckingham a un nivel inverosímil. “Bucky” se mata en los fondos, en los vestuarios, dibuja todo tipo de personajes sin repetirse, le da a cada uno rasgos propios, hasta un lenguaje corporal propio, se fuma a tres o cuatro entintadores distintos sin resignar identidad… nada parece detenerlo. Ya para el n° 100, hasta encuentra una nueva forma de sacar provecho de la paleta de Lee Loughridge, al agregarle a sus páginas a tinta sutiles toques de aguada, que realzan muchísimo el color. Como decíamos, es un tomo muy hablado, con poca acción, y Buckingham logra por un lado no aburrirnos nunca en las extensas escenas de diálogo y por el otro, ponernos los pelos de punta sobre el final, cuando estalla la machaca a todo o nada. Diría que este es un trabajo consagratorio para el dibujante británico, pero sería mentira, porque ya estaba consagradísimo hace mucho tiempo. Este es, simplemente, un trabajo magistral, muy por encima de lo que se espera de un obrero del lápiz que entrega 20 o 22 páginas todos los meses.
Y ahora me calenté. Y quiero saber cómo carajo sigue esto. Así que mañana no, porque ya empecé otro libro, pero para el viernes, se viene otra reseña de Fables, a ver si –ya que no llego nunca a ponerme al día- por lo menos me entero cómo carajo le ganan a Mister Dark.
Para que te des una idea de la lentitud exasperante con la que avanza todo, Willingham se toma un episodio entero, 22 páginas, para que Mister Dark nos cuente lo grosso que es y la cantidad de poder que está dispuesto a amasar para lograr su objetivo, en un extenso diálogo con un personaje secundario. No hay acción, no pasa nada. Son 22 páginas del villano y North Wind recorriendo la ciudad de Nueva York, poseída y corrompida por el influjo de Mister Dark. Y después sí, ese episodio extra-large, casi una novela gráfica dentro de una serie regular, en la que pasan un montón de cosas zarpadas.
Entre ese unitario en el que no pasa nada y el mega-especial n° 100 (que incluye además un cuento, varias historias cortitas en joda, juegos bocetos y giladas varias), nos comimos casi 130 páginas del TPB. ¿Y las 120 restantes? Ahí Willingham nos cuenta, también a un ritmo recontra-pachorro, toda la previa a la batalla contra Mister Dark, con especial atención puesta en el personaje de Rose Red. Son cinco episodios con la hermana de Blancanieves como eje, en los que su liderazgo en la Granja se pone en crisis, fruto de las incesantes runflas entre facciones que buscan sacarle provecho a la anómala situación de que Fabletown ya no existe y todos sus habitantes deben convivir en esta campiña alejada (y resguardada) de la influencia de Mister Dark.
En el medio, Willingham cuenta historias del pasado, de cuando Snow White y Rose Red eran nenas, sus primeras aventuras, sus primeros romances, el origen de la brecha que separó a las dos hermanas durante siglos, y en esos tramos hay momentos realmente grandiosos. La reinterpretación que hace el autor de la leyenda de Blancanieves, el rol que le da a los siete enanos, la explicación de por qué Blancanieves vive con una madrastra y no con su mamá… todo eso es brillante. Y como además está mechado con muchas secuencias del presente, con varias sub-tramas que evolucionan en paralelo (como la del bebé que esperan la Bella y la Bestia), se hace todo muy entretenido a pesar de que la trama central no avance casi nada.
En el unitario ambientado en Nueva York tenemos a un dibujante suplente llamado Iñaki Miranda, correcto, aunque muy pendiente de la referencia fotográfica. No hace falta ser un hijo de puta inmisericorde para arrojarlo a la fosa común de los infinitos Juan Carlos Flicker. De los dibujantes que aportan historias cortas al n° 100 creo que el que más me gustó fue Joao Ruas. Y después tenemos muchas, muchísimas páginas del maestro Mark Buckingham a un nivel inverosímil. “Bucky” se mata en los fondos, en los vestuarios, dibuja todo tipo de personajes sin repetirse, le da a cada uno rasgos propios, hasta un lenguaje corporal propio, se fuma a tres o cuatro entintadores distintos sin resignar identidad… nada parece detenerlo. Ya para el n° 100, hasta encuentra una nueva forma de sacar provecho de la paleta de Lee Loughridge, al agregarle a sus páginas a tinta sutiles toques de aguada, que realzan muchísimo el color. Como decíamos, es un tomo muy hablado, con poca acción, y Buckingham logra por un lado no aburrirnos nunca en las extensas escenas de diálogo y por el otro, ponernos los pelos de punta sobre el final, cuando estalla la machaca a todo o nada. Diría que este es un trabajo consagratorio para el dibujante británico, pero sería mentira, porque ya estaba consagradísimo hace mucho tiempo. Este es, simplemente, un trabajo magistral, muy por encima de lo que se espera de un obrero del lápiz que entrega 20 o 22 páginas todos los meses.
Y ahora me calenté. Y quiero saber cómo carajo sigue esto. Así que mañana no, porque ya empecé otro libro, pero para el viernes, se viene otra reseña de Fables, a ver si –ya que no llego nunca a ponerme al día- por lo menos me entero cómo carajo le ganan a Mister Dark.
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martes, 2 de diciembre de 2014
02/12: MALANDRAS
Me acordaba poco del argumento de esta historieta, que leí en su momento por entregas en las páginas de Fierro. Me parece que acá se da un caso raro, a contramano del de la mayoría. En general, cuando se lee toda de un saque una serie de historietas que uno leyó espaciadas, de a cuatro o seis páginas por mes a lo largo de varios meses, aparece algo que en la lectura “serial” no se aprecia tanto, que es el “big picture”, ese contexto mayor, capaz de englobar a cada uno de esos pedacitos de historia y darles un sentido mayor, más potente.
Con Malandras me pasó algo raro. Sí, obvio, leída en una sóla sentada aparecen cosas de las que Rodolfo Santullo y Dante Ginevra pensaron para sorprendernos que quizás no se lucían cuando a uno le vendían el chamuyo de que esto era una colección de episodios unitarios ambientados en la misma ciudad en la misma época. Pero -mirá qué loco- cuando los leía así, como episodios autoconclusivos, cuando no se veían tanto las costuras que enlazan a las distintas historias con increíble precisión, tampoco se notaba tanto que un amplio porcentaje de la trama está sostenido por casualidades. Los malentendidos que se producen, los cruces entre los personajes a los que Santullo nos presenta en las distintas historias, incluso la resolución final, la que explica cómo se entera el General Perón que lo están por ir a matar, todo es producto de la casualidad.
Al principio, cuando todo se centra en unas pocas cuadras del barrio de Mataderos, ponele que sea creíble que los personajes se cruzan por casualidad. Pero con el correr de las páginas, cuando la historia de esta conspiración empieza a abarcar otros barrios, otros ámbitos, otras clases sociales, el tema de que tantas cosas sean fruto de la casualidad empieza a hacer ruido. La necesidad de hilvanar las primeras historias “autoconclusivas” para integrarlas a la trama mayor y que no queden descolgadas termina por forzar a Santullo a maniobras argumentales muy inverosímiles, como cuando el personaje de Alberto (basado en el glorioso Viejo Breccia) reaparece dos cuadritos para conectar con el plot de la conjura contra Perón. También a maniobras brillantes, como cuando hace reaparecer a Davinsky en ese segundo viaje en bondi, también manchado por la casualidad de que justo ESE colectivo se cruza con el auto de los perseguidores de Calzada.
Lo cierto es que con o sin el “big picture”, la serie está llena de momentos fuertes, impactantes, de peripecias entretenidas y diálogos afilados. O sea que la casualidad está ahí para impulsar a buenos personajes para que se muevan en un contexto atractivo, bien investigado, bien aprovechado, que abre el juego hacia la machaca, pero también hacia la intriga política, el romance y el costumbrismo.
Esta amplitud, esta variedad de registros que propone Santullo, se hace viable porque al frente de la faz gráfica hay un Dante Ginevra inspiradísimo, decidido a todo, en el que quizás sea el mejor de sus trabajos publicados en blanco y negro. Ginevra apuesta a fondo al claroscuro y lo complementa con un plumín inquieto, agorafóbico, por momentos salvaje como el lápiz de Cyril Pedrosa, por momentos afilado como el escalpelo de Thomas Ott. La referencia fotográfica está perfectamente aprovechada, integrada con total naturalidad al universo estético de Ginevra, que además no renuncia -ni siquiera en los tramos más densos, más sórdidos de la obra- a coquetear con la caricatura, con un expresionismo al filo del grotesco que sólo Oswal se animaría a meter en una historieta de base aventurera y realista. Un trabajo técnicamente asombroso de un increíble narrador gráfico, que además entiende el blanco y negro como pocos.
Pasiones y traiciones, lealtades y ambiciones, amor y venalidad, gangsters, matarifes, putas, punguistas, salvadores de la patria y próceres de la historieta, se mezclan en esta convulsionada Buenos Aires de 1955 a la que Santullo y Ginevra supieron convertir en escenario de historias intensas, al límite, a veces enlazadas de modo demasiado artificial, pero claramente bien ejecutadas. La portada parece dibujada por un clon de Kyle Baker con pocas pilas, pero creeme que adentro Malandras se pone grossa, de verdad.
Con Malandras me pasó algo raro. Sí, obvio, leída en una sóla sentada aparecen cosas de las que Rodolfo Santullo y Dante Ginevra pensaron para sorprendernos que quizás no se lucían cuando a uno le vendían el chamuyo de que esto era una colección de episodios unitarios ambientados en la misma ciudad en la misma época. Pero -mirá qué loco- cuando los leía así, como episodios autoconclusivos, cuando no se veían tanto las costuras que enlazan a las distintas historias con increíble precisión, tampoco se notaba tanto que un amplio porcentaje de la trama está sostenido por casualidades. Los malentendidos que se producen, los cruces entre los personajes a los que Santullo nos presenta en las distintas historias, incluso la resolución final, la que explica cómo se entera el General Perón que lo están por ir a matar, todo es producto de la casualidad.
Al principio, cuando todo se centra en unas pocas cuadras del barrio de Mataderos, ponele que sea creíble que los personajes se cruzan por casualidad. Pero con el correr de las páginas, cuando la historia de esta conspiración empieza a abarcar otros barrios, otros ámbitos, otras clases sociales, el tema de que tantas cosas sean fruto de la casualidad empieza a hacer ruido. La necesidad de hilvanar las primeras historias “autoconclusivas” para integrarlas a la trama mayor y que no queden descolgadas termina por forzar a Santullo a maniobras argumentales muy inverosímiles, como cuando el personaje de Alberto (basado en el glorioso Viejo Breccia) reaparece dos cuadritos para conectar con el plot de la conjura contra Perón. También a maniobras brillantes, como cuando hace reaparecer a Davinsky en ese segundo viaje en bondi, también manchado por la casualidad de que justo ESE colectivo se cruza con el auto de los perseguidores de Calzada.
Lo cierto es que con o sin el “big picture”, la serie está llena de momentos fuertes, impactantes, de peripecias entretenidas y diálogos afilados. O sea que la casualidad está ahí para impulsar a buenos personajes para que se muevan en un contexto atractivo, bien investigado, bien aprovechado, que abre el juego hacia la machaca, pero también hacia la intriga política, el romance y el costumbrismo.
Esta amplitud, esta variedad de registros que propone Santullo, se hace viable porque al frente de la faz gráfica hay un Dante Ginevra inspiradísimo, decidido a todo, en el que quizás sea el mejor de sus trabajos publicados en blanco y negro. Ginevra apuesta a fondo al claroscuro y lo complementa con un plumín inquieto, agorafóbico, por momentos salvaje como el lápiz de Cyril Pedrosa, por momentos afilado como el escalpelo de Thomas Ott. La referencia fotográfica está perfectamente aprovechada, integrada con total naturalidad al universo estético de Ginevra, que además no renuncia -ni siquiera en los tramos más densos, más sórdidos de la obra- a coquetear con la caricatura, con un expresionismo al filo del grotesco que sólo Oswal se animaría a meter en una historieta de base aventurera y realista. Un trabajo técnicamente asombroso de un increíble narrador gráfico, que además entiende el blanco y negro como pocos.
Pasiones y traiciones, lealtades y ambiciones, amor y venalidad, gangsters, matarifes, putas, punguistas, salvadores de la patria y próceres de la historieta, se mezclan en esta convulsionada Buenos Aires de 1955 a la que Santullo y Ginevra supieron convertir en escenario de historias intensas, al límite, a veces enlazadas de modo demasiado artificial, pero claramente bien ejecutadas. La portada parece dibujada por un clon de Kyle Baker con pocas pilas, pero creeme que adentro Malandras se pone grossa, de verdad.
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lunes, 1 de diciembre de 2014
01/ 12: ESSENTIAL DAREDEVIL Vol.6
Otro trip setentoso, esta vez al corazón de la Verdul Age, a uno de esos títulos que durante los ´70 aportaron tan poco que uno no entiende cómo llegaron a 1980. Hace muchos años, un lejanísimo 22/06/10, yo terminaba la reseña del tomo anterior con un tono optimista, porque después de muchos números muy chotos, Daredevil levantaba un poco la puntería con la llegada de Marv Wolfman como guionista.
Este Essential recopila prácticamente toda la etapa de Wolfman, y la verdad que no es una maravilla, pero cada tanto aparece un atisbo, un indicio, de que la serie está en manos de un guionista al que le interesa mostrarnos algo más que la pelea absurda contra el villano del mes. Con cierta tibieza, sin poner toda la carne al asador y en sintonía con lo que sucedía cullturalmente en los EEUU de 1975-76, Wolfman nos empieza a mostrar las fallas del sistema. Evidentemente, acá hay cosas que no andan bien: inocentes que van en cana, una ciudad de Nueva York al borde de la bancarrota atestada de criminales, medios de comunicación que mienten y deforman groseramente la realidad para manipular a la gente, drogadictos que mueren en las calles mientras hacen cualquier cosa por la dosis… todo nos remite a un clima turbio, enrarecido, de desconfianza. De hecho, uno de los pocos personajes secundarios interesantes que incorpora Wolfman es un policía honesto, el Teniente Rose, que considera a los justicieros enmascarados unos payasos colorinches hambrientos de gloria. Y mientras Matt Murdock combate desde los tribunales las injusticias de este sistema que hace agua por todos lados, Daredevil se toma en cada episodio las infaltables 10 páginas para cagarse a palos contra algún villano pedorro. Entre ellos Bullseye, que eventualmente será grosso, pero que acá, en sus dos primeras apariciones, es casi un loser más.
O sea que ese discurso un toque más “jugado” que elabora Wolfman, se diluye cuando la acción le gana a la reflexión y la historia le deja paso a la machaca, que resulta siempre la única vía de resolución de los conflictos. Por eso destaco mucho ese episodio en el que el guionista explora qué pasa con una familia humilde cuya casita en los suburbios es devastada por una lucha entre Daredevil y un villano: ahí Wolfman logra no decir sino graficar con titánica potencia esta bajada de línea de “muchachos, acá hay algo que estamos haciendo mal”.
Para sus últimos episodios, a Wolfman le toca fumarse un crossover con Iron Man, uno con Ghost Rider (este todo escrito por él) y un annual, co-escrito con Chris Claremont, en el que aparecen también Black Panther y Namor. Estos son los episodios más flojos, donde menos espacio hay para que Matt se cuestione cosas. Acá las piñas le sacan protagonismo a los planteos y las dudas y todo es tan cabeza como te lo imaginás, pero con muchos cuadros por página y mucho texto, porque en los ´70 Wolfman escribía así, en abundancia. El Essential termina con los tres primeros episodios de la etapa de Jim Shooter, que será breve (y poco exitosa) pero intensa y atrapante, con guiones mejores que los de sus antecesores e incluso que los de su sucesor, Roger McKenzie, al que le salvará las papas un joven Frank Miller.
Por el lado de los dibujantes, Wolfman cuenta casi todos los números con un Bob Brown correcto, no muy esmerado, pero tampoco tirado a chanta. En muchos episodios a Brown lo entinta Jim Mooney, elegante pero anticuado, y en otros unos verduleros que ma-mita. Lo mejor llega cuando lo entinta un muy joven Klaus Janson, que realmente deja la vida. La impronta de Janson (su mancha bien realista, que lleva a Brown para el lado de Neal Adams, y su gran manejo de las tramas mecánicas) se disfruta mucho más en blanco y negro que a color. Y después hay numeritos de relleno y a media máquina de John Buscema, Sal Buscema, Lee Elias, Gil Kane, John Byrne (que despacha con fritas el crossover con Ghost Rider) y un George Tuska que, cuando no estaba inspirado, te mandaba a dormir en cuatro viñetas.
Marvel está muy ortiva con el tema de los Essentials y lo más probable es que no salgan nuevos masacotes en blanco y negro. Pero, con estos seis tomos llegás a la Daredevil n°146, o sea que quedás a apenas 14 episodios de la llegada de Frank Miller, que es material que ya está recontra-republicado. Yo ya tengo todo eso en revistitas, pero igual me compraría los Essentials, porque sospecho que lo de Miller (y los números anteriores, que son casi todos de Gil Kane) en blanco y negro debe ser majestuoso.
Este Essential recopila prácticamente toda la etapa de Wolfman, y la verdad que no es una maravilla, pero cada tanto aparece un atisbo, un indicio, de que la serie está en manos de un guionista al que le interesa mostrarnos algo más que la pelea absurda contra el villano del mes. Con cierta tibieza, sin poner toda la carne al asador y en sintonía con lo que sucedía cullturalmente en los EEUU de 1975-76, Wolfman nos empieza a mostrar las fallas del sistema. Evidentemente, acá hay cosas que no andan bien: inocentes que van en cana, una ciudad de Nueva York al borde de la bancarrota atestada de criminales, medios de comunicación que mienten y deforman groseramente la realidad para manipular a la gente, drogadictos que mueren en las calles mientras hacen cualquier cosa por la dosis… todo nos remite a un clima turbio, enrarecido, de desconfianza. De hecho, uno de los pocos personajes secundarios interesantes que incorpora Wolfman es un policía honesto, el Teniente Rose, que considera a los justicieros enmascarados unos payasos colorinches hambrientos de gloria. Y mientras Matt Murdock combate desde los tribunales las injusticias de este sistema que hace agua por todos lados, Daredevil se toma en cada episodio las infaltables 10 páginas para cagarse a palos contra algún villano pedorro. Entre ellos Bullseye, que eventualmente será grosso, pero que acá, en sus dos primeras apariciones, es casi un loser más.
O sea que ese discurso un toque más “jugado” que elabora Wolfman, se diluye cuando la acción le gana a la reflexión y la historia le deja paso a la machaca, que resulta siempre la única vía de resolución de los conflictos. Por eso destaco mucho ese episodio en el que el guionista explora qué pasa con una familia humilde cuya casita en los suburbios es devastada por una lucha entre Daredevil y un villano: ahí Wolfman logra no decir sino graficar con titánica potencia esta bajada de línea de “muchachos, acá hay algo que estamos haciendo mal”.
Para sus últimos episodios, a Wolfman le toca fumarse un crossover con Iron Man, uno con Ghost Rider (este todo escrito por él) y un annual, co-escrito con Chris Claremont, en el que aparecen también Black Panther y Namor. Estos son los episodios más flojos, donde menos espacio hay para que Matt se cuestione cosas. Acá las piñas le sacan protagonismo a los planteos y las dudas y todo es tan cabeza como te lo imaginás, pero con muchos cuadros por página y mucho texto, porque en los ´70 Wolfman escribía así, en abundancia. El Essential termina con los tres primeros episodios de la etapa de Jim Shooter, que será breve (y poco exitosa) pero intensa y atrapante, con guiones mejores que los de sus antecesores e incluso que los de su sucesor, Roger McKenzie, al que le salvará las papas un joven Frank Miller.
Por el lado de los dibujantes, Wolfman cuenta casi todos los números con un Bob Brown correcto, no muy esmerado, pero tampoco tirado a chanta. En muchos episodios a Brown lo entinta Jim Mooney, elegante pero anticuado, y en otros unos verduleros que ma-mita. Lo mejor llega cuando lo entinta un muy joven Klaus Janson, que realmente deja la vida. La impronta de Janson (su mancha bien realista, que lleva a Brown para el lado de Neal Adams, y su gran manejo de las tramas mecánicas) se disfruta mucho más en blanco y negro que a color. Y después hay numeritos de relleno y a media máquina de John Buscema, Sal Buscema, Lee Elias, Gil Kane, John Byrne (que despacha con fritas el crossover con Ghost Rider) y un George Tuska que, cuando no estaba inspirado, te mandaba a dormir en cuatro viñetas.
Marvel está muy ortiva con el tema de los Essentials y lo más probable es que no salgan nuevos masacotes en blanco y negro. Pero, con estos seis tomos llegás a la Daredevil n°146, o sea que quedás a apenas 14 episodios de la llegada de Frank Miller, que es material que ya está recontra-republicado. Yo ya tengo todo eso en revistitas, pero igual me compraría los Essentials, porque sospecho que lo de Miller (y los números anteriores, que son casi todos de Gil Kane) en blanco y negro debe ser majestuoso.
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domingo, 30 de noviembre de 2014
30/11: LOS MAS VENDIDOS DE NOVIEMBRE
Hoy, la verdad que lo único que me importa es el futbol. Ganó Racing, y si no ganan ni River ni Lanús, somos campeones después de 13 años. Pero bueno, mientras avanzo muy de a poco con un libro de muchísimas páginas, comparto las cifras de venta de Noviembre de la Distri.
Este mes, si bien se vendió muy decorosamente, resultó imposible mantener el nivel de ventas de Octubre, que fue zarpadísimo. De nuevo las cifras se parecen más a las de Septiembre y Agosto. Veamos qué fue lo que más se vendió:
1) Colder (Llanto de Mudo)
2) Términus Vol.7 (Términus)
3) Control de Plagas (Loco Rabia/ Mojito)
4) Monsieur Jean Vol.2 (Común)
5) Bone Machine (Llanto de Mudo)
6) El Número (Loco Rabia/ 2D)
7) Tristeza (Llanto de Mudo)
8) Zero Point (Agua Negra)
9) Liga del Mal Vol.2 (Llanto de Mudo)
10) Bujarín Vol.1 (Dead Pop)
Con cuatro títulos entre los más vendidos, este fue sin dudas EL mes de Llanto de Mudo. Pero también hay otro dato notable y es que los cinco primeros puestos (y el décimo) corresponden a lanzamientos de este mes. De los que pisaron fuerte el mes pasado aguantaron tres títulos y el más “antiguo” de los que que aparecen en el ranking es Zero Point, que salió en Septiembre. O sea que es un ranking claramente hegemonizado por las novedades, por títulos con pocas semanas de rodaje.
Como todos los años, Diciembre es un mes que genera enormes expectativas en materia de ventas, y lo más probable es que estas se cumplan, sobre todo porque salen libros nuevos de Liniers, Gustavo Sala, El Bruno, Diego Agrimbau, Max Aguirre y la esperada reedición de Acero Líquido, un best-seller de Eduardo Mazzitelli y Quique Alcatena que llevaba muchos meses agotado. Hay más lanzamientos, incluso quedaron pendientes algunos que se anunciaron para Noviembre y no salieron, así que supongo que vamos a cerrar el año con un mes de excelentes ventas. Veremos qué pasa.
Y más allá del impacto que generen o no las novedades en el circuito de comiquerías, yo este mes tengo stand en tres eventos, con lo cual hay altas chances de “cobrar el aguinaldo” por ese lado, el de la venta directa al público. El sábado 6 voy a estar en la Rocketbooks, el domingo 7 y lunes 8 en Dibujados, y los días 20 y 21 y en La Mostra, el evento que organiza la Escuela La Ola, siempre con una selección de material de los sellos locales y precios más que amistosos. Horarios y lugares exactos de cada evento, en la Agenda Argenta de Comiqueando Online.
Ojalá esta noche se consagre campeón Racing, nos vayamos todos a saltar al Obelisco y no me quede tiempo para avanzar en la lectura del libro que me estoy fumando. Empezar el mes 60 del blog con un “Hoy no hay nada” es medio bajonero para los lectores, pero puede llegar a ser consecuencia de una gigantesca alegría para mi sufrido corazón albiceleste.
Este mes, si bien se vendió muy decorosamente, resultó imposible mantener el nivel de ventas de Octubre, que fue zarpadísimo. De nuevo las cifras se parecen más a las de Septiembre y Agosto. Veamos qué fue lo que más se vendió:
1) Colder (Llanto de Mudo)
2) Términus Vol.7 (Términus)
3) Control de Plagas (Loco Rabia/ Mojito)
4) Monsieur Jean Vol.2 (Común)
5) Bone Machine (Llanto de Mudo)
6) El Número (Loco Rabia/ 2D)
7) Tristeza (Llanto de Mudo)
8) Zero Point (Agua Negra)
9) Liga del Mal Vol.2 (Llanto de Mudo)
10) Bujarín Vol.1 (Dead Pop)
Con cuatro títulos entre los más vendidos, este fue sin dudas EL mes de Llanto de Mudo. Pero también hay otro dato notable y es que los cinco primeros puestos (y el décimo) corresponden a lanzamientos de este mes. De los que pisaron fuerte el mes pasado aguantaron tres títulos y el más “antiguo” de los que que aparecen en el ranking es Zero Point, que salió en Septiembre. O sea que es un ranking claramente hegemonizado por las novedades, por títulos con pocas semanas de rodaje.
Como todos los años, Diciembre es un mes que genera enormes expectativas en materia de ventas, y lo más probable es que estas se cumplan, sobre todo porque salen libros nuevos de Liniers, Gustavo Sala, El Bruno, Diego Agrimbau, Max Aguirre y la esperada reedición de Acero Líquido, un best-seller de Eduardo Mazzitelli y Quique Alcatena que llevaba muchos meses agotado. Hay más lanzamientos, incluso quedaron pendientes algunos que se anunciaron para Noviembre y no salieron, así que supongo que vamos a cerrar el año con un mes de excelentes ventas. Veremos qué pasa.
Y más allá del impacto que generen o no las novedades en el circuito de comiquerías, yo este mes tengo stand en tres eventos, con lo cual hay altas chances de “cobrar el aguinaldo” por ese lado, el de la venta directa al público. El sábado 6 voy a estar en la Rocketbooks, el domingo 7 y lunes 8 en Dibujados, y los días 20 y 21 y en La Mostra, el evento que organiza la Escuela La Ola, siempre con una selección de material de los sellos locales y precios más que amistosos. Horarios y lugares exactos de cada evento, en la Agenda Argenta de Comiqueando Online.
Ojalá esta noche se consagre campeón Racing, nos vayamos todos a saltar al Obelisco y no me quede tiempo para avanzar en la lectura del libro que me estoy fumando. Empezar el mes 60 del blog con un “Hoy no hay nada” es medio bajonero para los lectores, pero puede llegar a ser consecuencia de una gigantesca alegría para mi sufrido corazón albiceleste.
sábado, 29 de noviembre de 2014
29/11: EL SINIESTRO DR. MORTIS Vol.3
Pasan los años, las décadas, y en Chile se sigue hablando del Dr. Mortis como un comic icónico, definitivo, con un sitial de privilegio no sólo en la historieta, sino incluso en la cultura popular del país vecino. Así como en 2013 me traje de Santiago los tres tomos de la reformulación más reciente del personaje (todos reseñados acá en el blog), de este úlltimo viaje me traje tres tomitos más finitos, de una colección de 12 en la que la editorial Unlimited republicó varias de las historias clásicas. Son las que uno había escuchado nombrar pero no recordaba haber leído; y es lógico, porque si alguna vez leí una historieta del Dr. Mortis (antes de estas que acabo de terminar) deber haber sido hace como 30 años. Veamos con qué me encontré.
El tomito arranca con una historia de ocho páginas, fechada en 1970. El guión es tan obvio y tan predecible que en la segunda viñeta ya sabés cómo se va a resolver. La lectura consiste simplemente en ver hasta dónde se va a estirar el relato antes de llegar al final cantado desde el arranque, incapaz de sorprender a nadie que haya leído un cuento de terror o misterio en su vida. No sabemos quién escribió el guión, pero el dibujo aparece firmado por Santiago Peñalillo, un autor correcto, de estilo clásico, que repite mucho planos y hasta expresiones de los personajes (como para hacer aún más aburida una historia que es puro diálogo), pero por lo menos no muestra errores ni torpezas. Esto está coloreado en varios tonos de rojo, que se combinan bastante bien con el blanco y el negro.
La siguiente historia tiene guionista acreditado: Juan Marino, nada menos que el creador del Dr. Mortis. Son 28 páginas que se hacen eternas. El Dr. Mortis no aparece nunca (apenas se lo nombra) y el argumento avanza muy lento, hacia un final un poco más impactante que en la historia anterior, pero muy lastrado por lugares comunes. Es una historia que hubiese sido menor (no sé si chota) en el contexto de una revista de suspenso/terror/misterio de la E.C. en los ´50 y quizás digna en las antologías tipo House of Mystery de la DC a fines de los ´60. Pero para eso tenía que durar 8 páginas, 10 a lo sumo. Al llevarla a 28, Marino lo único que hace es diluir el conflicto, restarle intensidad. En el dibujo lo tenemos de nuevo a Peñalillo, ahora en una búsqueda un poco más moderna (se nota que es varios años posterior a la primera historia), en un estilo muy cercano al de los referentes de la editorial Columba de mediados de los ´70: Lito Fernández, Cacho Mandrafina, Daniel Haupt, el primer García Durán… esa onda. Peñalillo intenta jugar un poco más al claroscuro para generar climas extraños, pero después viene un colorista bien del montón y se los hace mierda. El color está bastante retocado para esta edición y revela que muchas (por no decir todas) estas páginas están reproducidas de revistas antiguas digitalizadas y muy toqueteadas en el photoshop.
La tercera historieta no tiene autores acreditados, pero sospecho que en el dibujo lo tenemos una vez más a Santiago Peñalillo, un poco más suelto, más cerca de un Gustavo Trigo o un Enio Leguizamón, ponele. De nuevo, achatado por un color mediocre, que al digitalizarlo quedó muy opaco, por momentos muy empastado. Con 24 páginas, “Chef de Cuisine” es la mejor historia de este tomito. Tiene dos problemas: 1) podría durar 8 ó 10 páginas menos y ganar en fuerza dramática, pero se ve que la onda de los guionistas de Mortis era estirar todo lo posible cada historia; y 2) no hacía falta revelar en el último cuadrito que el villano era el Dr. Mortis con otra identidad. La historia funcionaba lo más bien como un plan macabro de un hijo de puta X, y vincularlo con el personaje del título sirve sólo para justificar que se haya publicado en esa revista y no en otra. Lo importante es que es una historia atrapante, bastante jugada para los standards de los años ´70, con personajes un poco mejor definidos, una investigación por parte de la cana un poco mejor armada y sin elementos fantásticos traídos de los pelos.
Las referencias a Columba se multiplican, porque como muchos de los clásicos de la editorial de la palomita, los clásicos del Dr. Mortis quedaron muy anclados en el tiempo, y hoy se les nota demasiado las cuatro décadas (o más) transcurridas desde que esto era “la posta”. Para el lector actual, esto es historia antigua en el peor sentido del término: el de las fórmulas remanidas, los dibujos adocenados, los personajes casi sin personalidad, los diálogos interminables que no hacen avanzar las tramas, los bloques de texto que muchas veces redundan con lo que muestra el dibujo… en fin, esa cosa herrumbrosa que hace tan difícil leer la historieta pensada y ejecutada en un contexto que no se parece un carajo al actual. Tengo dos tomitos más de esta colección, que iré leyendo (espaciadamente) durante las próximas semanas, a ver qué onda…
El tomito arranca con una historia de ocho páginas, fechada en 1970. El guión es tan obvio y tan predecible que en la segunda viñeta ya sabés cómo se va a resolver. La lectura consiste simplemente en ver hasta dónde se va a estirar el relato antes de llegar al final cantado desde el arranque, incapaz de sorprender a nadie que haya leído un cuento de terror o misterio en su vida. No sabemos quién escribió el guión, pero el dibujo aparece firmado por Santiago Peñalillo, un autor correcto, de estilo clásico, que repite mucho planos y hasta expresiones de los personajes (como para hacer aún más aburida una historia que es puro diálogo), pero por lo menos no muestra errores ni torpezas. Esto está coloreado en varios tonos de rojo, que se combinan bastante bien con el blanco y el negro.
La siguiente historia tiene guionista acreditado: Juan Marino, nada menos que el creador del Dr. Mortis. Son 28 páginas que se hacen eternas. El Dr. Mortis no aparece nunca (apenas se lo nombra) y el argumento avanza muy lento, hacia un final un poco más impactante que en la historia anterior, pero muy lastrado por lugares comunes. Es una historia que hubiese sido menor (no sé si chota) en el contexto de una revista de suspenso/terror/misterio de la E.C. en los ´50 y quizás digna en las antologías tipo House of Mystery de la DC a fines de los ´60. Pero para eso tenía que durar 8 páginas, 10 a lo sumo. Al llevarla a 28, Marino lo único que hace es diluir el conflicto, restarle intensidad. En el dibujo lo tenemos de nuevo a Peñalillo, ahora en una búsqueda un poco más moderna (se nota que es varios años posterior a la primera historia), en un estilo muy cercano al de los referentes de la editorial Columba de mediados de los ´70: Lito Fernández, Cacho Mandrafina, Daniel Haupt, el primer García Durán… esa onda. Peñalillo intenta jugar un poco más al claroscuro para generar climas extraños, pero después viene un colorista bien del montón y se los hace mierda. El color está bastante retocado para esta edición y revela que muchas (por no decir todas) estas páginas están reproducidas de revistas antiguas digitalizadas y muy toqueteadas en el photoshop.
La tercera historieta no tiene autores acreditados, pero sospecho que en el dibujo lo tenemos una vez más a Santiago Peñalillo, un poco más suelto, más cerca de un Gustavo Trigo o un Enio Leguizamón, ponele. De nuevo, achatado por un color mediocre, que al digitalizarlo quedó muy opaco, por momentos muy empastado. Con 24 páginas, “Chef de Cuisine” es la mejor historia de este tomito. Tiene dos problemas: 1) podría durar 8 ó 10 páginas menos y ganar en fuerza dramática, pero se ve que la onda de los guionistas de Mortis era estirar todo lo posible cada historia; y 2) no hacía falta revelar en el último cuadrito que el villano era el Dr. Mortis con otra identidad. La historia funcionaba lo más bien como un plan macabro de un hijo de puta X, y vincularlo con el personaje del título sirve sólo para justificar que se haya publicado en esa revista y no en otra. Lo importante es que es una historia atrapante, bastante jugada para los standards de los años ´70, con personajes un poco mejor definidos, una investigación por parte de la cana un poco mejor armada y sin elementos fantásticos traídos de los pelos.
Las referencias a Columba se multiplican, porque como muchos de los clásicos de la editorial de la palomita, los clásicos del Dr. Mortis quedaron muy anclados en el tiempo, y hoy se les nota demasiado las cuatro décadas (o más) transcurridas desde que esto era “la posta”. Para el lector actual, esto es historia antigua en el peor sentido del término: el de las fórmulas remanidas, los dibujos adocenados, los personajes casi sin personalidad, los diálogos interminables que no hacen avanzar las tramas, los bloques de texto que muchas veces redundan con lo que muestra el dibujo… en fin, esa cosa herrumbrosa que hace tan difícil leer la historieta pensada y ejecutada en un contexto que no se parece un carajo al actual. Tengo dos tomitos más de esta colección, que iré leyendo (espaciadamente) durante las próximas semanas, a ver qué onda…
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viernes, 28 de noviembre de 2014
28/11: HELLBOY: THE TROLL WITCH AND OTHERS
Este libro lo leí allá por 2008, de prestado, porque no lo tenía y justo estaba trabajando en un artículo sobre los comics de Hellboy. Me acuerdo que cuando lo terminé dije “esto me lo voy a comprar de puro completista y sólo cuando lo vea en recontra-oferta”, porque la verdad es que me pareció el libro más flojo de todo lo que había leído con el carismático personaje de Mike Mignola. Efectivamente, lo encontré muy barato, lo compré y lo volví a leer anoche.
The Troll Witch and Others es el séptimo recopilatorio de la serie y reúne ocho historietas, siete de ellas ya publicadas con anterioridad entre 2003 y 2006, y una inédita. La inédita se titula The Vampire of Prague y es la primera historieta de Hellboy escrita por Mignola para otro dibujante, en este caso el correctísimo P. Craig Russell, que pobrecito, la rema contra un guión que no tiene pies ni cabeza. El propio Mignola se hace cargo de lo despelotado que es a la hora de escribir los guiones y cuenta que cuando le entregó a Russell el argumento para The Vampire of Prague, éste no aclaraba cuántas páginas debía durar la historia. Russell, acostumbrado a trabajar con guionistas meticulosos, le preguntó: “Mike, ¿cuántas páginas tengo para desarrollar el guión?”, a lo que Mignola respondió “¿Qué sé yo? ¡Las que vos quieras!”.
De las ocho historietas, la única extensa (48 páginas) es Makoma, en la que Mignola dibuja apenas el prólogo y el epílogo, mientras que el grueso de la narración recae en otro dibujante invitado, el legendario Richard Corben. Esta historia, ambientada en Africa, hace agua por todos lados y sólo zafa por el gran trabajo de ambos dibujantes en la faz gráfica. En algunas viñetas, Corben dibuja a Hellboy tan parecido a como lo dibuja Mignola que parece un copy-paste de una viñeta de un tomo anterior. Pero en el clima, en las composiciones, en el color, en los escenarios y en los secundarios, se aprecia a full la impronta del gigante de Kansas. El guión, mejor olvidarlo rápido.
Como en otros tomos de los que ya repasamos en el blog, todas las historias que componen este libro están ambientadas en el pasado, en la época en que Hellboy trabajaba para el B.P.R.D. La más lograda es casualmente The Troll Witch, la que da título al tomo, apenas diez páginas en las que Mignola demuestra que no hace falta revolear trompadas para contar una historia bella y profunda. A la inversa, con poquísimo texto y muchas trompadas, también funciona muy bien Dr. Carp’s Experiment, una de 13 páginas.
El resto deambula entre lo predecible y lo catastrófico, con un Mignola afiladísimo para dibujar, con ese trazo oscuro y sintético, con hermosas pausas en la narración (incluso en las escenas de machaca) y con el invaluable aporte del colorista Dave Stewart, que entiende perfectamente qué es lo que trata de hacer Mignola con su grafismo. O sea que el atractivo principal del tomo está casi totalmente en manos de los dibujantes.
Y para que la reseña no me quede tan cortita, una reflexión. ¿No es medio raro que en TODOS esos años de investigar fenómenos paranormales, el B.P.R.D. no falle nunca? Digo, en TODAS las historias, cada vez que Hellboy y sus compañeros se internan en una casa abandonada, un templo, un bosque o un vestuario de un club de la B Metropolitana, TODO lo que investigan resulta ser posta. Momias, brujas, fantasmas, criaturas inclasificables… ¿Nunca les tocó UNA aventura onda Scooby-Doo, donde el sasquatch/ monstruo/ alienígena/ fantasma era un viejo garca disfrazado? ¿No estaría bueno mechar una de esas, de vez en cuando? Lo tiro como una inquietud…
Bueno, ahora que llené el huequito en mi biblioteca con el tomo que me faltaba, prometo avanzar con los nuevos, que seguro tengo uno o dos sin leer. El año que viene, habrá más Hellboy acá en el blog.
The Troll Witch and Others es el séptimo recopilatorio de la serie y reúne ocho historietas, siete de ellas ya publicadas con anterioridad entre 2003 y 2006, y una inédita. La inédita se titula The Vampire of Prague y es la primera historieta de Hellboy escrita por Mignola para otro dibujante, en este caso el correctísimo P. Craig Russell, que pobrecito, la rema contra un guión que no tiene pies ni cabeza. El propio Mignola se hace cargo de lo despelotado que es a la hora de escribir los guiones y cuenta que cuando le entregó a Russell el argumento para The Vampire of Prague, éste no aclaraba cuántas páginas debía durar la historia. Russell, acostumbrado a trabajar con guionistas meticulosos, le preguntó: “Mike, ¿cuántas páginas tengo para desarrollar el guión?”, a lo que Mignola respondió “¿Qué sé yo? ¡Las que vos quieras!”.
De las ocho historietas, la única extensa (48 páginas) es Makoma, en la que Mignola dibuja apenas el prólogo y el epílogo, mientras que el grueso de la narración recae en otro dibujante invitado, el legendario Richard Corben. Esta historia, ambientada en Africa, hace agua por todos lados y sólo zafa por el gran trabajo de ambos dibujantes en la faz gráfica. En algunas viñetas, Corben dibuja a Hellboy tan parecido a como lo dibuja Mignola que parece un copy-paste de una viñeta de un tomo anterior. Pero en el clima, en las composiciones, en el color, en los escenarios y en los secundarios, se aprecia a full la impronta del gigante de Kansas. El guión, mejor olvidarlo rápido.
Como en otros tomos de los que ya repasamos en el blog, todas las historias que componen este libro están ambientadas en el pasado, en la época en que Hellboy trabajaba para el B.P.R.D. La más lograda es casualmente The Troll Witch, la que da título al tomo, apenas diez páginas en las que Mignola demuestra que no hace falta revolear trompadas para contar una historia bella y profunda. A la inversa, con poquísimo texto y muchas trompadas, también funciona muy bien Dr. Carp’s Experiment, una de 13 páginas.
El resto deambula entre lo predecible y lo catastrófico, con un Mignola afiladísimo para dibujar, con ese trazo oscuro y sintético, con hermosas pausas en la narración (incluso en las escenas de machaca) y con el invaluable aporte del colorista Dave Stewart, que entiende perfectamente qué es lo que trata de hacer Mignola con su grafismo. O sea que el atractivo principal del tomo está casi totalmente en manos de los dibujantes.
Y para que la reseña no me quede tan cortita, una reflexión. ¿No es medio raro que en TODOS esos años de investigar fenómenos paranormales, el B.P.R.D. no falle nunca? Digo, en TODAS las historias, cada vez que Hellboy y sus compañeros se internan en una casa abandonada, un templo, un bosque o un vestuario de un club de la B Metropolitana, TODO lo que investigan resulta ser posta. Momias, brujas, fantasmas, criaturas inclasificables… ¿Nunca les tocó UNA aventura onda Scooby-Doo, donde el sasquatch/ monstruo/ alienígena/ fantasma era un viejo garca disfrazado? ¿No estaría bueno mechar una de esas, de vez en cuando? Lo tiro como una inquietud…
Bueno, ahora que llené el huequito en mi biblioteca con el tomo que me faltaba, prometo avanzar con los nuevos, que seguro tengo uno o dos sin leer. El año que viene, habrá más Hellboy acá en el blog.
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jueves, 27 de noviembre de 2014
27/11: DAGO: LA CUESTION REAL
Esta es una novela gráfica muy buena y a la vez muy rara, en la que el maestro Robin Wood urde una trama muy atractiva, muy compleja, como siempre con mucho anclaje con la Historia tal como nos la contaron los historiadores en esos libros que no tienen viñetas ni globitos, y con Dago ahí en el medio, como garante e incluso como catalizador de peleas, persecuciones y –cada tanto- algún garche.
¿Por qué “muy rara”? Porque cuando van 84 páginas, La Cuestión Real pega un volantazo notable en su devenir argumental y la historia que hasta ese momento era la central pasa a un tercer o cuarto plano. Para las últimas 60 páginas, Wood desplaza el foco hacia otros personajes, otros conflictos, otras geografías e incluso cambia el tono de la aventura. Claramente, hizo el famoso “ya que estamos”.
Toda la primera parte nos muestra a Dago enroscado en una compleja pugna de intereses entre tres reyes europeos, con el Papa metido en el medio. El conflicto central tiene que ver con el romance entre Enrique VIII y Ana Bolena, por eso el justiciero veneciano se desplaza por primera vez a Londres, a meter las narices en la corte de este rey mujeriego y altanero. Este tramo funciona muy bien, como la típica aventura de Dago. Ya sabés que si aparece un personaje que no te suena de los libros de historia, se va a enemistar con el veneciano y va a terminar muerto; ya sabés que cualquier minita que entre en escena se va a enamorar de él (acá, en menos de 150 páginas, se levanta a tres minas y se voltea a dos); y ya sabés que, haga lo que haga, Dago no va a cambiar el curso de la Historia posta, sino que Wood se las va a ingeniar para que esté ahí, siempre cerca, quizás orientando los hechos hacia donde ya sabemos que van a ir, pero nunca en primer plano.
Por los bloques de texto que empiezan a proliferar a partir de la página 85, deduzco que a Robin le encanta Escocia, que ama a ese país. Así que, una vez que tenemos un buen argumento para llevar a Dago a Inglaterra, ¿qué nos cuesta que pase también por Escocia, que es ahí, al ladito? Y entonces, “ya que estamos”, en estas 60 páginas finales nos olvidamos de las runflas entre los reyes de Inglaterra, Francia y España, de Ana Bolena, del cardenal que mandó el Papa y de prácticamente todo lo que vimos hasta ese punto, y nos metemos a fondo con otro conflicto: el joven James, Rey de Escocia, y las conjuras de nobles escoceses con nobles ingleses para que este chico no se quede con el trono.
Acá siguen en cancha un par de secundarios que ya venían buscando la forma de deshacerse de Dago cuando este andaba por Londres (y dos de las minitas que se lo querían voltear), pero en pocas páginas Wood renueva a full el elenco de secundarios, ahora con los esoceses. Así cobran protagonismo los muchachos cuasi-salvajes de los clanes que pueblan las highlands, particularmente el Mudo, uno de esos personajones secundarios que cada tanto pela Wood y que uno querría ver como protagonista de una saga más larga. Este tramo deja de lado la sutileza de las intrigas palaciegas y encara para el lado de la violencia lisa y llana, con batallas épicas, emboscadas, la muerte definitiva del villano más molesto y una muy linda revolcada entre Dago y una duquesa que coqueteaba con él desde el principio de la novela. El conflicto del rey de Escocia se soluciona totalmente en estas 60 páginas, sin dejar cabos sueltos. Y en las últimas… dos páginas, Dago se acuerda que tiene que volver a España para tratar de resolver el otro bolonki, el que lo llevó a Inglaterra en la primera parte de la novela. O sea que la maniobra de Wood de hacerte un “dos por uno” resulta exitosa hasta ahí nomás, porque una de las dos líneas argumentales se come casi 60 páginas en el freezer y no se resuelve, sino que se encamina hacia una resolución que en este tomo no se ve.
Igual te divertís mucho, sobre todo en la primera parte, cuando Dago se la pasa tirando one-liners irónicos, cuando lo vemos boludear a reyes y nobles con total impunidad, y bajar línea en joda acerca de lo choto del clima, lo incomible del morfi y lo poco que se baña la gente de Londres. Cuando no le toca desenvainar la espada, Dago desenvaina la lengua y resulta tan letal como cuando te atraviesa con sus armas.
Lástima que algunos diálogos estén mal armados, con globos que responden al globo que se lee inmediatamente después. No sé si es un problema arrastado de la edición italiana, o si se produjo al traducir la historieta al castellano, pero hay cinco o seis diálogos así, con los globos puestos en el orden de lectura incorrecto.
Ah, y el dibujo de Carlos Gómez… no me alcanza el espacio para analizarlo, así que me limito a babearme un poco y a repetir todos los elogios que le prodigué en las reseñas de los tomos anteriores. Un monstruo, con todas las letras. El año que viene, más Dago y más Gómez, acá en el blog.
¿Por qué “muy rara”? Porque cuando van 84 páginas, La Cuestión Real pega un volantazo notable en su devenir argumental y la historia que hasta ese momento era la central pasa a un tercer o cuarto plano. Para las últimas 60 páginas, Wood desplaza el foco hacia otros personajes, otros conflictos, otras geografías e incluso cambia el tono de la aventura. Claramente, hizo el famoso “ya que estamos”.
Toda la primera parte nos muestra a Dago enroscado en una compleja pugna de intereses entre tres reyes europeos, con el Papa metido en el medio. El conflicto central tiene que ver con el romance entre Enrique VIII y Ana Bolena, por eso el justiciero veneciano se desplaza por primera vez a Londres, a meter las narices en la corte de este rey mujeriego y altanero. Este tramo funciona muy bien, como la típica aventura de Dago. Ya sabés que si aparece un personaje que no te suena de los libros de historia, se va a enemistar con el veneciano y va a terminar muerto; ya sabés que cualquier minita que entre en escena se va a enamorar de él (acá, en menos de 150 páginas, se levanta a tres minas y se voltea a dos); y ya sabés que, haga lo que haga, Dago no va a cambiar el curso de la Historia posta, sino que Wood se las va a ingeniar para que esté ahí, siempre cerca, quizás orientando los hechos hacia donde ya sabemos que van a ir, pero nunca en primer plano.
Por los bloques de texto que empiezan a proliferar a partir de la página 85, deduzco que a Robin le encanta Escocia, que ama a ese país. Así que, una vez que tenemos un buen argumento para llevar a Dago a Inglaterra, ¿qué nos cuesta que pase también por Escocia, que es ahí, al ladito? Y entonces, “ya que estamos”, en estas 60 páginas finales nos olvidamos de las runflas entre los reyes de Inglaterra, Francia y España, de Ana Bolena, del cardenal que mandó el Papa y de prácticamente todo lo que vimos hasta ese punto, y nos metemos a fondo con otro conflicto: el joven James, Rey de Escocia, y las conjuras de nobles escoceses con nobles ingleses para que este chico no se quede con el trono.
Acá siguen en cancha un par de secundarios que ya venían buscando la forma de deshacerse de Dago cuando este andaba por Londres (y dos de las minitas que se lo querían voltear), pero en pocas páginas Wood renueva a full el elenco de secundarios, ahora con los esoceses. Así cobran protagonismo los muchachos cuasi-salvajes de los clanes que pueblan las highlands, particularmente el Mudo, uno de esos personajones secundarios que cada tanto pela Wood y que uno querría ver como protagonista de una saga más larga. Este tramo deja de lado la sutileza de las intrigas palaciegas y encara para el lado de la violencia lisa y llana, con batallas épicas, emboscadas, la muerte definitiva del villano más molesto y una muy linda revolcada entre Dago y una duquesa que coqueteaba con él desde el principio de la novela. El conflicto del rey de Escocia se soluciona totalmente en estas 60 páginas, sin dejar cabos sueltos. Y en las últimas… dos páginas, Dago se acuerda que tiene que volver a España para tratar de resolver el otro bolonki, el que lo llevó a Inglaterra en la primera parte de la novela. O sea que la maniobra de Wood de hacerte un “dos por uno” resulta exitosa hasta ahí nomás, porque una de las dos líneas argumentales se come casi 60 páginas en el freezer y no se resuelve, sino que se encamina hacia una resolución que en este tomo no se ve.
Igual te divertís mucho, sobre todo en la primera parte, cuando Dago se la pasa tirando one-liners irónicos, cuando lo vemos boludear a reyes y nobles con total impunidad, y bajar línea en joda acerca de lo choto del clima, lo incomible del morfi y lo poco que se baña la gente de Londres. Cuando no le toca desenvainar la espada, Dago desenvaina la lengua y resulta tan letal como cuando te atraviesa con sus armas.
Lástima que algunos diálogos estén mal armados, con globos que responden al globo que se lee inmediatamente después. No sé si es un problema arrastado de la edición italiana, o si se produjo al traducir la historieta al castellano, pero hay cinco o seis diálogos así, con los globos puestos en el orden de lectura incorrecto.
Ah, y el dibujo de Carlos Gómez… no me alcanza el espacio para analizarlo, así que me limito a babearme un poco y a repetir todos los elogios que le prodigué en las reseñas de los tomos anteriores. Un monstruo, con todas las letras. El año que viene, más Dago y más Gómez, acá en el blog.
miércoles, 26 de noviembre de 2014
26/11: THE UNWRITTEN: TOMMY TAYLOR AND THE SHIP THAT SANK TWICE
Tercer libro de Mike Carey que me clavo en lo que va del mes y me parece que este es el mejor de los tres. Tommy Taylor and the Ship that Sank Twice es una novela gráfica pensada para que el lector que nunca había accedido a The Unwritten pueda hacerlo de modo fácil, rápido, y quedar inmediatamente fascinado por este concepto que Carey y su viejo compañero de aventuras Peter Gross vienen desarrollando hace ya cinco años largos, en una de las mejores series de la historia de Vertigo.
The Unwritten, por si nunca leiste las siete u ocho reseñas que le dediqué acá en el blog, es un comic que juega con los límites entre la literatura y la realidad, con la palabra como eje central las reglas que separan lo posible de lo imposible. Fiel a ese concepto, la novela gráfica también nos ofrece dos lecturas paralelas: por un lado, la primera aventura de Tommy Taylor, la que lo consagró como el personaje de ficción más exitoso y querido por los lectores de todo el mundo y todas las edades (en esta serie, obvio, no en nuestra realidad). El secret origin de Tommy, si se quiere, contado en un tono bien de Harry Potter, repleto de elementos fantásticos, chicos que aprenden, maestros que enseñan unas cosas y ocultan otras, secretos antiguos que se revelan, y por sobre todas las cosas, la explicación de por qué Tommy es, con sólo 10 años, el mago más portentoso de su generación.
Si leés sólo este tramo de la novela, te vas a cebar mal, te vas a divertir, a asustar, a enternecer, a vivir un montón de emociones. La idea de contarnos en historieta una novela completa de Tommy Taylor (en The Unwritten siempre aparecían breves fragmentos) y encima la primera, la que abre puntas para todos lados, fue un acierto inmenso por parte de Carey, porque ahora sí, uno quiere al personaje de ficción tanto como al “real”.
Porque además, en medio de la aventura de Tommy y sus amigos en la academia de Tulkinghorn, Carey mecha unas secuencias breves pero terriblemente intensas, que transcurren en el otro nivel de realidad: el de Wilson Taylor, el escritor que crea a Tommy Taylor como personaje de ficción. Y a su vez, estas secuencias narran el origen de Tom Taylor, el hijo de carne y hueso que Wilson decide tener para presentarlo al mundo junto a su hijo de papel y tinta. El plan maestro de Wilson para que Tom y Tommy sean prácticamente la misma pesrona, para borronear los límites entre literatura y realidad (repito, el elemento central de The Unwritten) es brillante. El escritor narra en primera persona, en extensos bloques de texto, todo este proceso, fascinante y perverso a la vez: sus fuentes de inspiración para crear a Tommy, su relación con la que será la madre de Tom, el embarazo, el nacimiento, las repercusiones en el “mundo real” de esta novela que sale y rompe todo, su visión de la faceta comercial de la producción literaria, todo eso está descripto desde la óptica de Wilson, quizás el personaje central de esta obra, mucho más allá de roles como el de “el héroe” o “el villano”.
El despliegue de recursos de Carey es enorme, sobre todo porque en las secuencias de Wilson, tiene que lograr que el personaje escriba como un escritor. Y si bien todos los textos están buenos y muchos de los personajes secundarios que rodean a Tommy tienen diálogos magníficos, es en estos bloques de texto extraídos del diario de Wilson donde la prosa de Carey realmente levanta un vuelo cercano a la genialidad.
Como estas 150 páginas fueron realizadas en simultáneo con la publicación mensual de The Unwritten, Peter Gross no tuvo tiempo de dibujarlas. Lo que hizo fue plantar las páginas, ubicar las viñetas en las páginas y luego repartirlas entre él mismo y otros seis dibujantes (entre ellos, grossos como Dean Ormston, Shawn McManus, Al Davison y Gary Erskine) para que les dieran el acabado final. Y sí, se nota un poco el cambio de dibujantes de secuencia a secuencia, sobre todo en detalles del entintado. Pero esto no distrae, ni obstaculiza el disfrute ni el flujo del relato. También hay cinco coloristas distintos, cada uno con sus yeites, pero a pesar de su heterogeneidad, toda la faz gráfica de la novela es más que satisfactoria. Y haber realizado estas 150 páginas sin suspender el ritmo mensual de publicación de la serie debe haber sido una proeza, sobre todo para los coordinadores, que tuvieron que lidiar con un veradero ejército de artistas y lograr que todos entregaran a tiempo un trabajo de notable calidad.
Resumiendo, Tommy Taylor and the Ship that Sank Twice cierra por todos lados: porque es una excelente historia y porque seguro que le trajo más lectores a una serie gloriosa como es The Unwritten. Y ahora sí, creo que hasta el año que viene no rompo más las bolas con Mike Carey.
The Unwritten, por si nunca leiste las siete u ocho reseñas que le dediqué acá en el blog, es un comic que juega con los límites entre la literatura y la realidad, con la palabra como eje central las reglas que separan lo posible de lo imposible. Fiel a ese concepto, la novela gráfica también nos ofrece dos lecturas paralelas: por un lado, la primera aventura de Tommy Taylor, la que lo consagró como el personaje de ficción más exitoso y querido por los lectores de todo el mundo y todas las edades (en esta serie, obvio, no en nuestra realidad). El secret origin de Tommy, si se quiere, contado en un tono bien de Harry Potter, repleto de elementos fantásticos, chicos que aprenden, maestros que enseñan unas cosas y ocultan otras, secretos antiguos que se revelan, y por sobre todas las cosas, la explicación de por qué Tommy es, con sólo 10 años, el mago más portentoso de su generación.
Si leés sólo este tramo de la novela, te vas a cebar mal, te vas a divertir, a asustar, a enternecer, a vivir un montón de emociones. La idea de contarnos en historieta una novela completa de Tommy Taylor (en The Unwritten siempre aparecían breves fragmentos) y encima la primera, la que abre puntas para todos lados, fue un acierto inmenso por parte de Carey, porque ahora sí, uno quiere al personaje de ficción tanto como al “real”.
Porque además, en medio de la aventura de Tommy y sus amigos en la academia de Tulkinghorn, Carey mecha unas secuencias breves pero terriblemente intensas, que transcurren en el otro nivel de realidad: el de Wilson Taylor, el escritor que crea a Tommy Taylor como personaje de ficción. Y a su vez, estas secuencias narran el origen de Tom Taylor, el hijo de carne y hueso que Wilson decide tener para presentarlo al mundo junto a su hijo de papel y tinta. El plan maestro de Wilson para que Tom y Tommy sean prácticamente la misma pesrona, para borronear los límites entre literatura y realidad (repito, el elemento central de The Unwritten) es brillante. El escritor narra en primera persona, en extensos bloques de texto, todo este proceso, fascinante y perverso a la vez: sus fuentes de inspiración para crear a Tommy, su relación con la que será la madre de Tom, el embarazo, el nacimiento, las repercusiones en el “mundo real” de esta novela que sale y rompe todo, su visión de la faceta comercial de la producción literaria, todo eso está descripto desde la óptica de Wilson, quizás el personaje central de esta obra, mucho más allá de roles como el de “el héroe” o “el villano”.
El despliegue de recursos de Carey es enorme, sobre todo porque en las secuencias de Wilson, tiene que lograr que el personaje escriba como un escritor. Y si bien todos los textos están buenos y muchos de los personajes secundarios que rodean a Tommy tienen diálogos magníficos, es en estos bloques de texto extraídos del diario de Wilson donde la prosa de Carey realmente levanta un vuelo cercano a la genialidad.
Como estas 150 páginas fueron realizadas en simultáneo con la publicación mensual de The Unwritten, Peter Gross no tuvo tiempo de dibujarlas. Lo que hizo fue plantar las páginas, ubicar las viñetas en las páginas y luego repartirlas entre él mismo y otros seis dibujantes (entre ellos, grossos como Dean Ormston, Shawn McManus, Al Davison y Gary Erskine) para que les dieran el acabado final. Y sí, se nota un poco el cambio de dibujantes de secuencia a secuencia, sobre todo en detalles del entintado. Pero esto no distrae, ni obstaculiza el disfrute ni el flujo del relato. También hay cinco coloristas distintos, cada uno con sus yeites, pero a pesar de su heterogeneidad, toda la faz gráfica de la novela es más que satisfactoria. Y haber realizado estas 150 páginas sin suspender el ritmo mensual de publicación de la serie debe haber sido una proeza, sobre todo para los coordinadores, que tuvieron que lidiar con un veradero ejército de artistas y lograr que todos entregaran a tiempo un trabajo de notable calidad.
Resumiendo, Tommy Taylor and the Ship that Sank Twice cierra por todos lados: porque es una excelente historia y porque seguro que le trajo más lectores a una serie gloriosa como es The Unwritten. Y ahora sí, creo que hasta el año que viene no rompo más las bolas con Mike Carey.
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