el blog de reseñas de Andrés Accorsi

viernes, 29 de abril de 2022

ULTIMAS RESEÑAS DE ABRIL

Ahora que tuve que frenar la gira de presentación de ¿Quién quiere ser superhéroe? (por un tiempo, hasta que se pueda imprimir una segunda tirada), me quedan unas cuantas horas libres para leer, que estoy repartiendo entre textos sobre historieta (algo que me apasiona desde siempre) y las historietas propiamente dichas. Me devoré en minutos el Vol.4 de 20th Century Boys, la obra maestra de Naoki Urasawa. Este tomo es absolutamente fundamental, porque acá se nos narra -por fin- la verdad acerca de los sucesos de "la Nochevieja Sangrienta". Dónde estaba y qué hizo cada uno de los personajes durante el ataque del robot maligno a la ciudad de Tokyo en la noche del 31 de Diciembre del 2000. Todo ese tramo del manga es hermoso, te atrapa, te asfixia, te hace bailar a un ritmo frenético de emociones y sacudones, sin llegar a darte todo lo que le pedís, porque claro, Urasawa todavía no nos reveló quién carajo es el enigmático Amigo. La extensa secuencia del escape de "Shogun" y el mangaka de la prisión de máxima seguridad también es memorable, y entra a la lista de grandes momentos que han aparecido hasta ahora en este thriller conspiranoico y genial. Después, cuando Urasawa desplaza el foco de la historia hacia Kyoko Koizumi, la trama se hace no más predecible, pero sí más tradicional. Por supuesto es impactante la reaparición de Yoshitsune, pero el resto, la parte de las pruebas que debe sortear Koizumi para no entrar en esa especie de campo de concentración disfrazado de Disneyworld, no me pareció tan atractivo. Pero de todos modos Urasawa sigue hablando de lo mismo, de lo que parece ser el tema central de esta parte del manga: la grieta entre la realidad y el relato. Lo que los poderosos quieren que creamos, frente a lo que en realidad sucedió, o está sucediendo. En ese contraste, 20th Century Boys crece en potencia discursiva y va más allá de "la obra maestra del suspenso". Hay otros dos ases de espadas en el mazo de Urasawa. Uno es el juego constante, el ida y vuelta entre tres momentos del tiempo: 1971-72, 2000-01 y 2014-15. Si agarrás la serie por la mitad, o por este cuarto tomo, es algo imposible de entender, pero si la venís siguiendo, llega un punto en que te resulta natural identificar a los personajes en esas tres etapas. Además, Urasawa mete muchas referencias al contexto histórico de cada momento como para que, si no identificás a los personajes, por lo menos entiendas que estás viendo una secuencia de 1972 y no de 2014. El otro as de espadas es (obviamente) el dibujo. Este es un rubro en el que todo elogio que uno le pueda propinar al autor queda chico. Esto es demasiado perfecto para se real. No hay nada que no esté perfectamente dibujado, no hay un encuadre mal elegido, una viñeta mal compuesta, una página mal equilibrada entre imagen y texto... Esto es una cátedra, de un maestro superlativo. Se puede no estar de acuerdo con la extensión de algunas escenas (me pasa casi siempre que leo manga), pero Urasawa se mata que que cada una tenga un clima propio y hasta le pone el alma al diseño de personajes muy menores, de esos pensados para aparecer en apenas dos o tres páginas. El resultado es un manga que respira realidad, que te convence de que todo lo que pasa es posta, aunque aparezcan elementos claramente fantásticos como el monstruo mecánico que esparce un virus letal. 20th Century Boys es una aventura de un nivel apabullante, un manga que cualquier adolescente y cualquier adulto debería leer y estudiar en detalle.
Me vengo a Argentina, año 2021, cuando se publica La Calle de los Sonrientes que (si no me equivoco) es la primera obra escrita por Pablo Stanisci, quien habitualmente trabaja como corrector para varias editoriales del medio local. Este comic parte de una premisa atractiva, logra generar un clima inquietante y tocar un tema áspero de manera bastante original. Perdón que no sea más específico, pero es una historia que, si la spoileo, pierde toda la gracia. El problema que tiene la obra es el contraste brutal entre el ritmo descomprimido que elige el autor para narrarla y la cantidad de páginas que dura. Contar la historia así, en plan película de Miyazaki, con largas secuencias mudas, con ese ritmo pachorro (que encaja bien con la ambientación geográfica y temporal de la trama), está bueno si tenés 250 páginas. Si tenés 48, te pasa lo que le pasa a La Calle de los Sonrientes, que termina en cualquier parte. O más precisamente, cuando parece que el villano ya no tiene quién lo detenga. ¿Es una primera parte y no nos avisaron? No sé, pero ese punto final de la página 48 es una patada en la garganta, una falta dentro del área digna del Cabezón Ruggeri. A cargo del dibujo y el color tenemos a Florencia Paccela, una autora cuya obra anterior (publicada hace ya unos cuantos años) se me hizo imposible de leer por lo precario que me resultaba el dibujo. Acá el dibujo está bastante mejor, lejos de lo ideal, pero también lejos de aquellos primeros palotes. Paccela también debe ser fan de las películas de Miyazaki, porque su grafismo trata de ir para ese lado. Se nota una fuerte influencia del manga, incluso cuando después le agrega color a los dibujos. Lo más flojo son los fondos, desprolijos, descuidados, sin ninguna gracia. Ni el color soslaya la poca atención que Paccela le prestó a ese rubro. En las figuras humanas también hay algo de desprolijidad, pero no hace tanto ruido, porque está todo exagerado en función de la expresividad, del impacto que transmite el dibujo desde las poses y los rostros de los personajes. Lo que nos narran Stanisci y Paccela en estas 48 páginas podría reescribirse tranquilamente en 24, y publicarse junto a otras 24 páginas en las que La Calle de los Sonrientes llegue a un final menos abrupto y más consistente con el desarrollo de los personajes y los conflictos. Así como está, no me terminó de cerrar. Y nada más, por hoy. Si andan por la Feria del Libro, pasen por el stand de Comic.ar y llévense los pocos ejemplares que quedan de ¿Quién quiere ser superhéroe?. Nosotros mientras tanto, activamos un nuevo número de Comiqueando Digital que va a estar listo para Agosto. Gracias y hasta pronto.

martes, 26 de abril de 2022

LA VUELTA OLÍMPICA

Ahora sí, terminé el quinto y último tomo de los que recopilan todo el paso de Walt Simonson por la revista de Thor. Un quinto tomo un poquito ladri, porque incluye solo ocho episodios, uno de los cuales es doble, y una extensa sección de bocetos y pin-ups... que están geniales. Yo suelo putear cuando en los libros me meten 20 ó 30 páginas que no son historieta, pero acá el material extra es realmente hermoso, sobre todo porque (a diferencia de las historietas) está todo dibujado por el propio Simonson. El ídolo acá aporta el plantado a lápiz de la historieta visualmente más impactante del tomo (la de Thor contra la serpiente Jormungand), casualmente la más floja a nivel argumental. Esto hay que leerlo como un experimento: un comic de 26 viñetas extra-large, en las que Simonson deja la vida y Sal Buscema trata de no estropearlo todo con su entintado. Por suerte lo logra. En el resto de los episodios, Buscema se hace cargo también de los lápices con resultados que no me convencen demasiado. Y hay un episodio en el que el hermano de John solo aporta los lápices y le deja las tintas a otro veterano de enorme producción, muy identificado con Marvel: el maestro Joe Sinnott, quien mejora muchísimo los lápices de Buscema. Nada se ve tan alucinante como las viñetas-página (y las portadas) que dibuja Simonson, pero el combo Buscema-Sinnott levanta un poco el promedio en materia gráfica. Por suerte los guiones mejoran mucho respecto del tomo anterior. Simonson escribe mejor, sus soliloquios se lucen mucho más y casi tiene sentido que Thor hable solo, como si le relatara las peleas al lector mientras las protagoniza, y sobre todo que hable MUCHÍSIMO. Estos son comics MUY hablados, con una cantidad de diálogos que a los lectores de hoy les parecería un disparate. Por todos lados hay globos de diálogo, y no, no todos ayudan a que las tramas avancen, ni a profundizar en la caracterización de los personajes. Unos cuantos son redundantes con la acción que nos muestran los dibujos. Pero aún así, las tramas avanzan de manera lógica, armónica, y todo el tiempo se nota que Simonson sabe lo que quiere hacer con cada uno de los personajes. Thor atraviesa momentos dificilísimos en estas páginas, y sale airoso de maneras que sorprenden al lector, por lo originales y por lo bien escritas. Finalmente, Simonson se despide con un número doble, el 382, que conmemora 300 apariciones del Dios del Trueno al frente de esta revista, que originalmente era Journey into Mystery y más tarde adoptó el nombre del héroe. Y la verdad que todas esas páginas extra vienen bárbaro, porque Simonson se propone dejar todo cerradito y prolijo para quienes continúen la serie, y había 8000 puntas argumentales para cerrar. Lo único que no llega a resolver acá (el plot de Iceman) lo va a resolver junto a su esposa Louise en las páginas de X-Factor. Pero la saga de Thor cierra perfectamente, te da la opción de nunca en tu vida volver a leer un comic ambientado en Asgard posterior al nº382 de Thor, sin sentir que te quedó nada pendiente. Por suerte esta serie tendrá nuevas épocas de gloria, pero para eso faltan más de diez años.
Me voy a Francia, al año 1998, cuando el país del champagne y la bande dessinée no solo organiza un Mundial, sino que además se queda con la Copa (Brasil, decime qué se siente). Para coincidir con semejante hito, la revista L´Echo des Savanes publica un especial de 96 páginas, todo con historietas de temática futbolera. La lista de autores es un verdadero seleccionado: Philippe Vuillemin, François Boucq, Frank Margerin, Philippe Druillet, Baru, Georges Wolinski, Edika, Jean-Claude Denis, Tramber, Jean-Marc Rochette, Tronchet, Jacques Ferrandez, la dupla Stan & Vince, Philippe Bercovici... un escándalo. Y las historias, si bien en su mayoría padecen el hecho de ser muy breves, y de no contar con los personajes más conocidos de estos monstruos del Noveno Arte, en general zafan. La mejor es la de Boucq, porque aparece Jerome Moucherot, y porque es un delirio brillante. La de Baru también es muy buena. La de Vuillemin es un chiste gracioso, que podría contarse con futbolistas, con bomberos, con soldados, o con repositores de supermercado. Fiel a su estilo, Wolinski se va al carajo metiendo sexo en cualquier parte (esta vez aparecen pelotas de futbol a las que les crecen porongas). La de Rochette me gustó bastante, la de Ferrandez y Tronchet también, la de Stan & Vince también, pero todas se apoyan en ideas que daban para varias páginas más. La de Druillet es una fumanchereada sin pies ni cabeza, por supuesto dibujada como la hiper-concha de Dios. Las de Denis y Bercovici están muy bien porque no parecen comprimidas para entrar en cuatro páginas. Son buenas ideas, desarrolladas en el espacio que necesitaban para contar algo piola sin apretar ni estirar. Y de los autores que no conocía, hubo dos que me gustaron mucho. Uno es Luz, bien del palo del humor gráfico mudo, con un trazo muy atractivo y un gran timing para la comedia. Y el otro es Arnon, una especie de hijo de Jean-Claude Mézieres y Jack Kirby, con un dibujo muy expresivo, muy dinámico, ideal para comics de acción y machaca. Nada, esto es una rareza, con el atractivo de que es poco probable que estas historietas se hayan republicado en tomos de historias cortas de Boucq, Margerin, Tronchet, Vuillemin, Baru y demás ídolos. Si sos muy fan de estos autores y querés tener todas sus historias cortas, o si so muy fan del futbol y te copa la idea de juntar a los historietistas más grossos de Francia para dejarlos jugar libremente con este tema, el Special Foot de L´Echo des Savanes tiene que estar en tu vitrina, al lado de la Libertadores y la Sudamericana. No hay ninguna historia que te cambie la vida ni que te detone la capocha, pero la vas a pasar mejor que viendo esos Super-Clásicos inflados que terminan 0-0. Nada más, por hoy. Nos vamos al vestuario a putear al arquero que se comió 18 de los 19 goles que nos hicieron, y nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 22 de abril de 2022

LECTURAS DE LARGA DISTANCIA

Aproveché unas cuantas horas de viaje a Córdoba para leer un par de libritos más, y estas son las reflexiones surgidas de esas lecturas. Los Locos del Gekiga es una novela gráfica autobiográfica de Masahiko Matsumoto, serializada muy de a poco entre mediados de los ´80 y principios de los ´90, obviamente en Japón. Matsumoto cuenta básicamente el período de incubación y el surgimiento del movimiento renovador del manga conocido como gekiga, con el foco puesto en los años 1956 y 1957, y en el grupito que formó él junto a Takao Saito y Yoshihiro Tatsumi. Por supuesto que esto se pisa por momentos con A Drifting Life, el manga autobiográfico de Tatsumi que cuenta su vida desde que descubre el manga hasta... fines de los años ´60, más o menos. La obra de Tatsumi abarca muchos más años en las vidas de los "locos del gekiga", pero claro, tiene muchas más páginas que la obra de Matsumoto. Al ser más específica, Los Locos del Gekiga es mucho más incisiva, tira más data y más precisa, y te da un panorama mucho más completo de esa etapa puntual. E incluso brinda respuestas a preguntas ineludibles, como por qué el gekiga prescinde de los chistes y de los elementos fantásticos. Matsumoto se abstiene (con buen tino) de meterse con la interna entre Tatsumi y su hermano, pero se embarra hasta la cintura en las miserias y mezquindades de los editores y expone situaciones de la vida familiar de varios personajes secundarios. Al igual que en A Drifting Life, el secundario al que más atención le presta Matsumoto, el que más le disputa el protagonismo a los tres mangakas centrales, es el sensei Takigawa, una especie de mentor del trío, al que en un punto no entendés cómo no le hacen la cruz y se lo sacan de encima, porque se convierte en un tipo de buenas intenciones pero pésimas actitudes. Y si bien la narración de Matsumoto es prolija, y en general está todo muy bien explicado, en un momento aparece de la nada un nuevo personaje (Uki) que cobra bastante protagonismo, pero al que el autor no se toma ni un bloquecito de texto para contarnos quién es, de dónde sale y por qué los "locos del gekiga" le dan tanta pelota. Como suele suceder en el comic documental, o pensado para recrear situaciones de la vida real, el dibujo no es lo más importante. Sin embargo, y sobre todo después de haber leído la autobiografía de Tatsumi, acá el dibujo es tan choto que molesta. No sé cómo hizo Masahiko Matsumoto para convertirse en un mangaka importante en los años ´50, a la par de Tatsumi o Saito. Por ahí era bueno en ese entonces y fue empeorando en las décadas posteriores, ni idea. Lo cierto es que llega al momento de dibujar Los Locos del Gekiga en un nivel muy precario, no carente de cierta chispa o de cierta expresividad, pero muy limitado a la hora de dibujar personas, objetos, decorados... y ni siquiera lo compensa con ideas novedosas en materia de puesta en página, onomatopeyas, aplicación de los grises o algo que ayude a decir "no, pará, tan malo no es...". Al que viene en busca de dibujos deslumbrantes, no le puedo recomendar este manga, ni a palos. Pero al que le interesa la historia del comic japonés y quiere conocer a fondo el "secret origin" de la corriente estética y temática conocida como gekiga, ver cómo se gesta ese embrión que años más tarde explotaría en la revista Garo y sus sucedáneas, o sufrir y gozar con los primeros éxitos y sinsabores de autores tan icónicos como Takao Saito y Yoshihiro Tatsumi, esta novela gráfica seguramente lo va a atrapar, pese a lo croto de la faz gráfica.
Me vengo a Argentina, año 2021, para leer Spectro S.A., un trabajo de Diego Arandojo, Luis Santamarina y Alfredo Retamar que se esfuerza por presentarnos a personajes y situaciones claramente pensados para seguir más allá de estas páginas. La consigna es medio pobretona: "una joven y su hermano resuelven casos paranormales medio de pedo, usando objetos mágicos que no saben bien cómo funcionan". Pero a partir de ahí, Arandojo y Santamarina se van a deslomar para que las aventuras sean entretenidas, para que uno se deje cautivar por esta extraña guerra entre entidades sobrenaturales que tiene como escenario a nuestro país, y sobre todo para que nos caigan bien estos personajes. A través de un gran trabajo en los diálogos y en el timing de comedia que atraviesa toda la obra, uno rápidamente se encariña con Ismael y Merlina y quiere ver y saber más acerca de lo que está sucediendo. El libro está estructurado en cuatro episodios de 22 páginas, y el único que tarda un poquito en arrancar es el primero. Después las tramas encuentran un ritmo muy ágil, que las hace divertidas sin renunciar al impacto que tienen los elementos vinculados al terror. Al final aparece una historia un poco más breve, que es la única que me resultó totalmente predecible. Para cuando termina el cuarto episodio, todavía quedan muchos objetos mágicos sin usar, y sigue en marcha la ominosa conspiración que involucra a seres demoníacos y que busca eliminar a los poseedores de estos objetos. Así que seguramente habrá nuevas aventuras de Ismael y Merlina en futuros tomos de Spectro S.A. En cuanto al dibujo, en la historia más breve tenemos a J.C. Thomas, que no se luce demasiado. Lo más lindo a nivel visual es la aplicación de las tramas, que está a cargo de Alfredo Retamar. Y el propio Retamar dibuja los cuatro episodios más extensos, en un estilo que busca acercarse al de Salvador Sanz, con un éxito relativo. De nuevo, en las páginas de Retamar lo más destacable es la aplicación de las tramas, un rubro en el que este artista despliega un verdadero talento. El resto es cumplidor, pero no deslumbrante. Las imágenes de la tapa y contratapa prometen un nivel que adentro del libro, lamentablemente, no vamos a encontrar. Pero este trabajo de Retamar es bastante mejor que otros que habíamos visto antes (me acuerdo sobre todo de La Sombra de Alec Foster), así que se puede confiar en que siga evolucionando y depurando su estilo hasta convertirse en un referente del estilo realista. Nada más, por hoy. Ya empecé el Vol.5 de Thor para clavar reseña de eso y alguna otra gilada en los próximos días. Gracias y hasta pronto.

lunes, 18 de abril de 2022

AVANZAN LAS LECTURAS

De a poquito me voy encontrando con espacios y momentos para leer comics y el humilde resultado son las reseñas que posteo a continuación. Le entré al Vol.4 de la colección de TPBs que recopilan toda la etapa de Walt Simonson en Thor. Acá ya se empieza a imponer la sensación de que esto se estiró más de la cuenta. Primero y principal porque de los 10 episodios que ofrece el libro, Simonson solo dibuja cuatro, y el resto se los deja a Sal Buscema, que es un dibujante para mi gusto MUY inferior a Simonson. Ni el nuevo coloreado de Steve Oliff ni los entintadores que le ponía Marvel le sientan bien al dibujo de Buscema, y si bien se nota que se esfuerza por darnos las que hasta ese momento (1986) eran las mejores páginas de su carrera, la diferencia con los números que dibuja Simonson son muy, muy pronunciadas. De jugar la Champions contra el Real Madrid, la faz gráfica de Thor pasó a pelear el descenso a la B Nacional con San Lorenzo y Huracán. Y sin salir de este mismo tomo, lo cual es más doloroso. La calidad de los guiones también decae bastante. El tomo arranca con la saga en la que Thor se convierte en sapo, muy divertida, donde se nota que Simonson la estaba pasando bomba. El último episodio que dibuja el ídolo es una especie de venta de humo, un amague de que van a pasar cosas que finalmente no pasan, y de ahí en adelante la venta de humo se va a hacer cada vez más frecuente. Los cuatro primeros episodios que dibuja Buscema son, sin duda, los guiones más flojos que escribió Simonson para esta serie. Estirados, predecibles, muy sobrecargados de personajes que no aportan nada... Sin ser desastrosos, bajan bastante el listón respecto de lo que veníamos viendo. Y los dos últimos episodios del libro son los que empalman con la Mutant Massacre, que yo tenía bastante fresca por haber leído el sexto Essential X-Men allá por el 10 de Agosto de 2020. Esto también es medio delictivo: son 45 páginas en las que tenemos UNA sola secuencia importante, de alto impacto, que es cuando Thor impide que los Marauders maten a Angel, a quien tienen cautivo en las cloacas de New York y están torturando sin compasión. Este momento puntual está narrado de manera magistral, pero decorado con páginas y páginas de subplots poco atractivos o escenas de pelea que no aportan nada. Me falta un último tomo, donde Sal Buscema dibuja todas las historias, y donde creo que lo único realmente potente debe ser el momento en que Thor deja su clásica malla negra con los botones plateados para empezar a lucir una armadura majestuosa que, lamentablemente, va a durar muy poco. Ya veremos con qué me encuentro cuando lo lea, pero por ahora mi fe va en caída libre.
Por el contrario, cada día banco más a Roque & Gervasio, pioneros del espacio, la serie de comedia ci-fi creada por Federico Reggiani y Ángel Mosquito. El segundo librito de la colección, "El lado de afuera del cosmos", es una joya del humor, con momentos de una aventura bastante intensa, con peligros, traiciones y peripecias espesas. Hay un trabajo exquisito en la construcción del universo, y sobre todo brillan los diálogos, en los que Reggiani está afiladísimo. Pocas veces vi historietas escritas "en argentino" donde las voces de los personajes suenen tan creíbles al oído vernáculo, y a la vez tan graciosas. La aventura tiene ritmo, sorpresas, un final notable (con una aparición de Dios, caracterizado por los autores por afuera de cualquier predicción que uno pudiera hacer), los flashbacks están bien insertados y duran lo que tiene que durar, los personajes secundarios entran y salen de escena de modo armónico... Reggiani y Mosquito integran una dupla autoral muy afianzada que acá demuestra que, a pesar de los muchos años de trabajo conjunto, se estaban guardando bajo la manga algunas de sus mejores ideas. El dibujo es excelente, con el grado exacto de síntesis en los personajes, un gran laburo de aplicación de grises y esa capacidad que tiene Mosquito para "acomodar" en la viñeta algunos globos de diálogo bastante superpoblados de palabras. Incluso algo que habitualmente juega en contra, como es la reiteración de planos, Mosquito sabe cómo hacer para que le juegue a favor, al convertir la reiteración en un efecto cómico que se potencia con la gracia que tiene lo que sucede y lo que dicen los personajes. Obviamente estas mismas páginas se verían mejor si las viñetas estuvieran separadas por zanjas blancas y no por líneas negras, pero así están muy, muy bien. Recomiendo a full las aventuras de Roque & Gervasio, creo que es la mejor serie "ongoing" que tiene hoy la historieta argentina. Ya salió el tercer librito (prometo reseñarlo antes de fin de año) y los autores están trabajando en un cuarto. Recorrer los confines del cosmos y cagarse de risa al mismo tiempo no es tarea fácil, pero Reggiani y Mosquito encontraron la fórmula y, por ahora, funciona 10 puntos. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.

viernes, 15 de abril de 2022

MORBIUS

Bueno, antes que nada tengo que aclarar que nunca fui fan de Morbius y lo único que conocía del personaje son aquellas primeras apariciones en Amazing Spider-Man, con esos dibujos pasados de rosca del maestro Gil Kane y guiones... creo que de Roy Thomas. Nunca leí un comic de Morbius solista, ni team-ups con otros personajes, ni me vinculé de ninguna manera con un personaje que jamás me suscitó el menor interés. Aún así, gracias a las palabras mágicas "tengo entradas gratis" de mi amigo Nico, me animé a invertir casi dos horas de mi vida en este largometraje dirigido por Daniel Espinosa. Una inversión que resultó tan fructífera como comprar seis millones de mandarinas, alquilar depósitos para guardarlas y dejar que se pudran sin venderlas ni comerlas. Hace poquito, en el vuelo de regreso de EEUU a Argentina, había visto Venom: Let there be Carnage y me había parecido una bazofia. Al lado de Morbius, es un clásico incuestionable del Séptimo Arte. Morbius arranca muy mal, a los 15 minutos se precipita aún más para castigar (a quienes no se duerman) con un tramo desolador y después trata de levantar, pero no tiene con qué. No hay personajes interesantes, no hay un conflicto atractivo, no hay buenas actuaciones... Hay cheap thrills y hay una acumulación de clichés tan burda, tan ramplona, que parece casi intencional por parte de los guionistas. Sin dudas, el principal problema es ese: un argumento endeble llevado adelante con un guion decididamente choto, sin ritmo, sin impacto, sin emoción, sin imaginación ni onda en los diálogos, pura fórmula. No funciona como película de terror, la trama policial es un embole, la trama romántica da vergüenza ajena y como película de superhéroes tampoco va a ningún lado. ¿Se puede remar con algo semejante bodoque? Y, no. Los efectos visuales están muy bien, el maquillaje de los vampiros es muy bueno, la música (si bien derivativa y poco original) tiene momentos potentes, la fotografía está muy bien, y la peli me sirvió para descubrir a una actriz bellísima, a la que jamás había visto, Adria Arjona. Ni en pedo creo que se justifique fumarse esta bazofia para admirar a esta hermosa morocha, porque ni siquiera actúa bien, pero es de lo poco que se puede rescatar. Por lo menos cuando aparece Adria en cámara no te preguntás "¿qué carajo hago viendo esta garcha?". Sobre el final, en las escenas post-créditos, a los guionistas les agarra de golpe el apuro por vincular a Morbius con personajes de otras películas, y se produce otro salto de un universo fílmico a otro (como el de Venom), de un personaje al que no voy a nombrar para no spoilear. Por supuesto esto está ejecutado del mismo modo torpe y precario que todo el resto de la película, pero por lo menos si hay una secuela, va a contar con la actuación de uno que la tiene bastante más clara que Jared Leto y el resto de los muchachos que dan lástima en esta cinta. No sé hasta dónde me tengo que remontar para encontrar una película tan chota basada en un comic de Marvel. Esto es peor que la Daredevil de Ben Affleck, peor que las Fantastic Four de los 2000... Por ahí es más fácil equipararla a las películas con personajes de DC, porque es aburrida, solemne, con pretensiones dramáticas tan mal plasmadas que te terminás cagando de risa, y con esa falta de consistencia que asociamos con bodrios tipo Batman vs. Superman. Pero es peor que Batman vs. Superman. No sé si peor que Wonder Woman 1984, o que Birds of Prey, pero anda por ahí cerca. Obviamente, al no ser fan de Morbius, ni de Jared Leto, ni de las películas de Sony con personajes de Marvel en general, fui sin la más mínima expectativa de ver algo grosso. Pero de verdad, no sospechaba que me iba a encontrar con una película tan hueca, tan fallida en tantos aspectos. No le puedo recomendar Morbius a nadie. Ni a pibes de 12 años. Ni siquiera a mis enemigos. Posta, es demasiado mala. Juicio y castigo al director, a los guionistas y al ejecutivo de Sony que dijo "hagamos una película con Morbius como protagonista".

martes, 12 de abril de 2022

DOS LIBRITOS CORTOS

Bueno, se terminaron mis vacaciones y acá estoy, listo para retomar la sana gimnasia de reseñar las historietas que leo. Estoy leyendo poco, porque le estoy metiendo mucha pata a las revistas y libros de info SOBRE comics, que se acumulan y requieren muchas horas de lectura. Pero algo tengo para reseñar. Me compré otro librito editado por Muñones. Sí, ya sé, no aprendo más. Pero era un tomo de historias cortas autoconclusivas de Juan Zanotto, con material muy lindo de los ´80, ´90 y principios de los 2000. Son unas 70 páginas sin relleno, con historietas casi de punta a punta, como me gusta a mí. Está el hermoso homenaje a Oesterheld que Zanotto había hecho con el italiano Beppi Vigna, hay varias historias cortas escritas y dibujadas por el mismísimo Juan y unas cuantas escritas por Emilio Balcarce, un guionista que se entendía muy bien con Zanotto, con quien compartía el gusto por las películas yankis de ciencia-ficción. Lo mejor del tomo es el homenaje a Oesterheld, por amplia diferencia. Pero los mejores dibujos de Zanotto están en las breves historietas a todo color, especialmente en Contra y Caerá la Lluvia. Las tres historias más o menos extensas escritas por Balcarce (Cinco, El Depredador Estelar y Tormenta) comparten un mismo problema: a todas le sobran un par de páginas y funcionarían mejor si fueran más breves. Pero las tres tienen ideas atractivas y momentos que te ponen nervioso. Tormenta es la que más sufre, tanto la estirada como la mala impresión, el empaste de los negros, algo que uno da por descontado cuando compra un libro editado por Muñones. Y hablando de negros… en las 10 historietas que componen Hipernova no hay uno solo. Ni un solo personaje tiene rasgos afroamericanos, ni orientales, ni cercanos a los aborígenes de ningún país americano. Pareciera que para Zanotto y sus guionistas solo existían los hombres y mujeres de raza blanca, desde la prehistoria hasta los futuros remotos. Me llamó mucho la atención ese detalle, que por ahí cuando leíamos las historias cortas salteadas, de vez en cuando, en medio de una revista de antología, se nos pasaba. ¿Estoy en condiciones de recomendar la compra y lectura de un libro publicado por el más funesto delincuente de la historia de la historieta argentina? La verdad que fuera de detalles como la mala impresión de algunas páginas y esa portada pechofrío y desabrida, el material está bueno y el libro es un paso en el sentido correcto, porque todo fan de la historieta argentina merece tener a su alcance la obra de Juan Zanotto, sean las historias cortas o las sagas más ambiciosas. Incluso si no te emocionan los dibujos de Zanotto pero te copa la ciencia-ficción clásica, con una vueltita de tuerca medio irónica o truculenta, en Hipernova vas a encontrar historias que te van a impactar. Y si nunca conseguiste (o no sabías que existe) el libro Oesterheld en Primera Persona (que es donde se publicó por primera vez en castellano la historieta de Zanotto y Vigna), esta es una nueva oportunidad para tener esa breve joyita en tu biblioteca. Yo ya la tengo tres veces, porque además de ese libro de HGO tengo “Donde esta Oesterheld? Il fumetto argentino desaparecido”, el libro italiano donde se publicó por primera vez esa historieta, allá por 2002. Es lo que hay; por suerte son ocho páginas, no 64.
Me voy a Francia, año 2000, cuando se recopilan varias historias de Jack Palmer, el inepto detective creado por el maestro René Pétillon, en un libro llamado El Caso de la Top Model. Allá por el 13/02/18 vimos en este espacio otro álbum de Jack Palmer, el más querido por los fans y más premiado por la crítica. Y si bien L´Enquète Corse me pareció magnífico, me quedé con ganas de más, y así caí en esta edición de Norma. La historia más extensa del álbum es Palmer & la Top Model, una sátira al mundo de la alta costura, la farándula, los desfiles de moda y demás manifestaciones de ese gigantesco culto a la superficialidad que se impuso en el tramo final del Siglo XX. La trama en sí no es brillante ni mucho menos, pero en los diálogos jocosos que aparecen sin parar a lo largo de las 20 páginas, Pétillon saca una diferencia enorme. Me llamó la atención lo bien que funcionan en castellano juegos de palabras y nombres en joda (obviamente traducidos del francés), hasta que me fijé quién había traducido este material: nada menos que el maestro Enrique Sánchez Abulí, garantía absoluta de calidad en todos los rubros. Después tenemos una segunda historieta de 20 páginas (¡Más falso que Judas!) con un argumento genial, un disparate perfecto que gana en comicidad con el correr de las páginas y la acumulación de situaciones absurdas. Esta es la mejor historieta del tomo, la más graciosa, la más original y la más delirante. Y cierra la breve “Pizza Fatale, una parodia despiadada en la que Pétillon se mofa de todas las convenciones del subgénero policial conocido como “whodunnit”, muy popular en la literatura británica y estadounidense. Acá también me reí bastante, siempre dentro de parámetros de un género que uno más o menos ya sabe para dónde puede ir. El dibujo de Pétillon me parece muy atractivo. Por momentos parece Johnny Hart dibujando a mano alzada, directo en tinta, sin bocetos previos y a los santos pedos. Por momentos parece un Edika más civilizado, menos bestial. La verdad es que el recordado autor francés hace milagros con su línea despareja, desenfadada y super expresiva. Además lo ayudan muchísimo el color plano y la puesta en página cristalina, tradicional y absolutamente funcional al timing de la comedia. Acá me encontré con tres historietas muy logradas, una de las cuales está tranquilamente al nivel glorioso de L´Enquète Corse. Así que tranquilamente El Caso de la Top Model puede funcionar como una excelente puerta de entrada para quienes quieran conocer a René Pétillon y su personaje más popular. Ni bien vea otro libro de Jack Palmer, me tiro de cabeza, sea en castellano o en francés. Nada más, por hoy. A l@s amig@s de Cördoba, les cuento que el miércoles 20 a las 19 hs vamos a estar presentando ¿Quién quiere ser superhéroe? en el Centro Cultural España Córdoba, junto al colega y amigo Iván Lomsacov. Ojalá puedan venir. Y con el resto, nos reencontramos pronto a una pantalla de distancia, acá en el blog.

martes, 22 de marzo de 2022

DOS MAS Y A LA PAUSA

Bueno, como ya comenté por acá, a partir del jueves voy a estar lejos de Buenos Aires durante unos 15 o 16 días. Hay alguna chance de que postee en el blog, ya sea desde Santiago de Chile o desde Los Angeles, pero no quiero prometer y después no cumplir. Así que, en principio, las reseñas volverán el 10 o el 11 de Abril. Por ahí hay sorpresas antes de esa fecha, por ahí no. Ya veremos. Sigo adelante con la relectura (ahora en libro y con el color moderno) del Thor de Walt Simonson, y en el Vol.3 me encuentro con que, además de varios números de la serie central, acá se recopilan los cuatro episodios de la miniserie de Balder the Brave, con guion de Simonson y dibujos de Sal Buscema. Es un agregado piola, porque la mini engancha bastante con lo que estaba narrando Simonson en la revista de Thor. Eso sí: está estiradísima. Son cuatro episodios de 22 páginas para contar DOS hechos importantes. Todo el resto es relleno, hecho a base de peleas intrascendentes contra villanos a los que uno sabe que Balder va a derrotar sin dificultad. El dibujo de Buscema está bastante mejor que en el fill-in que aportó al Vol.2, pero igual no hay forma de justificar todas esas páginas para tan poco desarrollo argumental. A menos que seas MUY fan de Balder o de Karnilla, en cuyo caso esto te puede llegar a conmover. En los números de Thor (todos dibujados a un nivel devastador por Simonson) pasan unas cuantas cosas interesantes. La bandera de "epopeya a todo o nada" flamea de principio a fin, hay buenas ideas para desarrollar a personajes como Loki, Enchantress, Frigga, Lorelei, Heimdall, Lady Sif y sobre todo al Executioner, y -por primera vez- Thor sale realmente malherido de un choque con Hela. Lo único medio flojito es esa aventura de Beta Ray Bill contra ese equipo de super-soldados rusos, que realmente no suma más que excusas para que Simonson dibuje acción al recontra-palo en su estilo explosivo y repleto de dinamismo. Otra vez, las onomatopeyas de John Workman hacen un notable aporte a que todo esto se vea definitivamente poderoso y majestuoso. El último episodio del tomo es un crossover con la infausta Secret Wars II, y ni siquiera Simonson está exento de las complicaciones que traen los cruces entre tramas que vienen y van de una revista a otra sin mayor explicación. Dentro de todo, el bolonki es comprensible, sobre todo porque lo que no se resuelve en Thor se resuelve en Power Pack, una revista que en ese momento escribía Louise Simonson, la esposa de Walter, y se nota que todo está bien conversado y planificado para no confundir a los lectores que no seguían las dos colecciones. Eventualmente le entraré al Vol.4, ya cerca del final de la serie. Paciencia.
Leí también el Vol.2 de La Guerre des Magiciens, esa serie creada por Carlos Trillo, Roberto Dal Prá y Cacho Mandrafina, que lamentablemente quedó inconclusa. Al final de este álbum nos informan que el tercero es el último, pero jamás se publicó. La trama queda ahí, a mitad de camino, con la inmensa mayoría de las puntas argumentales sin resolver. El segundo tomo apareció en 2013, bastante después de la muerte de Trillo, y está ambientado en Londres. Pasan menos cosas que en el Vol.1, porque los autores le dedican muchas páginas a flashbacks a cuando los protagonistas eran jóvenes, pero no está mal. Prefiero eso a que me rellenen el álbum con peripecias imposibles que no aportan nada al argumento global de la saga. Acá hay mucho desarrollo para los personajes, y hasta tenemos un par de escenas en las que la magia parece tener alguna relevancia en la trama. ¿Es magia, son ilusiones, qué onda? No está muy claro. Lo que seguro es magia es lo que pela Mandrafina en la faz gráfica. A pesar de que dibujar a Londres de fines de los años ´30 es un embole, a pesar de que prácticamente no hay páginas de menos de ocho viñetas, a pesar de que algunas páginas tienen una cantidad de texto grotesca, que conspira contra el disfrute del dibujo... a pesar de todo, Cacho deja el alma en cada cuadrito y nos regala una página perfecta atrás de otra. El tratamiento del color, la forma de planificar las escenas de acción, las expresiones faciales, el cuidado por la exactitud de peinados, trajes y vehículos de la época... todo es fascinante. Sobre todo ver a un referente absoluto del claroscuro convertido en un maestro del color. Un trabajo realmente brillante del co-creador de Savarese, El Condenado y Cosecha Verde. Pero no hay más guerra de los magos. La editorial Delcourt discontinuó la serie tras el Vol.2, y nunca le pregunté a Cacho si llegó a dibujar (o a leer) el guion del tercer y último álbum. No es la primera vez que un editor francés deja trunca una obra de autores argentinos (le pasó a Trillo y Horacio Domingues con La Marque du Pechée y a Gustavo Schimpp y Horacio Lalia con Belzarek), y aparentemente la chapa de Dal Prá y Mandrafina no alcanzó para sacar la serie a flote, ni siquiera como para terminarla y vendérsela a algún editor italiano, español o latinoamericano. Un bajón. Bueno, nada más. Mañana miércoles hacemos un vivo en el Instagram de Comiqueando que va a estar muy bueno, el viernes estoy presentando ¿Quién quiere ser superhéroe? en el Espacio Shazam! de Santiago de Chile, y el sábado voy a participar de la presentación del tomo integral de El Brujo, también en Shazam!. Después tengo unos días de vacaciones y el 1, 2 y 3 de Abril voy a estar cubriendo la WonderCon en Anaheim, cerquita de Los Angeles y enfrente de Disneyland. Y seguro voy a recorrer comiquerías (y librerías y disquerías y antros nocturnos) en toda esa zona de California. A la vuelta les cuento qué onda. Gracias y hasta entonces.

jueves, 17 de marzo de 2022

DOS HALLAZGOS EXTRAÑOS

Lamentablemente existe un volumen de información muy escaso acerca de la primera editorial que se llamó Image, y que funcionaba allá por 1984 con la banca de capitales neozelandeses y oficinas en Auckland y Los Angeles. No sé cuántas novelas gráficas llegaron a publicar, pero a mí me interesó Seven Samuroid, porque era una obra realizada íntegramente por Frank Brunner, el glorioso dibujante de Doctor Strange de los ´70, que llevaba un tiempo alejado de la producción periódica de historietas. La verdad que Brunner le pone empeño: en 64 páginas presenta todo un universo, lo puebla de héroes y villanos y hasta logra rematar un conflicto a gran escala. Faltaría que el universo fuera un poco más original, que los personajes tuvieran más onda y que el conflicto no fuera el enésimo choreo a Star Wars, pero eso es un detalle menor ;). No tengo dudas de que Seven Samuroid podría haber aspirado a algo mejor que el más absoluto de los olvidos si hubiese contado con un guionista, por lo menos para insuflarle un poco más de onda y agilidad a los diálogos, que por momentos son muy extensos y muy aburridos. Y seguramente también la obra se habría beneficiado si este mismo argumento se hubiese desarrollado en cuatro comic books de 24 páginas, por tirar una cantidad standard. Así, todo comprimido, con tanta dependencia del texto para explicar tantas cosas, la novela gráfica cae varias veces en unos pozos de embole difíciles de remontar. Pero dibuja un monstruo como Brunner, y eso siempre suma. Hay viñetas en las que el autor parece haberse enamorado de Enki Bilal y Philippe Druillet, y mete rayitas a lo bestia, arruguitas locas en las caras de los humanos, unos crosshatchings demenciales en los fondos… pero no es algo que se sostenga todo el tiempo. Por momentos vemos un entintado mucho más tradicional, varios cambios abajo. También por momentos la puesta en página estalla en una supernova de creatividad y riesgo, mientras que en otras secuencias tenemos puestas que van más a lo seguro. La acción es dinámica, hay grandes explosiones, plasmadas de modo muy impactante, y lo más loco que tiene Seven Samuroid (la historia de amor entre una humana y un robot) termina en la última viñeta de manera totalmente imprevista: con un garche sumamente explícito, al filo de lo publicable en magazines como Epic o Heavy Metal, pero mostrado de modo muy poético y nada pornográfico. El personaje femenino (Zeta) no es precisamente lo que mejor dibuja Brunner (sospecho que esas Cleas bellísimas que veíamos en Dr. Strange eran fruto del esfuerzo de los entintadores), pero por lo menos no es una boluda que está ahí para que los héroes la rescaten y es ella la que va al frente para consumar el romance con el imbatible Ultek. En algún momento, los villanos la violan, pero Brunner no nos muestra la escena, nos enteramos por los diálogos. En fin, una bizarreada de los ´80, solo para fanáticos de ese glorioso dibujante que fue Frank Brunner.
Otra obra oscura de la que rara vez se habla es de la única colaboración de Robin Wood con la editorial Sergio Bonelli. Durante muchos años, el editor de Tex cortejó al guionista estrella de la editorial Eura/ Aurea para que cambiara de bando, pero lo único que consiguió fue que en 1995 Robin entregara un guion de 236 páginas para un álbum especial de Dylan Dog, que fue dibujado por Giovanni Freghieri. Freghieri es un dibujante sin alma, correcto, pero frío, inerte. Se luce solo cuando afana: esas caras que copia alevosamente de John Bolton, Ricardo Villagrán o Jorge Zaffino, y esos trucos de entintado que “aprendió” de Milo Manara. Esos son los momentos en los que el dibujo hace algo más que cumplir con lo justo. Uno entiende el embole atroz que debe conllevar el dibujo de un guion de 236 páginas en las que la trama avanza con una lentitud exasperante, pero eso no justifica la notoria falta de onda en todo el aspecto visual de la obra. El guion podría haber funcionado… en 90 páginas, no mucho más. Para que abarque 236, Wood lo estira y lo licúa a niveles insostenibles. Dos veces sentí que, si el libro empezaba ahí, se entendía todo: en la página 55 se establece el conflicto de tal manera que las primeras 54 podrían no estar. Y lo mismo me pasó 100 paginas después, en la 155. La cantidad de escenas totalmente al pedo, que no aportan nada, es alarmante. Lo lento que se narran las escenas que sí tienen algún peso, hace que su potencia dramática se diluya en diálogos y silencios innecesarios, que están ahí solo para llenar páginas. La resolución es tan simplista que acentúa todavía más la sensación de haber leído algo estirado al ultra-pedo. Los diálogos están bien, Robin sintoniza de una con la caracterización de Dylan y Groucho, siempre es lindo ver al guionista paraguayo escribir escenas de sexo, de las que en Columba jamás tendrán cabida, y el álbum arranca con unos bloques de texto en los que Wood tira la chapa arriba de la mesa, como para avisarnos que él no es el enésimo clon de Tiziano Sclavi, sino un autor grosso, con una voz y una prosa propias. Después, por motivos que desconozco, elige narrar sin bloques de texto y no brillar. Una pena. Este material tiene ínfimas chances de publicarse alguna vez en Argentina, el mercado (después de Italia, obvio) donde más fans cosechó Robin Wood, por eso me parecía importante que existiera aunque sea una reseña en castellano de L´Esercito del Male, que así se llama este noveno álbum gigante de Dylan Dog. Nada más, por hoy. El jueves 24 abrimos un paréntesis de varios días sin reseñas porque me toca viajar a Chile y Estados Unidos, pero seguramente antes de esa fecha habrá nuevas reseñas, acá en el blog.

lunes, 14 de marzo de 2022

TRES DE UN SAQUE

Tengo tres libritos leídos, pero hay dos a los que voy a reseñar muy brevemente, por distintos motivos. Por un lado, el Vol.2 de la colección que recopila toda la etapa de Walt Simonson al frente de Thor. Acá, a nivel gráfico tenemos notables mejoras respecto del tomo anterior, con un Simonson más jugado, más atrevido, y más en sintonía con el letrista, John Workman, que tira magia en las onomatopeyas, a las que les otorga un peso gráfico poco frecuente. El argumento banca los trapos, resuelve plots pendientes, continúa subplots heredados del Vol.1 y agrega algunos nuevos y garantiza un nivel de epopeya y fantasía de una ambición y una potencia dignas de Jack Kirby. Pero hay algunos problemas (menores, por suerte): páginas hiper-cargadas de texto al punto de resultar virtualmente ilegibles, y un par de personajes que el autor incorpora al canon de Thor (un señor estadounidense ya maduro y un nene asgardiano de unos 9 años) que no me despertaron el menor interés, aunque Simonson insiste en tratar de darles chapa. Por el lado del dibujo, el tomo cierra con un episodio en el que el Gran Walt se toma un respiro y lo reemplaza Sal Buscema, algo así como que en un partido de la Selección se lesione Messi y lo reemplace yo. En años posteriores, Buscema va a sintonizar mucho mejor la onda que Simonson le quería dar a esta serie, y hasta va a ser el dibujante titular de los últimos números, donde nos dará las mejores páginas de su extensa carrera. Pero acá no lo salvan ni las onomatopeyas de Workman, ni el color de Steve Oliff ni la posibilidad de entintarse a sí mismo.
Otro que me decepcionó profundamente es Junji Ito, que me cagó como de arriba de un puente con Soichi y sus Maldiciones Caprichosas, un tomo de muchísimas páginas con historietas de 2011 que me parecieron pésimas. Si la idea era que las historias de Soichi me dieran miedo, no sucedió. Si era que me causaran gracia, tampoco. Si buscaba que me identificara con algún personaje, tampoco. La única historia que me generó algo mínimamente cercano a la sensación que uno asocia con un buen relato de terror fue “El ataúd”. Todo el resto es un naufragio absoluto, repleto de situaciones muy forzadas, sin onda, sin sorpresa. Con dibujos que oscilan entre buenos y excelentes, y con algún que otro diálogo ingenioso, pero muy lejos de lo que uno espera de un capo como Junji Ito. Una pena, porque Ivrea le puso el alma a la edición.
Bastante más rico para el análisis me resultó Me Prometiste Oscuridad, el nuevo trabajo de Damián Connelly, ahora como artista integral. El comic venía con la chapa de haber vendido cantidades impresionantes en EEUU, y la verdad es que no me defraudó. Hay un momento de la trama, cerca del final, en el que Connelly parece acelerar y resumir en pocas páginas un montón de escenas que, narradas al ritmo de los dos primeros tercios del libro, podrían haber abarcado no menos de 40 o 50 páginas más. Como si originalmente hubiese planificado una saga de seis episodios y luego la hubiese comprimido en cuatro. De hecho, el cuarto episodio es bastante más extenso que los tres primeros, así que por ahí es el resultado de haber metido en esa última entrega material originalmente pensado para desarrollarse en varias más. Irónicamente (o no) esa acelerada le viene muy bien al relato, le sacude la modorra, lo obliga a no colgarse en detalles menores y centrarse en el conflicto principal. Connelly, además, consigue meter ese cambio de ritmo sin sacrificar lo que (creo yo) más le interesa, que es el desarrollo de estos personajes, una versión dark y apenas kinky de los mutantes de Marvel. Reducido a su esencia, Me Prometiste Oscuridad es la enésima batalla entre los mutantes buenos y los mutantes malos. Pero (como en La Extraña Desaparición de Barnabás Jones), Connelly logra revestir esa trama tan trillada con varias capas interesantes de desarrollo de personajes, ideas ingeniosas en materia de narrativa, buenos diálogos, poderes locos, algún subplot atractivo, pinceladas de sexo explícito y una impronta oscura que los comics de superhéroes de Marvel no nos van a mostrar jamás. ¿”Los X-Men de Vertigo”, dijo alguien por ahí? Ponele. No es una mala definición. Y después está el tema gráfico. Connelly vuelve a dibujar, ya mejor de la lesión en el brazo que lo alejó de los lápices y lo llevó a convertirse en guionista, y la verdad que lo hace muy de a poco. Me Prometiste Oscuridad se apoya muchísimo en el trabajo sobre fotos, más que cualquier otra historieta de los últimos años. Los fondos son fotos retocadas, los personajes son fotos retocadas (la profusión de masas de negro hace maravillas para integrar al dibujo imágenes tomadas de distintas fuentes) y en todo caso la imaginación de Connelly aparece cuando nos muestra alguna que otra criatura monstruosa que no se puede fotografiar porque no existe en la realidad. En el contexto de la trama, nada de esto hace demasiado ruido ni llega a provocar rechazo, porque de alguna manera, Connelly logra darle a estas imágenes tan estáticas cierta fluidez. “De alguna manera” no: manipulando de forma inteligente la puesta en página y el tempo narrativo. El final está bien, no cierra todo pero resuelve lo más importante. Y shockea al lector, que no se imagina nunca que va a pasar… algo que pasa al final. O sea que es un relato sólido, que toma cierta distancia del lector, que trata de ocultar la estridencia que le es intrínseca, y que lo hace muy bien, de manera llevadera y por momentos realmente atrapante. Ya hay una secuela de Me Prometiste Oscuridad, publicándose en EEUU. Ojalá le sirva a Damián para recuperar la práctica, la gimnasia del dibujo y eventualmente volver a una línea más personal, con expresiones faciales y corporales propias, diseños de vestuario y decorados propios y menos dependencia de la masa negra para amalgamar imágenes que vienen de fotos. Nada más, por hoy. Seguramente antes del finde haya más reseñas, acá en el blog. Gracias y hasta pronto.

jueves, 10 de marzo de 2022

THE BATMAN

A ver si logro organizar todo lo que se me ocurrió a lo largo de los interminables 176 minutos que pasé en el cine viendo The Batman. Guarda que va CON spoilers. .La película está muy bien filmada y el nivel de las actuaciones es sobresaliente. Conocía a muy pocos de los acores involucrados, y todos me resultaron muy sólidos, cada uno en su papel. .Me encantó el Riddler. Y me sorprendió que lograra llevar adelante el… 80% de su plan. Le faltó solo que se ahogara la gente que se hacinó en esa especie de Madison Square Garden y que Batman se quedara con él en Arkham. El resto, se cumplió al pie de la letra. .¿Otra vez la guarida de los villanos es una discoteca/ cabarulo? Ya lo hicieron hace poco en la serie de Luke Cage y en la funesta película de las Birds of Prey y Harley Quinn. ¿No hay otro lugar donde los malos puedan jugar de locales? .Al igual que Christopher Nolan, Matt Reeves se va al mazo y en vez de mostrarnos una Gotham fantástica y deslumbrante nos muestra un clon un toque más venido abajo de New York. ¿Nadie se anima a cantarle “quiero retruco” a Tim Burton, ni siquiera 30 años después? .Banco mucho que la película sea apta para mayores de 16, con puteadas, y con escasa intención de vender muñequitos, pero… ¿otra vez el Batman oscuro, amargo, sin colores, sin humor, sin onda, que no se copa actuando ni cinco minutos como Bruce Wayne? Este por lo menos no mata gente, pero dale, cópense y hagan un Batman menos depresivo. .La película, además de solemne, es amarrrrrga como la hinchada de Independiente. Esta vez no tenemos ni siquiera las afiladas ironías de Alfred para robarnos una sonrisa. Un bajón lo chato que es acá el personaje del mayordomo/ consejero de Batman. .En la lotería de “a ver a quién le toca ser negro” que se juega en cada adaptación hollywoodense de nuestros personajes favoritos, esta vez ganaron Catwoman y James Gordon. .Horrible que el Penguin sea una especie de mafioso de película de Martin Scorsese y hable como un marginal. Oswald Cobblepot es el representante quintaesencial de la más rancia oligarquía de Gotham, no puede ser un rústico. Y una garcha también verlo usar chumbos y metras comunes en vez de armas basadas en paraguas. .¿Alguien me explica para qué mierda está esa persecución de autos? Sin dudas, lo más aburrido e innecesario de la película. .Poco antes de esa escena, cuando Batman y Gordon van a apretar por segunda vez al Penguin, la película cae en un pozo ciego de oprobio y sopor del que sale recién en la confrontación entre Selina y Falcone, que está muy buena. .Y grosso que hayan tomado de los comics el vínculo secreto entre estos dos personajes. .Me hubiese gustado que al final se revelara que el Riddler en realidad laburaba para Bella Real, la mina que gana las elecciones para la alcaldía de Gotham. No pudo ser. .La película es larguísima y, si bien pretende bancar una estética y un ritmo tipo David Fincher, tiene un montón de escenas y diálogos que sobre-explican hasta el infinito lo que cualquier nabo ya había entendido. Matt Reeves se debe haber convencido de que la iba a ver el público de Rápido y Furioso, no el de Seven. .Durante buena parte del metraje, me pareció que estaba viendo una remake con más guita del Daredevil de Netflix. La oscuridad, las peleas, los escenarios sórdidos, la acción que transcurre siempre de noche, la trama centrada en las runflas entre políticos, canas corruptos y mafiosos, el periodista que investiga y termina para el orto, el conflicto de “la minita que no es buena ni mala quiere matar a los garcas y el héroe no quiere que mate a nadie”… Recién al final, cuando la peli deja de ser policial y se hace del género catástrofe dejé de flashear Daredevil de Netflix. .Me gustó ver a Batman más detective y menos “ninja con chiches tecno”. Pero sobre-explican demasiado el proceso por el cual deducen las pistas. Incluso en un momento te dibujan el plan del Riddler en el piso, por si alguien no lo había entendido. .También me pareció copado ese manto de sospecha, esas máculas en la impoluta memoria de Thomas y Martha Wayne. Pero después viene esa escena larga y densa al pedo en la que Alfred convence a Bruce de que en realidad su papá era buen tipo, y su mamá una mina un toque desequilibrada, y la ambigüedad se va por el inodoro. .Esa banda de sonido y esa música incidental, depresivas y excesivas, no contribuyeron demasiado a hacerme llevaderos todos esos minutos frente a la pantalla. .Me gustó la idea de que, como Bruce no le da bola a las empresas que heredó de su padre, las mismas se están yendo a la quiebra. Creo que es la puntita argumental más fértil para una potencial secuela: ver a Bruce Wayne quedarse sin un sope puede ser interesante… y le daría motivos posta para ser el emo amargo que es en esta peli. .Por suerte la historia de amor no está enfatizada. Batman es tan amargo que no puede disfrutar ni los besos que le encaja una Catwoman que derrocha sensualidad en cada fotograma en el que aparece. .Entre los pliegues de la aventura (que avanza a un ritmo muy raro) hay bastantes pinceladas de cierta denuncia, o de cierta preocupación por los temas sociales, desde los fachos trastornados que se agrupan en la web detrás de cualquier cruzada delirante, hasta las profundas carencias que sufren los pobres y los que se cayeron del sistema. Eso también está bueno. En fin, sensaciones encontradas… No puedo decir “es un desastre” y tampoco la pasé bien. Creo que las críticas que leí antes de ir al cine me la inflaron tanto, que fui esperando una maravilla. Y no, no me encontré con una maravilla ni mucho menos. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas de comics, acá en el blog.

martes, 8 de marzo de 2022

DOS LIBRITOS MÁS

Antes de salir para San Nicolás, clavo reseñas de dos libritos que tengo leidos. También vi la peli nueva de Batman, pero me guardo la reseña unos días, así más gente la ve y me siento más impune a la hora de meter spoilers. En Marzo de 2011, pocas semanas antes de la muerte de Carlos Trillo, se publicó el Vol.1 de La Guerre des Magiciens (La Guerra de los Magos), una creación conjunta de Trillo con su amigo italiano Roberto Dal Prá, que encontró en Cacho Mandrafina un dibujante ideal… pero muy lento. La serie tuvo muchísimos retrasos, al punto que la editorial decidió discontinuarla tras el Vol.2, que apareció bastante después de la muerte de Trillo. Todavía no leí el Vol.2 y no sé qué tan inconclusa queda la historia, pero el Vol.1 me dejó muy en claro que los guionistas no tenían ningún apuro para hacer avanzar la trama hacia la resolución. En estas primeras 46 páginas, Trillo y Dal Prá presentan a los personajes, establecen el conflicto principal, resuelven un par de peripecias menores en esa Berlín de fines de los años ´30 bajo el yugo de los nazis (sí, otra vez los villanos son los nazis) y no mucho más. En ningún momento la narración se empantana ni se hace aburrida, en parte por el altísimo nivel de los diálogos, y en parte porque los guionistas le imprimen un buen ritmo incluso a secuencias que, en el contexto general de la trama, resultan bastante menores. Hasta ahora, la magia y los magos son elementos de poquísimo peso en la trama, prácticamente monopolizada por el clásico “judíos que intentan zafar de la opresión nazi en condiciones absolutamente desfavorables”. Veremos si en la segunda parte la fantasía dice presente. El principal atractivo de La Guerre des Magiciens es, irónicamente, lo que más problemas le generó: el trabajo detallista, perfeccionista, con una entrega absoluta, de un Cacho Mandrafina que se animó a ponerle color él mismo a sus dibujos, siempre tan identificados con el claroscuro y el blanco y negro. El resultado es una maravilla, un álbum que visualmente te cautiva, te mete en la historia y te hace vibrar cuantas veces se lo propone. Cada locación y cada personaje están perfectamente plasmados en la página gracias a los pinceles mágicos de Mandrafina, que además mete un hermoso homenaje al inolvidable René Lavand. Las páginas en las que Cacho no se ve restringido por las cuatro tiras de viñetas (que son poquísimas) nos ofrecen unas imágenes de enorme fuerza expresiva, con un lucimiento increíble de un dibujante clásico que jamás pasa de moda ni deja de perfeccionarse. Prometo entrarle pronto al Vol.2.
Y me quedo en Francia, donde en 2019 se publicó Una Hermana, excelente novela gráfica de Bastien Vivés que en 2021 tuvo edición argentina a cargo de Hotel de las Ideas. La traducción de Giselle Prunes acierta al optar por el castellano rioplatense y la verdad es que son pocos los diálogos que no suenan 100% coherentes con la jerga porteña y nuestra manera de hablar. Los diálogos y los silencios son importantísimos en una obra donde no hay acción ni aventuras, sino más bien una exploración de los vínculos que se generan entre los personajes. Antoine y Héléne son adolescentes retratados con una profundidad y una tridimensionalidad conmovedoras, y además de conducir la trama, generan la inmediata identificación y hasta el cariño de los lectores. Esta es una historieta rara, porque sin ser pornográfica, incluye un montón de momentos que pocas editoriales se animan a publicar, como sexo entre menores de edad, con primeros planos de genitales, eyaculaciones y demás. Pero repito: Vivés no muestra pijas y petes para que nos hagamos la paja, sino que es todo parte de esa experiencia, de ese rito iniciático que viven Antoine y Héléne y que (como suele suceder cuando uno es adolescente y se cree un guacho pistola que se las sabe todas) en un punto se les va de las manos. El guion de Una Hermana es realmente sólido, está pensado para llegarte al alma, y sobre todo es ágil, dinámico, directo. Vivés no se cuelga en boludeces, no juzga a los personajes, sabe meter pinceladas de humor en momentos dramáticos y logra momentos de increíble tensión que llegaron a ponerme muy nervioso. El dibujo es muy interesante. Vivés dibuja en un estilo sumamente realista, pero intencionalmente despojado. Es como si le dieran el guion a un virtuoso del estilo académico-realista y después alguien retocara sus dibujos para sacarle elementos, para simplificar la línea y eliminar trazos, texturas, detalles. La base está y es muy buena, pero Vivés busca la síntesis por sobre el despliegue visual, y reduce las viñetas a una combinación de formas muy estilizadas, y muy bien delimitadas por el blanco, el negro y los grises aplicados en el Photoshop. Por supuesto hay algunas viñetas más detalladas, sobre todo cuando elige primeros planos, pero en general se nota eso: un dibujante que quiere mostrar un mundo 100% real, al que le faltan intencionalmente casi todos los detalles que uno apreciaría en una fotografía. Muy recomendable, de verdad. Y nada más, por hoy. El sábado y el domingo voy a estar con un All-Star Squadron de autores y especialistas participando de Tinta y Trazo, un evento de historieta y humor gráfico en la ciudad bonaerense de Mercedes, donde también habrá un espacio para presentar ¿Quién quiere ser superhéroe?. Si andan por la zona, dense una vuelta que va a estar buenísimo. Gracias y hasta pronto.

jueves, 3 de marzo de 2022

A TODA MARCHA

Bueno, vengo leyendo bastante. Y por suerte no me está faltando tiempo para sentarme a escribir reseñas. Antes de fin de mes vamos a hacer una pausa de unos 15 días, pero mientras tanto, vengo bastante embalado. Después de haber coleccionado durante años las revistitas, cambié mis Thor de Walt Simonson por los libros, donde me encuentro que las historietas fueron notablemente recoloreadas por el maestro Steve Oliff y su tropa. No me quiero enfrascar en el debate acerca del recoloreado de comics clásicos, porque no me considero un experto en el tema. Simplemente quiero decir que esta versión, con estos colores y estos efectos, me gustaron mucho y captan muy bien el espíritu de lo que Simonson nos narra en sus historias. En cuanto a los guiones y los dibujos, me sorprendió el hecho de que me acordaba bastante… y eso que leí estas historietas por primera vez hace más de 30 años. Por ahí en algún momento, cuando completé la colección, las releí todas de un saque y por eso me las acuerdo. Lo importante es que están muy bien, no se sienten antiguas, tiene una fuerza increíble y, comparado con los números de Thor inmediatamente anteriores al 337 (que es donde Simonson asume como autor integral), acá hay un salto de calidad que se mide en años luz, o eones. Si pasás del último número de Stan Lee al primero de Simonson, se entiende todo y te ahorrás el mal trago de ver cómo una serie que en los ´60 era una aplanadora decae mes a mes durante toda la década del ´70 y llega al ´83 de milagro, enchastrada en el fango de una mediocridad alarmante. Y lo mejor de todo es que Simonson no viene a recontar las historias de Lee y Kirby. Se nutre un poco de esa etapa de gloria, pero claramente su intención es ir para adelante, es inaugurar la Era Moderna del Dios del Trueno con otro tipo de historias, nuevos personajes, nuevos vínculos entre los personajes que ya existían, etc. Y con algo a lo que Walt le saca un provecho enorme que es la posibilidad de planificar a largo plazo. Este es un material clásico, acerca del cual ya se escribió mucho, así que no me quiero poner a analizarlo de manera puntillosa. Sí me interesa recomendarlo, para que el fan de Thor (o de Simonson) que todavía no lo haya leído, se tire de cabeza y lo disfrute. Por ahí cuando encare la lectura de los otros cuatro tomos encuentro elementos para plantear algún tipo de crítica o de discusión, pero por ahora esto me sigue pareciendo tan alucinante y tan impactante como cuando lo leí de adolescente. Ah, magnífica la edición del TPB, con un montón de extras copados.
Durante 2021 la editorial Sudamericana publicó un libro de humor de Gustavo Sala titulado Buenos Aires en Pelotas, ingenioso guiño al Buenos Aires en Camiseta del legendario Calé. En general, cuando los capos del humor gráfico revulsivo o transgresor publican en estos grandes oligopolios que dominan la industria del libro, salen trabajos blanditos, domesticados, donde la identidad temática o incluso gráfica de los autores se puede llegar a diluir en ese intento por llegar a un público lo más amplio posible. Gustavo Sala, en cambio, abre una página del libro con la frase “me cogí tres bebés con Down y les hice caca en la boca”. O sea, esto es sin concesiones. Es Sala puro, con toda la carga desmesurada y genial de escatología, sexo y delirio que el marplatense despliega normalmente en sus historietas para medios más cercanos al under. Las distintas historietas, viñetas y chistes giran en torno a la ciudad de Buenos Aires, y además de analizar la vida y el ecosistema de los porteños desde la guasada y la bizarreada, el autor mete reflexiones muy afiladas acerca de la proliferación de indigentes, los curros inmobiliarios del funesto Rodríguez Larreta y otros aspectos bastante oscuros y sórdidos de la vida en la capital argentina. Hay muchos momentos para reírse, otros para decir “nah, te fuiste a la mierda”, pero también hay momentos en que el humor gira en torno al drama de la gente que vive en la calle y come de la basura. Barrios, edificios, monumentos, taxis, subtes, colectivos, pizzerías, cines, teatros, estadios, bares y fondas forman parte de este recorrido en el que Sala satiriza las más sacrosantas instituciones porteñas con una mala leche sumamente disfrutable y con esa impronta tan típica del autor que hace que uno sepa dónde empieza el chiste pero no dónde puede llegar a terminar. No sé si Buenos Aires en Pelotas está entre los mejores trabajos de Sala. Probablemente no, porque me consta que se divierte más jodiendo con la fauna del rock que con el tango, los vendedores ambulantes y las bicisendas. Pero tanto si sos porteño y amás a Buenos Aires como si la visitaste alguna vez ocasionalmente y dijiste “no vuelvo nunca más”, el libro te va a arrancar varias sonrisas y alguna que otra carcajada estridente. Y además vas a ser testigo de cómo el dibujo de Gustavo Sala sigue su curva ascendente. Como siempre, es humor para gente a la que no le molestan los chistes de porongas, caca y curas pedófilos. Si eso no te escandaliza ni te repugna, ponete en pelotas y corré hasta la librería de tu barrio a buscar este libro. Me despido por hoy, no sin antes contarles a quienes siguen este blog desde San Nicolás que en martes 8 presento ¿Quién quiere ser superhéroe? en la librería El Buen Libro. Y a quienes nos leen desde Rosario, los espero el miércoles 9 en la sala Irma Peirano del Centro Cultural Roberto Fontanarrosa. En ambos casos la cita es a las 19 hs y van a poder comprar el libro a precio promocional y llevárselo firmado. Nos vemos pronto.

martes, 1 de marzo de 2022

NUEVO MES, NUEVAS RESEÑAS

No sé si este mes lograré meter seis entradas en el blog como en Febrero, porque de nuevo tengo planificados varios viajes. Pero se puede intentar. Arranco en Japón, con una obra que –sospecho- data de la segunda mitad de los ´80 o muy principios de los ´90. Se trata de Garoden, un manga de Jiro Taniguchi en el que el prócer adapta una novela de Baku Yumemakura (autor también de La Cumbre de los Dioses, llevada al manga por nuestro ídolo). El libro tiene un gran problema: tiene 288 páginas y el hijo de mil putas que redactó el texto de la solapa se encarga de spoilearnos TODO lo que vamos a leer en las primeras… 200. O sea que recién en el último tramo nos puede llegar a sorprender alguno de los giros que ofrece la trama. Que son muy pocos, porque este es un manga de peleas, y cada pelea dura como 60 páginas. O sea que en las 90 páginas finales hay escaso margen para inventar algo que descoloque un poquito al lector. Garoden propone una historia muy simple, muy lineal, que se basa en la necesidad que tiene Bunshichi Tanba de volver a pelear con el único luchador que alguna vez lo derrotó. No hay mucho más que eso, e incluso el supuesto antagonista, el muchacho que alguna vez le luxó el cogote a Bunshichi y lo hizo morder el polvo, es un personaje básicamente inexplorado, sin la menor profundidad. El énfasis está puesto claramente en Bunshichi, en su obsesión por encontrar esa revancha que le fue esquiva y en generar suspenso en torno a la próxima vez que ambos colosos de la lucha queden frente a frente. Lo más interesante es cómo Taniguchi (y supongo que Yumemakura) aprovecha para tirar data muy interesante acerca del mundo del pro wrestling, un espectáculo que tiene características bastante “filo historietísticas”, pero del que se suele hablar poco en el medio que más nos gusta. Visto de afuera es un show estridente y (a veces) apasionante, pero el Lado B también tiene lo suyo en materia de roscas espurias entre gente sin escrúpulos a la que solo le interesa el billete. Garoden nos interna en ese submundo y de ahí salen escenas narradas por Taniguchi con frialdad y precisión. Y después están todas esas otras secuencias en las que el mangaka se divierte y nos impacta de lleno contándonos con lujo de detalles como Bunshichi le rediseña la cara a sus oponentes con los puños y los pies. Entre los momentos ambientados en el presente y los flashbacks al pasado, a este manga no le faltan para nada las extensas escenas de machaca al límite, con piñas, patadas y versiones bastante sangrientas de las clásicas tomas que solíamos ver en los programas tipo Titanes en el Ring. Si sos muy fan del Taniguchi más introspectivo, el de esas historias parsimoniosas en las que prácticamente no hay conflictos, probablemente este festival de músculos y violencia te ahuyente antes de llegar a la página 50. Pero si querés ver al ídolo contar otro tipo de historias y llevar su dibujo (siempre fastuoso) hacia otros terrenos, me parece que con Garoden la vas a pasar bomba.
Acabo de llegar de Uruguay, y me quedo ahí, para revisitar Historiet@s.uy, una antología publicada en el 2000 en la que cinco dibujantes orientales adaptan al comic sendos relatos de escritores uruguayos. Abre el recordado Eduardo Barreto, con un cuento futbolero de Mario Benedetti. El argumento me pareció bastante predecible y los textos no me terminaron de atrapar, pero el dibujo de Barreto es excelente. Lejos de la estética superheroica y con un despliegue impresionante de recursos gráficos que le permiten resolver con maestría todo lo que le pide el guion sin ir más allá del blanco y el negro. Esto es una cátedra de un dibujante en un nivel técnico y narrativo realmente muy notable. En muchas menos páginas, Ombú arremete contra un cuento de Juan Carlos Onetti, que tampoco me atrapó. La faz gráfica está resuelta con claroscuros y aguadas que me remitieron enseguida a Alberto Breccia, pero la narrativa, el armado de las secuencias y la elección de los enfoques, está a años luz de la del insuperable Viejo. Después tenemos a Daniel González, quien reinterpreta una obra de Eduardo Acevedo Díaz. El dibujo es alucinante, con una técnica asombrosa, en un punto tributaria de las historias cortas de Enrique Breccia (tipo la de la guerra de Argelia), muy en sintonía con lo que en aquella misma época hacía el grosso español Andrés G. Leiva, pero acotado a una grilla de viñetas widescreen que no se altera casi nunca. Otro virtuoso dibujante, que claramente estudió al Viejo Breccia y a Carlos Nine, es Tunda, a quien aquí le toca adaptar un cuento de Enrique Estrázulas. Tunda opta por contar la historia sin palabras y el resultado es muy bello y muy sutil. Y finalmente, otra bestia del dibujo, el superdotado Renzo Vayra, al que le toca adaptar nada menos que a Horacio Quiroga. Un delirio, mal. Vayra te detona las retinas con su trazo, le pone a cada viñeta un vuelo, una magia, que no se puede creer… pero en ningún momento se preocupa por contar la historia con sus dibujos. La misma avanza a los tumbos por los bloques de texto, mientras Renzo dibuja lo que se le canta, totalmente desconectado del fluir de la trama y del ensamblaje entre letras y dibujos que uno espera encontrar en una historieta. Son 21 páginas para mirar mil horas, con varias mudas de ropa interior a mano. Pero como pieza narrativa se cae a pedazos, lamentablemente. Al libro le sobran MUCHAS páginas dedicadas a cualquier cosa menos a reproducir historietas, y aun hoy se consigue sin mayor dificultad en el país hermano.
Y liquido muy rápido la reseña del Vol.5 de Las Águilas de Roma, que finalmente pude conseguir después de mucho buscarlo. Hace poquito Enrico Marini confirmó que va a retomar la serie este año, o sea que esto que desde 2016 se hacía pasar por el final de la saga ya no lo es. Me parece bastante lógico que haya más tomos, no solo por la magnífica calidad de este álbum y los anteriores, sino porque queda claro que el Vol.5 no cierra todas las puntas. No sé si cuando Marini publicó este álbum ya sabía que la serie iba a continuar, pero es obvio que el suizo se esforzó por dejar abierta una ventanita por la que puedan reaparecer los personajes principales (por lo menos los que quedaron vivos) y se puedan reavivar los conflictos. Ojo: el Vol.5 también se la re-banca como final de la serie. Todo lo que querías que se resolviera, se resuelve, y encima de una manera grandiosa. Son 60 páginas de una intensidad que te pasa por encima, épicas, dramáticas, violentas, por momentos desoladoras por la crueldad con la que Marini narra los hechos. Y por supuesto, aunque el guion fuera un vómito recalentado, se disfrutaría igual, porque el dibujo es tan perfecto, cada viñeta está tan bien plantada, tan bien compuesta, tan bien coloreada, que nada más importa. Nada más, por hoy. Gracias totales y hasta pronto.

martes, 22 de febrero de 2022

EL ESQUEMA SE REPITE

Los libros que leí en estos días tienen bastante en común con los de la entrada anterior, por absoluta casualidad. La otra vez teníamos un policial de autores argentinos protagonizado por un detective privado duro, del cual sabíamos muy poco. Ahora cambiamos detective privado por inspector de policía, y nos vamos a 1975 con los maestros Ray Collins y Lito Fernández para disfrutar de la reciente reedición de Precinto 56, aquel clásico de la revista Skorpio. Yo me acordaba que esto era bueno, pero no que era TAN bueno. Esta etapa de Precinto 56 arranca MUY arriba, con un Collins afiladísimo, obviamente influenciado (tanto en la prosa como en la construcción de las tramas) por Héctor G. Oesterheld, pero con una calidad y un vuelo poético en los textos que no tienen nada que envidiarle a los del maestro, y hasta a veces lo superan. Collins te hace sentir en carne propia la desolación, la oscuridad, el horror y la miseria que pueblan cada una de estas historias de 12 ó 13 páginas. Sobresalen del conjunto dos guiones soberbios: el del violador serial (jodido e impredecible) y el que gira todo el tiempo en torno al aborto, sin decir nunca la palabra “aborto”. Este es una cátedra absoluta, que deberían estudiar en profundidad todos los guionistas actuales. El dibujo de Lito Fernández es rarísimo, como si quisiera despegarse del estilo que había impuesto en Dennis Martin y reconciliarse de alguna manera con quien fuera su maestro (casi su padre, dice siempre Lito), Alberto Breccia. O por lo menos acercarse a otros discípulos del Viejo (pienso en José Muñoz, Rubén Sosa o Leopoldo Durañona) que adoptaron más yeites del glorioso tripero y los conservaron durante más años. Ojo, alejarse un poquito de Milton Caniff y Frank Robbins para acercarse un toque a Breccia no es un disparate, porque el Viejo también tuvo una etapa en la que miraba bastante a Caniff. Pero en esta etapa de la carrera de Lito, esa búsqueda se ve rara. Lo vemos usar muchas técnicas de entintado distintas en una misma viñeta y trabajar el grosor de la línea, las manchas negras, las texturas y los cross-hatchings de un modo que no volveremos a ver en casi ninguno de sus trabajos posteriores. De esa indefinición, o de ese “vale todo” intencional, salen imágenes de enorme fuerza expresiva. Más allá de que el fan de larga data de Lito sienta este material como extraño en la carrera del ídolo, es innegable que en Precinto 56 la narrativa que despliega Fernández no tiene fisuras. Ni siquiera esos experimentos en materia de claroscuro logran empañar la habilidad innata de este monstruo para contar historias con sus dibujos. Este arranque de Precinto 56 es magistral, de verdad. Una obra que para 1975 era moderna, quizás incluso vanguardista, pero que en ningún momento se planteaba romper con la ilustre tradición de los próceres de siempre como Oesterheld y el Viejo Breccia. Y que hoy se puede leer y disfrutar sin el menor inconveniente, e incluso tirar sobre la mesa para revalorizar a dos autores de una trayectoria demoledora (que felizmente aún están vivos) y una producción monumental, como la que nos ofrecieron Collins y Fernández, sobre todo en los ´70 y ´80.
Y la vez pasada comenté una historieta de aborígenes norteamericanos enfrentados a los milicos de ese país que funcionaban como avanzada del genocidio y posterior robo de sus tierras, y hoy tenemos otra obra que se trata de lo mismo. Tecumseh! nació como una obra de teatro creada por Allan Eckert para ser representada al aire libre, en un gigantesco predio de Chilicothe, Ohio. Hasta que vio la obra el siempre inquieto Timothy Truman y dijo “esto es una historieta, maestro”. Así es como en 1992 apareció esta versión de Tecumseh!, que sin desviarse casi nada del relato de Eckert, funciona lo más bien como una novela gráfica de 60 páginas. Como está contada desde el punto de vista de los indios Shawnee, esta es una historia triste, donde el valor y la entrega de estos bravos guerreros no va a alcanzar para impedir que los milicos blancos se queden con todo. Pero Tecumseh se va a encargar de que la victoria les salga cara. La obra también tiene una leve trama romántica y otra bastante más importante que va para el lado de la intriga palaciega y por momentos cobra ribetes shakespeareanos. O sea que aunque sepas que al final pierden los buenos, hay bastantes elementos que te van a mantener enganchado hasta el final. Y por suerte los textos son ágiles, no está la intención didáctica de explicarte en detalle la sociedad, la economía, la política, la táctica bélica, la religión y hasta qué condimentos le ponían los indios a la comida a principios del Siglo XIX. Donde Tecumseh! viene floja de papeles es en algunos pasajes del dibujo. Truman es un excelente narrador, pero no puede dibujar a los personajes con la misma cara en dos viñetas seguidas. A veces copia los rostros de fotos y le salen muy bien, pero se nota mucho que son fotos copiadas. Y cuando no copia, tenemos personajes que de una viñeta a otra pasan de ñatos a narigones, de baqueteados a lozanos, o de flacos a gordos. El protagonista y su hermano por momentos parecen tener veintipocos años, por momentos treinta y muchos, por momentos ser casi viejos… pero en una sucesión que no coincide con el transcurso de los años que abarca el relato. Y en el medio aparece una cara copiada de una foto, y los aborígenes adquieren los rasgos del modelo que posó para la foto, que probablemente haya sido un amigo de Truman, que no era descendiente de shawnees, ni tenía una edad ni una contextura similar a la de los protagonistas del comic. O sea que ahí hay una inconsistencia, una irregularidad muy notoria, que no empaña algunos momentos majestuosos del dibujo, ni mucho menos lo interesante del guion, pero hace ruido. Si sos fan de Truman, seguro ya estás acostumbrado a esos saltos bizarros, y no van a impedir que disfrutes de esta muy buena novela gráfica. Nada más. Nos reencontramos el mes que viene, acá en el blog, con reseñas del material que pienso leer durante el viaje a Montevideo. Gracias y hasta pronto.